El Ceo Y Sus Cuatrillizos

CAPITULO 3

Cinco años después

El salón de juntas de Corporation Blackwood apestaba a dinero. Paredes de vidrio que mostraban la ciudad como si fuera un juguete, una mesa de roble que costaba más de lo que ganaba la mayoría de la gente en un año y sillas de cuero que crujían cada vez que alguien se movía. Adrián Blackwood ocupaba el asiento principal, el mismo que había heredado de su padre hacía ocho años, cuando Sebastián Blackwood decidió retirarse "por salud" —una forma elegante de decir que su corazón ya no aguantaba el ritmo de una empresa que movía millones al día.

A sus treinta años, Adrián parecía sacado de una revista: traje Armani impecable, pelo oscuro hacia atrás, mandíbula cuadrada y una mirada que había hecho sudar a más de un competidor. Pero hoy, esa mirada era un cuchillo.

—No voy a repetirlo, Adrián —dijo su padre desde el otro extremo de la mesa. Con su voz que sonaba gastada, como la de un hombre que ha peleado demasiadas batallas y ya no quiere más—. La junta ya decidió.
Adrián inclinó la cabeza, apenas. Un gesto que podía interpretarse como respeto, pero que era puro control.

—Es una decisión absurda. No tengo que demostrarle nada a nadie porque los números están ahí.

—Los números no bastan —intervino el señor Fuentes, el accionista con más peso después de la familia Valente—. He recibido quejas: inversores que piensan que la imagen de la empresa es... inestable.

—¿Inestable? —la voz de Adrián subió un tono, pero su temperatura bajó varios grados—. Veintitrés por ciento de crecimiento anual durante cinco años. Diversificación de cartera, expansión internacional...

—Y tienes cuatro hijos, Adrián —lo cortó su padre, con una suavidad que dolía más que un grito—. Cuatro niños pequeños viviendo en una mansión con una niñera distinta cada semana. La prensa se ha encargado de decirlo como una gran noticia.

Adrián sintió que le faltaba el aire. Siempre igual, los mismos argumentos, las mismas puñaladas.

—Mi vida personal no es asunto de la junta.
—Se volvió asunto de la junta cuando el periódico publicó una foto de Olivia sacándole la lengua al fotógrafo en la puerta del colegio —dijo Fuentes, ajustándose las gafas—. O cuando Mateo fue noticia por llorar en el funeral de la esposa del embajador.

—Mateo tenía cuatro años —respondió Adrián, y su tono apenas disimulaba el odio—. ¿Qué esperaban? ¿Que hiciera malabares?

—Esperamos que el director ejecutivo de esta compañía tenga una vida familiar estable. Necesitamos una figura de autoridad. Alguien que transmita seguridad. No un padre soltero que apenas puede con sus hijos.

El golpe le llegó al estómago. Adrián apretó los dedos contra el borde de la mesa, sintiendo la madera dura bajo las yemas. Silencio absoluto. Los otros cuatro miembros de la junta miraban al techo, al suelo, a cualquier sitio que no fuera el enfrentamiento entre padre e hijo.
—No quiero ser cruel —dijo Fuentes, con un tono que era todo lo contrario—. Pero la empresa necesita una imagen de estabilidad. El mercado se lo puede facturar a la empresa; los inversores se asustan con nada. Necesitamos ver a un hombre casado, feliz, con una familia de manual.

—Usted no sabe nada de mi familia —dijo Adrián, y su voz era apenas un susurro, pero filosa como vidrio—. No sabe lo que he tenido que hacer para sacar esto adelante.

—Lo sé, hijo —intervino su padre, soltando un suspiro—, pero la decisión está tomada.

Adrián se giró hacia él. Por un segundo, el hombre de acero se desvaneció y quedó solo el adolescente que perdió a su madre, el joven que vio a Emma desangrarse en una camilla de hospital mientras los médicos le decían que no podían hacer nada más. Su padre lo miró con esa mezcla de compasión y firmeza que siempre había usado para ocultar sus propios demonios.

—Tienes seis meses, Adrián.

—¿Seis meses para qué?
—Para encontrar a una esposa. Para darle una madre a tus hijos. Si no lo haces, la junta te destituirá como CEO.

Adrián soltó una risa corta, amarga, casi histérica.

—¿Una esposa? ¿Creen que puedo comprar una esposa como quien compra acciones?

—No estamos sugiriendo eso —dijo Fuentes, incómodo—. Pero creemos que deberías considerar buscar una compañera adecuada.

—¿Compañera adecuada? —Adrián se puso de pie. Su figura llenó la sala, imponente, pero su voz temblaba—. Les digo una cosa: no necesito su aprobación para ser un buen padre. No necesito su bendición para amar a mis hijos. Si me quieren destituir, háganlo ya. Pero no me pidan que convierta mi vida en un circo para su beneficio.

—Adrián —dijo su padre, levantándose también—. No se trata de eso. Es por el bien de la empresa y por el de mis nietos.
Adrián lo miró. Vio en los ojos de su padre el reflejo de su propio dolor: el hombre que perdió a su esposa, que crió a su hijo en soledad, que construyó un imperio desde nada. Pero también vio al empresario, al que ponía el negocio por encima de todo.

—Seis meses —repitió Adrián, y su voz se rompió un poco—. Seis meses para buscar una esposa que cumpla con sus expectativas. ¿Y si no la encuentro? ¿Qué?

—Entonces la empresa buscará un nuevo CEO. Alguien que pueda cumplir con todos los requisitos.

Adrián cerró los ojos. Sintió que el suelo se abría, que todo lo que había construido se tambaleaba por una decisión absurda. Pero cuando los abrió, su mirada era otra, llena de fortaleza.

—Entendido. Cuando encuentre una madre para mis hijos, los mantendré informados.

Salió de la sala sin mirar atrás. Pasos firmes, decididos. Pero por dentro, algo se había roto. Algo que creía haber reconstruido después de la muerte de Emma...

Continuará...




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