El catalizador de ébano

Capítulo 2: El Veredicto de las Máscaras de Plata

El eco de los gritos de las hadas aún vibraba en el aire cuando el cielo violeta se cerró de golpe, dejando tras de sí un olor a ozono y carne quemada. Kaelen seguía de rodillas, con las manos enterradas en la hierba carbonizada, sintiendo cómo sus venas palpitaban con una luz negra que se negaba a apagarse.

Antes de que pudiera buscar la mirada de Valerius, un estruendo de metal contra piedra resonó en el patio.

—¡Nadie se mueva! —la voz no era humana; era una vibración mágica que obligó a los pulmones de Kaelen a soltar todo el aire.

Seis figuras descendieron desde las torres más altas, flotando en mantos de terciopelo carmesí que no tocaban el suelo. Eran los Preceptores del Consejo, los verdaderos regentes de la Academia Arcanum. Sus rostros estaban ocultos tras máscaras de plata fundida que representaban diferentes estados de agonía y éxtasis.

Valerius, que un segundo antes sostenía a Kaelen con una posesividad casi asfixiante, dio un paso atrás. Sus ojos plateados brillaron con una advertencia silenciosa antes de fundirse entre las sombras de las columnas. Cuando los Preceptores aterrizaron, Valerius ya no estaba. Kaelen estaba solo.

Sujeto identificado —dijo el Preceptor de la Máscara del Silencio, cuya voz parecía salir de las paredes mismas—. El humano que devoró la esencia de la Corte de las Sombras.

—Es imposible —siseó otro, el de la Máscara de la Ambición, acercándose a Kaelen con un báculo de cristal que parpadeaba con una luz de advertencia—. Un cuerpo sin linaje debería haberse desintegrado al primer contacto con el mana corrupto. Este chico es... un insulto a las leyes de la alquimia.

Sin mediar palabra, dos de los guardias de la academia, seres de armadura vacía impulsados por magia, levantaron a Kaelen por los brazos. Sus pies apenas rozaban el suelo mientras lo arrastraban hacia la Torre del Juicio, una aguja de obsidiana donde se decía que los secretos eran arrancados de la mente, incluso si el alma se rompía en el proceso.

El interrogatorio comenzó en una sala circular, iluminada únicamente por una runa gigante en el suelo que succionaba todo el calor del cuerpo de Kaelen. Estaba atado a una silla de piedra fría, con las muñecas sujetas por grilletes de Ferromagia, diseñados para suprimir cualquier rastro de energía.

—Nombre —exigió el Preceptor del Silencio, sentado en una tarima elevada.

—Kaelen... de Oakhaven —su voz sonó rota, pequeña.

—Dinos, Kaelen de Oakhaven, ¿quién te envió? ¿Qué ritual prohibido realizó tu padre en su taller de encuadernación para convertirte en este... parásito? —la pregunta fue acompañada por un pulso de luz de la runa que hizo que Kaelen sintiera que mil agujas de hielo le recorrían la columna.

—¡Nadie! —gritó Kaelen, retorciéndose—. ¡Yo no sabía que podía hacer esto! ¡Solo quería estudiar libros, no ser uno!

—Mientes. Un Anulador no nace de la nada. Eres una anomalía que amenaza el equilibrio de cada estudiante noble en esta institución. Si puedes "comer" la magia de un hada, puedes comer la nuestra. Eres una amenaza de Clase Épsilon.

El interrogatorio se prolongó durante horas que parecieron siglos. Le mostraron artefactos antiguos, lo obligaron a tocar cristales que estallaban al contacto con su piel y le inyectaron sueros de verdad que le hacían ver visiones de su hogar envuelto en llamas negras. Los profesores no buscaban entenderlo; buscaban una razón para ejecutarlo antes de que su poder creciera.

—El veredicto es claro —dijo finalmente el Preceptor de la Ambición, levantando su báculo—. No podemos permitir que un vacío camine entre nosotros sin correa. Si no confiesa su origen, será entregado a los laboratorios de disección del Subsuelo.

Kaelen bajó la cabeza, las lágrimas de agotamiento resbalando por sus mejillas. Estaba a punto de rendirse, de aceptar que su destino era morir en una mesa de piedra, cuando la puerta de la cámara se abrió con una violencia que hizo temblar los cimientos de la torre.

No fue Valerius quien entró, sino un cuervo de tres ojos que llevaba en su pico un pergamino con el sello de la Corona de Ébano, la familia real de los nigromantes.

Los Preceptores se tensaron. El mensaje era corto, pero cambió el destino de Kaelen en un segundo:

"El Anulador queda bajo la custodia y el estudio de la Casa van Drakken. Cualquier daño a su integridad será considerado una declaración de guerra contra el Trono de Sombras."

Los profesores guardaron silencio, sus máscaras de plata reflejando la frustración. Kaelen seguía temblando, dándose cuenta de que, aunque se había librado de la muerte, acababa de ser "reclamado" por el chico que lo miraba como si fuera su juguete más preciado.

Las puertas de la Torre del Juicio se abrieron con un crujido pesado, expulsando a Kaelen hacia el aire gélido de la noche. Sus piernas temblaban tanto que se desplomó contra una gárgola de piedra a pocos metros de la salida. El interrogatorio lo había dejado vacío, como si los Preceptores hubieran intentado pasar un rastrillo por su alma.

—Vaya, sigues teniendo todas tus extremidades. Eso es un récord para los estándares del Consejo.

Kaelen levantó la vista, parpadeando para enfocar. Frente a él no estaba Valerius, sino un grupo de tres estudiantes que no vestían las túnicas impecables de los nobles. Estaban sentados en un muro bajo, compartiendo lo que parecía ser una bolsa de castañas asadas que olían a canela y magia de fuego.

—Déjalo en paz, Luka, el chico parece que acaba de ver a la Muerte desayunando —dijo una chica de cabello corto, teñido de un azul eléctrico que chispeaba con pequeñas descargas estáticas.

El chico llamado Luka, alto y con una sonrisa pícara, saltó del muro. Tenía un parche en el ojo izquierdo grabado con runas de visión y vestía una chaqueta de cuero llena de bolsillos.
—Soy Luka, tercer año de Tecnomagia. Básicamente, hago que las cosas exploten cuando no deberían. Ella es Nyx, especialista en Electromagnetismo y en meterse en problemas.




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