El Ceo Y Sus Cuatrillizos

CAPITULO 1

Adrián Blackwood estaba sumergido en la lectura de un contrato millonario cuando el teléfono de su oficina sonó con insistencia. Su secretaria, Marian, atendió la llamada y su rostro palideció casi al instante.

—Señor Blackwood —dijo, entrando sin llamar a la puerta, algo que jamás hacía—, acaban de llamar desde su casa. Su esposa, Emma, ha entrado en labor de parto; las contracciones son muy fuertes y los médicos dicen que debe ir al hospital de inmediato.

Adrián levantó la vista del documento, su corazón dando un vuelco en el pecho. El contrato de varios millones de dólares quedó olvidado sobre el escritorio.

—¿Cómo? Pero faltan dos semanas —su voz sonó extraña, casi infantil—. ¿Está bien? ¿Está Emma bien?

—La ambulancia ya va en camino, señor, y la señora Blackwood pidió que fuera usted.

Adrián ya estaba de pie, tomando su chaqueta con manos temblorosas. El hombre que dirigía un imperio financiero con puño de hierro se sintió de repente tan frágil como un niño.
—Dile a Johnson que tenga el auto listo en la puerta ahora mismo.

—Ya lo hice, señor —dijo Marian, sonriendo con ternura—. Vaya con su esposa y no se preocupe por la empresa; yo me encargo de todo aquí.

Adrián asintió y salió corriendo; su mente era un torbellino de pensamientos y emociones. Emma. Su Emma. La mujer que había transformado su mundo gris en un arcoíris de colores.

—Ella me pidió que no me preocupara —murmuró para sí mismo mientras el ascensor descendía—. Dijo que todo saldría bien.

Pero algo en su pecho se retorcía con una angustia que no podía explicar. —¡Al hospital San Lucas y no se detenga por nada! —ordenó al subir al coche.

El trayecto se hizo eterno porque cada minuto que pasaba era una aguja clavándose en su corazón.

—Aguanta, amor —susurró, mirando el teléfono—. Todo va a salir bien; tienes que ser fuerte por nosotros.

—¡Doctor, la presión sigue bajando!

—¡Prepárense para una cesárea de emergencia!

Los gritos llenaban el quirófano mientras Adrián Blackwood permanecía inmóvil detrás del cristal. Sentía que el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Su esposa, Emma, llevaba más de doce horas luchando por traer al mundo a sus cuatro bebés.

Los médicos les habían advertido que un embarazo de cuatrillizos era de alto riesgo, pero Emma nunca perdió la sonrisa.

—Todo saldrá bien, amor, no te preocupes —le repetía cada noche mientras acariciaba su enorme vientre—. Pronto seremos seis, mi príncipe.

Él siempre le creía. Hasta ese momento en que una enfermera salió corriendo del quirófano. —¡Necesitamos más sangre! ¡Urgente!

Adrián sintió que las piernas le fallaban y dio un grito ahogado. —No...
Eso no podía pasarles. Después de tanto tiempo intentando formar una familia, por fin la iban a tener. Habían recorrido un camino lleno de pruebas, de noches de llanto y esperanzas rotas, hasta que finalmente Emma logró quedar embarazada. Y no de uno, sino de cuatro milagros.

Los minutos parecían siglos. Adrián apoyó la frente contra el cristal frío, apretó sus manos en puños hasta que sus nudillos se colocaron blancos por la tensión.

—Por favor, Emma —susurró—. No me dejes. Dejo escapar un sollozo ahogado y entonces...

El primer llanto fue un sonido fuerte y perfecto. Un alarido de vida que atravesó el cristal y llegó directo a su alma. Después se escuchó otro, y a los pocos segundos siguió otro más, hasta llegar al cuarto llanto. Cuatro voces distintas, cuatro pequeños pulmones llenándose de aire por primera vez.

Las lágrimas se le escaparon de los ojos al escuchar a sus hijos llorar por primera vez.
—Son cuatro niños sanos —dijo un médico con una sonrisa cansada, asomando la cabeza por la puerta—. Dos niñas y dos niños, señor Blackwood. Todos están sanos y perfectos.

Adrián dejó escapar una risa entre lágrimas. Los había escuchado. Su Emma lo había conseguido. Había traído al mundo a sus cuatro pequeños milagros.

—¿Y Emma? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Cómo está mi esposa?

Pero la sonrisa del médico desapareció casi al instante. Su mirada se volvió sombría y sus hombros se tensaron.

—Estamos haciendo todo lo posible por salvar a su esposa, señor Blackwood. Pero hay una hemorragia grave que no logramos controlar. Por favor, espere aquí.

El mundo se detuvo para Adrián. Las palabras del médico resonaron en su cabeza como un eco cruel y repetitivo: haciendo todo lo posible por salvar a su esposa.

Las puertas del quirófano volvieron a cerrarse, y durante casi una hora nadie salió.
Adrián caminó de un lado a otro, con las manos sudorosas y la respiración entrecortada. Rezó a todos los dioses que conocía, hizo promesas que sabía que no podría cumplir y negoció con el universo entero.

—Dios, por favor, salva a mi esposa —murmuró una y otra vez—. Quítame todo lo que tengo, pero no me la quites a ella.

Recordó la primera vez que la vio, en aquella cafetería de Colombia. Ella derramó su café sobre su traje de Armani y, en lugar de disculparse, lo miró con aquellos ojos verdes desafiantes y dijo:

—Bueno, supongo que ahora tendrás que comprar uno nuevo. ¿O esperabas que me ofreciera a limpiarlo con mi blusa?

Y él, el temido Adrián Blackwood, el hombre que hacía temblar a los inversionistas más poderosos, se rió. Se rió como no lo hacía desde que era un niño.

—Me llamo Emma —dijo ella, extendiendo la mano—. Y tú necesitas alguien que te enseñe a reír más seguido. Y así comenzó todo.
Los recuerdos se mezclaban con el sonido de los monitores y los pasos apresurados de los médicos. Hasta que, finalmente, un doctor apareció con la cabeza agachada.

Adrián sintió el peor presentimiento de su vida. Su cuerpo se tensó; su corazón dejó de latir por un instante.

—Lo siento mucho, señor Blackwood... —la voz del médico era apenas un susurro—. La hemorragia fue imposible de controlar y su esposa... Emma ha fallecido.




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