El catalizador de ébano

Capítulo 4: El Ojo de la Tormenta P2

Luka, Nyx y Elian intercambiaron miradas de asombro y una pizca de envidia sana. El Pabellón de los Ecos bullía con una vibración que ellos apenas podían procesar; era una sinfonía de magia desconocida que hacía que sus propios canales de mana se sintieran como simples charcos frente a un océano.

—Kael, hermano... creo que aquí estás en buenas manos —dijo Luka, guardando su cañón sónico con un suspiro—. Si nos quedamos, probablemente terminemos convertidos en estatuas de cristal o algo peor por accidente.

—Vendremos mañana al amanecer con comida que no sea de trasgos —prometió Nyx, dándole un apretón rápido en el brazo—. Cuídate. Tienes a un dios de la tormenta y a un... bueno, a lo que sea que sea Aiker, vigilándote.

Elian simplemente asintió, lanzando una última mirada a las flores de luz que brotaban del suelo antes de seguir a los otros dos hacia la salida. La pesada puerta de hierro y plata se cerró con un eco profundo, dejando el salón en un silencio cargado de electricidad.

Kaelen se quedó en el centro del gran salón, flanqueado por la imponente figura de Theron y la presencia fluida de Aiker.

—Finalmente —susurró Aiker. Su apariencia cambió de nuevo; sus ojos se tornaron de un violeta amatista y un aura de mago arcano envolvió sus hombros—. El público se ha ido. Ahora, Prisma, es momento de que dejes de ser una víctima de tu propio don.

—El recipiente debe ser forjado —tronó Theron, cuya piel de nubes empezó a soltar relámpagos controlados que iluminaron las vigas del techo—. Si no aprendes a contener la magia desconocida que atraes, el Pabellón no será tu refugio, será tu pira funeraria.

Aiker caminó alrededor de Kaelen, trazando un círculo invisible en el suelo con la punta de su dedo, que ahora emanaba el frío de un nigromante.
—Escucha bien, Kaelen. Los profesores creen que eres un vacío. Los elementales creen que eres una fuente. Pero tú eres un transmutador de realidades.

Aiker se detuvo frente a él y su mano se transformó en una garra de sombra por un segundo antes de volver a ser humana.
—Cierra los ojos. No busques la magia fuera de ti, búscala en el eco que dejas en esta casa. Siente cómo el Pabellón se alimenta de tu miedo. Ahora... convierte ese miedo en una orden.

Kaelen cerró los ojos. Sintió el frío de la muerte de la senda nigromántica de Aiker a su derecha y el calor rugiente de la tormenta de Theron a su izquierda. El vacío en su pecho empezó a girar, succionando ambas energías opuestas. El dolor fue agudo, como si le arrancaran la piel desde adentro, pero bajo la guía de sus dos protectores, la energía no estalló.

—¡Canalízalo! —ordenó Theron—. ¡No lo guardes, dale una forma!

Kaelen extendió las manos y, por primera vez, no salió un pulso descontrolado. De sus palmas brotaron hilos de seda dorada que se entrelazaron en el aire, formando una red perfecta que atrapó los rayos de Theron y las sombras de Aiker, neutralizándolos y convirtiéndolos en pequeñas esferas de luz pura que flotaron suavemente hacia la chimenea.

Aiker silbó, impresionado, mientras sus ojos volvían a su estado plateado original.
—Nada mal para ser tu primera lección de magia desconocida. Has creado un sello de equilibrio.

—Es solo el principio —advirtió Theron, aunque su voz sonaba menos severa—. Mañana, el entrenamiento será físico. Tu cuerpo debe ser tan fuerte como el Prisma que alberga.

Kaelen cayó de rodillas, agotado pero con una chispa de esperanza. Por primera vez, sentía que él tenía las riendas, aunque fuera por un segundo. Lo que no sabía era que, mientras él aprendía a dominar su luz, en las profundidades de la academia, alguien estaba despertando una oscuridad diseñada específicamente para apagarla.

El entrenamiento se prolongó hasta que la luna alcanzó su punto más alto, filtrando una luz plateada a través de los ventanales del pabellón. Kaelen sentía que cada músculo de su cuerpo vibraba; Theron lo había obligado a mantener esferas de energía pura flotando en el aire mientras Aiker cambiaba constantemente su naturaleza, obligando al chico a adaptar su flujo de un mago de luz a un nigromante en cuestión de segundos.

—Basta... por favor —jadeó Kaelen, dejándose caer sobre la alfombra de terciopelo que ahora brillaba con un suave tono ámbar bajo sus dedos—. Siento que si intento canalizar un gramo más, me convertiré en cenizas. Y tengo tanta hambre que podría comerme uno de los libros de la biblioteca.

Aiker, que en ese momento tenía los ojos de un azul eléctrico, dejó que su aura se relajara hasta volver a su estado humano más simple. Soltó una risita juguetona y le tendió una mano a Kaelen para ayudarlo a levantarse.

—Cierto, olvidaba que los recipientes humanos necesitan combustible orgánico para no colapsar —dijo Aiker con un guiño—. No te preocupes, Kael. Este lugar no solo guarda ecos de poder, también guarda memorias de banquetes.

Caminaron hacia el fondo del gran salón, donde una puerta de roble tallada con relieves de frutos y vides se abrió de par en par antes de que siquiera la tocaran. La cocina era un espectáculo: ollas de cobre flotaban en el aire, cucharones de madera revolvían calderos por sí solos y un horno de piedra emanaba un calor acogedor que olía a romero y pan recién horneado.

—Esta cocina está encantada desde los tiempos en que los primeros maestros vivían aquí —explicó Aiker, chasqueando los dedos—. No necesitamos cocineros. Solo tienes que desearlo y la casa manifestará lo que tu cuerpo necesite para recuperar la esencia perdida.

Como si respondieran a sus palabras, los platos de porcelana volaron suavemente hacia una mesa de madera rústica. En segundos, aparecieron frente a Kaelen un estofado de carne que burbujeaba con una energía reconfortante, pan caliente que parecía brillar sutilmente y una jarra de jugo de bayas silvestres que prometía restaurar sus fuerzas de inmediato.




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