El catalizador de ébano

Capítulo 1: El Eco del Papel y el Hielo

El reino de Oakhaven no era un lugar para los que no tenían chispas en las puntas de los dedos. Era un valle encajonado entre montañas de obsidiana donde el invierno duraba nueve meses y la única forma de no morir congelado era pagarle a un mago de baja estofa para que encantara las chimeneas.

Kaelen vivía entre el olor a pegamento de encuadernar y el polvo de los pergaminos viejos. Su padre, un hombre de manos callosas y espalda encorvada, siempre decía que los libros eran la única magia que los humanos "comunes" podían controlar.

—Si puedes leerlo, te pertenece, Kael— solía decirle.

Esa mañana, el mercado de la capital estaba inusualmente lleno. Los pregoneros anunciaban la cosecha, pero el ambiente cambió cuando un Heraldo de la Academia Arcanum apareció montado en un hipogrifo de plumaje grisáceo. Los heraldos no visitaban los barrios bajos. Su presencia era como una gota de tinta en un vaso de agua clara: lo manchaba todo de prestigio y miedo.

Kaelen estaba ayudando a cargar cajas de cuero cuando el hipogrifo aterrizó frente a su modesta tienda. El animal soltó un graznido que hizo vibrar los cristales de las ventanas. El Heraldo, envuelto en una capa que parecía hecha de sombras líquidas, bajó y extendió un sobre de papel vitela grueso.

—Kaelen de Oakhaven —dijo la voz del hombre, que sonaba como el crujido de hojas secas—. Has sido convocado.

—Debe haber un error —balbuceó Kaelen, sintiendo la mirada de todos los vecinos clavada en su nuca—. Soy... soy solo un aprendiz de encuadernador. No tengo linaje.

—El Arcanum no comete errores. El Arcanum encuentra lo que otros ignoran. Tienes tres días para llegar a las Puertas de Marfil.

El viaje fue un borrón de ansiedad. Kaelen solo llevaba una mochila con una muda de ropa, un cortaplumas de su padre y un libro en blanco. Al llegar a las Puertas de Marfil, la estructura se alzaba como dos costillas de un gigante que se abrían hacia un cielo permanentemente teñido de violeta.

La bienvenida no fue cálida.

En el patio central, cientos de jóvenes de familias nobles lucían túnicas de seda que brillaban con luz propia. Kaelen, con su jubón de lana gastada, se sentía como un cuervo entre pavos reales.

—Vaya, parece que el Arcanum ha bajado sus estándares de higiene —dijo una voz burlona.

Un grupo de tres estudiantes, liderados por un chico de cabello rubio platino llamado Cian, lo rodearon. Cian era un "Piroclasta", y jugaba con una pequeña llama que bailaba entre sus nudillos.

—¿Eres el humano del que todos hablan? —preguntó Cian, bloqueándole el paso—. Dicen que no tienes ni una gota de esencia. ¿Cómo pasaste la barrera? ¿Entraste por la cocina?

—La carta decía que debía estar aquí —respondió Kaelen, tratando de mantener la voz firme.

—La carta es un error que voy a corregir —Cian lanzó la pequeña llama hacia el pecho de Kaelen, no para matarlo, sino para humillarlo quemando su ropa.

Kaelen cerró los ojos, esperando el impacto del fuego. Pero el calor nunca llegó. En su lugar, sintió un tirón en el centro de su pecho, como si un vacío se hubiera abierto dentro de él. Cuando abrió los ojos, la llama de Cian había sido absorbida por la palma de la mano de Kaelen, que ahora brillaba con un tono azul gélido.

—¿Qué... qué has hecho? —gritó Cian, retrocediendo.

—Suficiente.

La voz cortó el aire como un cuchillo. La multitud se apartó. Caminando con una elegancia depredadora, Valerius van Drakken se hizo presente. Su sola presencia hizo que la temperatura del patio bajara varios grados. Sus ojos plateados recorrieron a Kaelen de arriba abajo, deteniéndose en su mano, donde el rastro del fuego de Cian aún se disipaba como humo.

—Cian, si vas a atacar a alguien, asegúrate de que no sea alguien más interesante que tú —dijo Valerius, ignorando por completo al rubio y fijando su mirada en Kaelen—. Así que tú eres la anomalía. El humano que no debería ser.

Valerius se acercó tanto que Kaelen pudo ver las runas grabadas en sus pupilas.
—Bienvenido al Arcanum, pequeño humano. Mañana, en la ceremonia de vinculación, descubriremos si eres un prodigio o simplemente un recipiente vacío que estallará bajo presión.

Kaelen se quedó solo en medio del patio, con el corazón martilleando contra sus costillas, dándose cuenta de que la academia no era una escuela, sino una jaula de oro donde él era la presa más exótica.

La Ceremonia de Vinculación no se celebraba en un salón común, sino en el Anfiteatro de los Susurros, una estructura circular excavada en la roca viva debajo de la academia, donde las paredes estaban cubiertas de cristales de mana que vibraban con una frecuencia que hacía doler los dientes.

Kaelen apenas había dormido. Su habitación, una celda fría en el ala de "Invitados No Vinculados", olía a humedad y a miedo acumulado de siglos. Al entrar al anfiteatro, vio a los profesores sentados en lo alto, figuras encapuchadas cuyas caras estaban ocultas por máscaras de plata.

—¡El siguiente! —tronó una voz que parecía venir de todas partes a la vez—. Cian de la Casa Ignis.

El chico rubio que había molestado a Kaelen el día anterior caminó hacia el centro. Allí, sobre un pedestal de obsidiana, flotaba la Vara de los Ecos, un artefacto que medía la pureza del linaje. Cian puso su mano y la vara estalló en una llamarada rugiente y dorada. Los aplausos fueron ensordecedores.

—Linaje Puro. Nivel de Ignición: Siete —anunció el heraldo.

Cian bajó con una sonrisa de suficiencia, chocando el hombro de Kaelen al pasar.
—Disfruta tu humillación, humano. Después de esto, te enviarán de vuelta a oler pegamento de libros.

Kaelen de Oakhaven —llamó la voz.

El silencio que siguió fue sepulcral. Se escucharon risas ahogadas y murmullos venenosos. Kaelen caminó hacia el pedestal. Sus botas gastadas hacían un eco ridículo en comparación con las sandalias de seda de los demás. Al llegar frente a la Vara de los Ecos, sintió un frío glacial.




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