El catalizador de ébano

Capítulo 5: El Despertar del Vacío

El primer día del semestre en la Academia Arcanum debería haber sido un estallido de color, duelos de exhibición y el rugido de las bestias aladas regresando a los nidos. En cambio, el amanecer trajo un silencio sepulcral, interrumpido solo por el arrastrar de pies cansados.

Kaelen caminó por el sendero principal hacia el Salón de los Registros, sintiendo una energía extraña: era el único que caminaba con paso firme. A su alrededor, los estudiantes nobles, que usualmente desbordaban auras de fuego o escarcha, parecían espectros. Sus túnicas de seda colgaban de hombros caídos y sus rostros estaban pálidos, con ojeras profundas que no tenían explicación médica.

—Esto es un desastre —murmuró Aiker, caminando a su lado con las manos en los bolsillos. A diferencia de los demás, Aiker no parecía enfermo, pero sus ojos cambiaban de color erráticamente, como una brújula loca—. Siento el tejido de la academia deshilachado. Alguien nos ha "bebido" mientras soñábamos.

Al llegar al tablón de anuncios de cristal, el caos era evidente. Los profesores corrían de un lado a otro con cristales de rastreo que apenas brillaban. El Preceptor Malphas gritaba órdenes a los Guardias de Hierro, cuyas armaduras chirriaban como si les faltara aceite mágico.

—¡Cancelen las demostraciones de vuelo! —rugió Malphas—. ¡Nadie debe usar hechizos de grado tres hasta que el Consejo determine la causa de esta anemia espiritual!

Kaelen se abrió paso entre la multitud de estudiantes agotados para revisar su horario. Sus dedos rozaron el cristal frío del tablón:

Estudiante: Kaelen de Oakhaven (Estatus: Protegido/Anulador)

  1. Fundamentos de la Teoría del Refino (Torre del Este)
  2. Historia de las Guerras del Éter (Salón de los Ecos)
  3. Control de Flujo Primordial (Bajo la supervisión de la Casa Van Drakken)

Kaelen sintió un escalofrío al leer la tercera materia. Valerius se había asegurado de tenerlo cerca legalmente.

—Mira el mío —dijo Aiker, señalando una línea que aparecía y desaparecía en el cristal—. Sinergia de Formas y Adaptación. Básicamente, me dan permiso para ser un camaleón oficial. Compartimos la clase de Historia, Prisma. Al menos no estarás solo con los fantasmas.

En el aula de Teoría del Refino, la situación era patética. El profesor intentó encender una vela con un chasquido y solo logró una chispa de humo gris. Los estudiantes, incluido Cian, el bully rubio, estaban recostados sobre sus pupitres, incapaces de mantener la cabeza erguida.

—Kaelen... —susurró Cian desde la fila de atrás, su voz apenas un siseo débil—. ¿Por qué... por qué tú te ves tan bien? ¿Qué nos hiciste?

La pregunta de Cian atrajo las miradas de media clase. En un mundo donde todos estaban drenados, el brillo saludable de Kaelen era una acusación silenciosa. El chico de la visión, el que succionaba la magia en su sueño, había dejado una marca en todos, menos en el recipiente que podía contenerlo todo.

—Yo no he hecho nada —respondió Kaelen, sintiendo el peso de la sospecha—. He dormido igual de mal que ustedes.

Aiker, desde el fondo, le lanzó una mirada de advertencia. Sabían que si alguien descubría que Kaelen era el único "lleno" en un mundo de "vacíos", la investigación de los profesores dejaría de buscar una fuga externa para centrarse en él.

Justo en ese momento, la puerta del salón se abrió de golpe. Valerius van Drakken entró. A diferencia de los demás, Valerius no parecía agotado, sino furioso. Sus ojos plateados recorrieron el aula hasta fijarse en Kaelen.

—La clase se cancela —anunció Valerius, ignorando al profesor—. El Rector exige que todos los estudiantes con firmas mágicas irregulares se presenten en el Gran Salón. Kaelen, vienes conmigo. Ahora.

Kaelen tragó saliva. La cacería de brujas había comenzado, y él era la presa más brillante.

El ambiente en el aula se volvió gélido, no por un hechizo, sino por la autoridad que emanaba de Valerius. Los estudiantes agotados ni siquiera tuvieron fuerzas para murmurar; simplemente observaron con ojos vidriosos cómo Kaelen se levantaba, sintiéndose como un faro encendido en una ciudad en penumbras.

Aiker, sentado al fondo, transformó sus ojos a un tono gris metálico, una señal silenciosa de que estaría vigilando desde las sombras. Kaelen caminó hacia la puerta, pasando junto a Valerius. El nigromante no lo tocó, pero el aire a su alrededor vibraba con una furia contenida.

—Camina —ordenó Valerius—. Y no intentes ocultar tu brillo. Es inútil.

El trayecto hacia el Gran Salón fue una procesión de pesadilla. Los pasillos de la academia, que normalmente zumbaban con el eco de encantamientos y risas, estaban sumidos en un silencio sepulcral. Los cuadros vivientes en las paredes estaban inmóviles, sus ocupantes durmiendo un sueño profundo por la falta de sustento mágico.

Al entrar al salón, Kaelen vio que no estaba solo. Había una docena de estudiantes alineados frente al estrado de los Preceptores. Eran los "especiales": un licántropo que no podía controlar su transformación parcial, una joven de la Ee que se había quedado atrapada en el Arcanum tras el incidente de la arena, y un par de magos de alto linaje. Todos compartían algo: a diferencia de la masa estudiantil, ellos aún conservaban un rastro de energía, aunque estaban visiblemente debilitados.

Kaelen, sin embargo, irradiaba una vitalidad que resultaba casi insultante.

—Aquí está —dijo el Preceptor Malphas, señalando a Kaelen con su báculo de cristal opaco—. El humano que no debería tener nada, y sin embargo, es el que más tiene.

El Rector de la academia, un hombre cuya edad parecía contarse en eones y cuya piel parecía pergamino antiguo, se inclinó hacia adelante desde su trono de hueso de dragón. Su mirada atravesó a Kaelen como una daga.




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