El catalizador de ébano

Capítulo 6: El Despertar del Nexo

El silencio en el Pabellón de los Ecos era tan absoluto que se podía escuchar el polvo bailando en los escasos rayos de luz que se filtraban por las ventanas. Kaelen abrió los ojos, pero no se sentía él mismo. Sus pupilas conservaban un tenue anillo dorado, y su mente estaba sumida en una niebla cálida, como si su conciencia estuviera flotando unos centímetros fuera de su cuerpo.

Sin emitir un solo sonido, se levantó de la cama. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre el suelo de madera. Ni Theron, que descansaba en una esquina como una nube de tormenta latente, ni Aiker, que dormía en un sofá cercano tras una noche de guardia agotadora, notaron su movimiento. Kaelen caminaba con la mirada perdida, pero con pasos decididos, como si una cuerda invisible tirara de su pecho hacia el exterior.

Abrió la pesada puerta de hierro y plata con un simple roce. Al salir, el aire de la mañana, que debería haber estado cargado de la pesadez del drenaje mágico del día anterior, lo recibió con una quietud espectral. La vegetación alrededor del pabellón estaba marchita, de un color gris ceniza que delataba el hambre del enemigo sin rostro.

Kaelen caminó hasta el centro del jardín muerto. Se detuvo frente a un sauce cuyas hojas de plata habían caído, dejando solo ramas secas y tristes. Sin pensarlo, sin un solo rastro de duda o esfuerzo, Kaelen se arrodilló. Su rostro mantenía una serenidad casi divina, desprovista de cualquier emoción humana.

Extendió la mano y presionó la palma contra la tierra fría.

En ese instante, no hubo explosiones ni ruidos estruendosos. Hubo algo mucho más poderoso: armonía.

Desde el punto donde su mano tocaba el suelo, una onda de luz ámbar, líquida y pura, comenzó a expandirse. No era la magia caótica que los profesores conocían, sino una energía de restauración que parecía reescribir la realidad a su paso. Donde la onda tocaba las raíces, estas volvían a hundirse con fuerza en la tierra; donde tocaba la hierba muerta, brotaban briznas de un verde esmeralda tan intenso que parecía brillar.

Kaelen no lo sabía, pero en ese momento, estaba actuando como un Nexo Primordial. Estaba devolviendo al mundo lo que le había sido arrebatado, pero no de su propia reserva, sino refinando la energía ambiental que el enemigo había dejado "sucia".

El sauce seco estalló en hojas nuevas en cuestión de segundos, y el aire alrededor del pabellón se volvió tan puro que el oxígeno mismo parecía tener sabor a miel. La onda de restauración se extendió más allá de los muros del pabellón, filtrándose por los cimientos de la academia, devolviendo la chispa a las lámparas de gas y la fuerza a los corazones de los estudiantes que aún dormían, sin que nadie pudiera rastrear el origen de ese milagro silencioso.

Kaelen retiró la mano del suelo. La marca de su palma quedó grabada en la tierra como una runa de luz que se desvaneció lentamente. Se puso en pie, parpadeó varias veces y la niebla en su mente comenzó a disiparse. El anillo dorado en sus ojos desapareció, devolviéndole su mirada marrón llena de confusión.

—¿Qué... qué hago aquí fuera? —susurró, frotándose los brazos por el frío de la mañana. Miró a su alrededor y se quedó petrificado. El jardín, que ayer era un cementerio de ceniza, ahora era un paraíso vibrante de vida—. ¿Cómo...?

Se miró las manos, pero estaban limpias. No sentía el agotamiento que debería haber seguido a semejante despliegue de poder. Solo sentía una paz extraña, mientras a lo lejos, las campanas de la academia empezaban a sonar, esta vez con un tono mucho más alegre, anunciando que el "hambre" de ayer parecía haber sido solo un mal sueño.

Kaelen regresó al interior del pabellón, sin sospechar que acababa de firmar su propia sentencia: había dejado un rastro de vida tan inmenso que los seres que lo buscaban ya no necesitarían visiones para encontrarlo.

Kaelen salió disparado del Pabellón de los Ecos, ajustándose la túnica mientras corría por el sendero del bosque. Sus pulmones ardían, pero no por cansancio, sino por la energía eléctrica que flotaba en el aire. A medida que se acercaba a la estructura central de la academia, el cambio era asombroso: las gárgolas de piedra, que ayer parecían estatuas muertas, ahora estiraban sus alas de granito y rugían al sol.

Al cruzar el arco de entrada, Kaelen se detuvo en seco, jadeando. El patio estaba a reventar. Los estudiantes ya no eran sombras pálidas; algunos lanzaban llamaradas de colores al cielo, otros hacían levitar sus libros con una fuerza renovada.

—¡Kael! ¡Llegas tarde, pero llegas a tiempo para el bombazo! —gritó Luka, apareciendo entre la multitud junto a Nyx y Elian. Los tres se veían radiantes, como si hubieran bebido luz pura.

En ese momento, las campanas de la torre principal tañeron con un sonido cristalino. El Rector, de pie en el balcón de mármol y luciendo una túnica que despedía destellos dorados, extendió sus manos para pedir silencio. Su voz, amplificada por un hechizo de resonancia perfecta, cubrió cada rincón del Arcanum.

—¡Estudiantes, criaturas y guardianes! —proclamó el Rector—. El vacío de ayer ha sido desterrado por una marea de luz que aún no comprendemos, pero no desperdiciaremos este regalo. ¡Hoy celebramos el retorno de nuestra esencia!

Un estandarte gigante, con el emblema de una corona rodeada de elementos, descendió desde la torre más alta.

—¡Damos por inaugurada la Temporada del Torneo del Cáliz! —anunció el Rector con fervor—. Todos los seres sobrenaturales, desde los linajes reales hasta los elementales de la academia vecina, están invitados a competir. El torneo comenzará en exactamente una semana, pero las inscripciones se cierran hoy al caer el sol. ¡Demuestren quién es digno de la gloria!




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