El Campo de Entrenamiento de Hierro era un claro desolado en los límites de la academia, donde el suelo no era de hierba, sino de una arena grisácea que anulaba los hechizos menores para evitar incendios accidentales. Sin embargo, esa mañana, el centro de la arena estaba cubierto por una fina capa de escarcha negra.
En el centro, Valerius van Drakken esperaba. Lucía una túnica de entrenamiento de cuero oscuro que se ajustaba a su cuerpo, resaltando su porte aristocrático. Al ver acercarse al grupo, sus ojos plateados se entrecerraron, fijos en la formación defensiva que Luka, Nyx y Elian habían formado alrededor de Kaelen.
—Vaya —la voz de Valerius cortó el aire matutino—. El "ratón de biblioteca" ha encontrado una madriguera.
Valerius caminó hacia ellos con una elegancia que ponía nerviosos a los demás. Se detuvo a tres pasos, su mirada recorriendo con desprecio las chaquetas llenas de grasa de Luka y las chispas erráticas de Nyx.
—Luka, el técnico que casi vuela el ala este. Nyx, la tormenta sin control. Y el pequeño ilusionista que apenas puede proyectar una sombra —dijo Valerius, su tono cargado de un veneno sutil—. ¿Qué hacen los Descartes escoltando a mi propiedad?
—No es tu propiedad, Van Drakken —gruñó Luka, dando un paso adelante y poniendo la mano sobre una de las llaves mecánicas de su cinturón—. Es nuestro amigo. Y si quieres entrenar con él, tendrás que pasar por nosotros.
Valerius soltó una carcajada seca, carente de humor. El frío en la arena aumentó de golpe, haciendo que el aliento de todos se volviera vapor.
—¿Amigo? Un concepto tierno para alguien que ni siquiera sabe qué es lo que lleva dentro. No tienen ni idea de con qué están jugando.
Kaelen sintió que el suelo bajo sus pies vibraba. El poder de Prisma en su interior, aún inestable tras la "fuga" de la noche anterior, reaccionaba a la hostilidad de Valerius. El aire alrededor de Kaelen empezó a distorsionarse, volviéndose denso y cálido.
Valerius notó la distorsión. Sus ojos brillaron con una chispa de sorpresa y algo que parecía hambre intelectual.
—Interesante... El aroma de su magia ha cambiado. Ya no es solo el vacío del Anulador. Hay un brillo... una saturación. ¿Qué le han hecho en su dormitorio de chatarra?
—Nada que te incumba, "Sangre Azul" —escupió Nyx, acumulando estática en sus puños.
Valerius suspiró, como si estuviera lidiando con niños molestos. Con un movimiento fluido de su mano, una onda de choque cinético de puro frío golpeó el suelo. No fue un ataque para herir, sino para desplazar. Luka, Nyx y Elian fueron empujados hacia atrás por una fuerza invisible, deslizándose varios metros por la arena.
—Suficiente de esta farsa —sentenció Valerius. Su voz ahora tenía el peso de un decreto real—. Ustedes tres, largo de aquí. Tienen clases de "Ajuste de Tornillos" o "Dibujo de Nubes" a las que asistir. Kaelen se queda conmigo.
—¡No nos vamos a ir! —gritó Elian, intentando levantar un muro de espejos, pero Valerius simplemente chasqueó los dedos y el muro se hizo añicos como cristal real.
Kaelen, viendo que la situación iba a escalar a una pelea que sus amigos no podrían ganar, puso una mano en el hombro de Luka.
—Váyanse. Estaré bien. Él... no me matará todavía. Me necesita para algo.
Luka miró a Valerius con odio, luego a Kaelen con preocupación.
—Estaremos cerca del muro perimetral, Kael. Si algo sale mal, haz que algo explote.
Los tres "Descartes" se retiraron a regañadientes, lanzando miradas de advertencia a Valerius. Cuando finalmente cruzaron el arco de piedra de la arena, el silencio volvió a reinar, roto solo por el crujido de la escarcha bajo las botas de Valerius mientras se acercaba a Kaelen.
—Ahora que estamos solos —dijo Valerius, rodeando a Kaelen como un lobo rodea a un cordero—, dime la verdad. ¿Cómo es que esta mañana hueles a magia refinada? No me mientas, pequeño humano. Siento la vibración en el aire. Has hecho algo... o alguien lo ha hecho contigo.
Valerius levantó su florete de obsidiana y apuntó directamente al pecho de Kaelen. La punta del arma desprendía un humo oscuro.
—Defiéndete. Y esta vez, no quiero que solo absorbas mi magia. Quiero ver qué pasa cuando intentas devolverla.
Kaelen tragó saliva, sintiendo que el secreto del Prisma estaba a punto de ser puesto a prueba de la forma más violenta posible.
El suelo de la arena crujió bajo las botas de Valerius. El nigromante no esperaba una respuesta verbal; lanzó un tajo ascendente con su florete de obsidiana, no para cortar carne, sino para liberar una onda de choque gélida que obligó a Kaelen a rodar por la arena gris.
—¡Muévete, humano! —rugió Valerius, su elegancia transformándose en una intensidad depredadora—. Si solo sabes recibir golpes, terminarás convertido en un adorno de jardín en el ala de los caídos.
Kaelen no tenía arma. No tenía escudo. Cada vez que intentaba concentrarse para usar ese "vacío" que sentía en el pecho, la presión de la magia de Valerius lo asfixiaba. Esquivó una estocada que le pasó a milímetros de la oreja, sintiendo cómo el aire se congelaba a su paso. Saltó, se agachó y derrapó sobre la arena, con los pulmones ardiendo y el corazón martilleando contra sus costillas.
Valerius era implacable. Sus ataques eran una danza de sombras y hielo.
—¡Usa lo que tienes! ¡Sé que hay algo más ahí dentro que simple vacío! —Valerius lanzó un hechizo de cadena de sombras que se enroscó en el tobillo de Kaelen, derribándolo con fuerza.
Kaelen jadeó, intentando zafarse mientras Valerius se cernía sobre él, apuntándole con la punta negra del florete directamente a la garganta. El brillo ámbar en la piel de Kaelen comenzó a intensificarse por el pánico; su poder de Prisma estaba reaccionando a la agresión, llamando desesperadamente a algo, a cualquier cosa que pudiera equilibrar la balanza.