El Ceo Y Sus Cuatrillizos

CAPITULO 2

Lágrimas que no había derramado Adrián desde la muerte de su madre cuando era adolescente. Lágrimas que brotaban de lo más profundo de su ser, arrasando con todo a su paso.

—No puede ser —susurró, con su voz rota y agonizante—. Ella me lo prometió... Me prometió que volveríamos a casa juntos.

Emma le había prometido que volverían a casa juntos al lado de sus cuatro pequeños; que verían crecer a sus hijos, que celebrarían sus cumpleaños, que envejecerían juntos y tomados de la mano.

Le había prometido un "para siempre". Y el destino acababa de arrebatárselo.

Adrián cayó de rodillas en el pasillo del hospital, sin importarle quién lo viera. El magnate implacable, el hombre que había construido un imperio desde la nada, era ahora un espectro roto y desconsolado.

—No puedes irte, Emma —gimió—. No puedes dejarme con cuatro bebés. No sé cómo hacer esto sin ti, mi amor.

Pero el silencio del hospital fue su única respuesta.
Horas después, una enfermera lo condujo hasta la sala de neonatos. Cuatro pequeñas cunas transparentes estaban una junto a la otra, como un ejército diminuto de esperanza en medio de tanta desolación y dolor.

Cuatro bebés diminutos dormían ajenos al dolor que acababa de destruir a su familia: dos niñas y dos niños, frágiles como pétalos de rosa, con sus pequeños puños cerrados y sus rostros arrugados.

—¿Quiere cargarlos? —preguntó la enfermera con dulzura.

Adrián negó con la cabeza. Tenía miedo de romperse por completo en cuanto los tocara. Tenía miedo de que sus brazos temblorosos no pudieran sostenerlos. Tenía miedo de que, al ver sus rostros, viera a Emma en ellos y se desmoronara para siempre.

Pero el bebé de la primera cuna abrió los ojos y comenzó a llorar. Luego lo siguió el segundo, y después el tercero, y finalmente el cuarto.

Era un concierto de llantos: cuatro pequeñas voces que reclamaban atención, que pedían consuelo, que exigían amor.
La enfermera sonrió con ternura. —Creo que están llamando a su papá.

Con manos temblorosas, Adrián tomó al primero entre sus brazos. Era un niño hermoso, pequeño y frágil, con un mechón de cabello oscuro igual al de su madre. El llanto cesó al instante, como si hubiera reconocido el calor de su padre. Los otros tres parecieron calmarse también, como si un misterioso vínculo los conectara.

Las lágrimas volvieron a correr por el rostro del empresario serio y arrogante. Pero su amor por su familia lo era todo.

—No sé cómo hacerlo —susurró con la voz rota, mirando a sus cuatro hijos—. Su mamá era la valiente y yo solo la seguía a ella. Emma era la que sabía cómo amar, cómo cuidar, cómo hacer de un frío un lugar cálido.

Miró a sus cuatro hijos uno por uno. Primero al niño que sostenía en brazos, luego a su hermana en la cuna vecina, a la otra hermana y, finalmente, al pequeño que dormía plácidamente.
En ese instante, en medio del dolor más profundo que jamás había experimentado, hizo la única promesa que podía cumplir: una que brotó de las cenizas de su corazón roto.

—Les juro que nunca les faltará mi amor —dijo, con su voz firme a pesar de las lágrimas—. No importa cuántas veces tenga que caer... Me levantaré por ustedes. Seré padre y madre si hace falta. Nadie les podrá hacer daño mientras yo siga respirando.

Apretó a su hija contra su pecho y sintió el latido diminuto de su corazón.

—Los llamaré —dijo después de un largo silencio—. Emily, por la abuela que nunca conocieron; Sebastián, por el abuelo que siempre soñó con un nieto; Olivia, porque era el nombre que tu mamá eligió para su niña; y Mateo, porque fue el primero en llorar, el que los llamó a todos.

Sin saberlo, aquel juramento cambiaría sus vidas.
Porque esos cuatro pequeños terremotos crecerían, llenando de caos su enorme mansión y espantando niñeras una tras otra. Porque la soledad de Adrián sería tan inmensa como su corazón vacío, y su dolor tan profundo como el amor que sentía por sus hijos.

Hasta que una mujer, desesperada por salvar a su abuela, cruzara la puerta de sus vidas.

Una mujer que no se dejaría intimidar por su mirada fría, que no huiría de sus cuatro terremotos y que le enseñaría que, incluso después de la peor pérdida, el amor siempre encuentra la forma de regresar...

Continuará...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.