La mansión Blackwood, con jardines grandes y perfectos, con una piscina enorme y más habitaciones que personas, era un lugar lleno de vida. Allí, a pesar del lujo, olía a vida: juguetes esparcidos, dibujos pegados en la nevera, manitas pegajosas en los cristales.
Adrián abrió la puerta y el caos lo recibió como una ola. Gritos, risas y algo que se estrelló contra el suelo.
—¡Mateo Blackwood! ¡Te he dicho mil veces que tienes que comer! ¡No me hagas enfadar!
Adrián apretó el paso hacia el comedor. Se detuvo en la puerta y sintió que el pecho se le encogía.
La niñera, una chica joven con el pelo recogido y cara de estar al borde del colapso, estaba frente a Mateo con una cuchara en alto. Él estaba sentado en su silla con los ojos llenos de lágrimas y su plato seguía lleno de comida.
Los otros tres estaban alrededor de la mesa. Sebastián, con los brazos cruzados, observaba con una seriedad que imitaba a su padre. Emily, con las coletas deshechas, sonreía como si el espectáculo fuera su programa favorito. Y Olivia, la más pequeña, se había untado el puré en el cabello.
—No quiero comer —dijo Mateo, con voz llena de frustración porque no tengo hambre.
—¡Claro que tienes hambre! —gritó la niñera, golpeando la mesa con la cuchara—. ¡Llevas todo el día sin probar bocado! ¡Te vas a tragar esto ahora mismo o te encierro en tu habitación sin cenar!
Los labios de Mateo temblaron y una lágrima volvió a rodar por su mejilla; esta vez no dijo nada más.
Adrián sintió que algo explotaba en su interior. Caminó hacia la mesa con pasos que no dejaban dudas. La niñera se giró al oírlo y palideció.
—Señor Adrian Blackwood, yo... solo estaba intentando que Mateo comiera, es que lleva todo el día sin...
—Fuera —dijo Adrián. Su voz era un susurro, pero helaba.
—¿Perdón?
—He dicho que se vaya ahora; agarre sus cosas, está despedida. No quiero volver a verla nunca más.
La niñera abrió la boca para protestar, pero la mirada de Adrián la cerró de golpe. Bajó la cabeza y salió del comedor a toda prisa.
Adrián se arrodilló junto a la silla de Mateo. Él lo miraba con sus grandes ojos castaños, brillantes de lágrimas, y Adrián sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. Era tan parecido a Emma: la misma mirada, la misma fragilidad.
—Mi amor —dijo, con la voz quebrada, pasando la mano por el pelo oscuro de Mateo—. ¿Qué pasó? ¿Por qué no quieres comer?
—La niñera siempre hace comida fea —murmuró Mateo—. Yo quiero que tú cocines, papá.
Adrián parpadeó y sintió un nudo en la garganta. —¿Quieres que cocine yo?
Mateo asintió con fuerza. Olivia se levantó de su silla y se acercó.
—Tú cocinas mejor, papá. La niñera pone demasiada sal.
—Y el puré está frío —añadió Olivia, con su característica falta de filtro.
Sebastián, desde su sitio, observó todo con sus ojos serios. Luego dijo, con una calma que inquietaba:
—Papá, estamos cansados de que siempre vengan niñeras nuevas. ¿No puedes quedarte tú con nosotros?
Adrián sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies y miró a sus cuatro terremotos: Mateo, con la cara manchada de lágrimas; Olivia, con puré en el cabello; Emily, con su sonrisa descarada; y Sebastián, con esa mirada de adulto que le rompía el alma.
—Claro que puedo —dijo, y su voz apenas era un hilo—. Claro que puedo.
Llamó al chef y le pidió que preparara algo sencillo, como una sopa de pollo, que a ella le gustaba. Cuando llegó, probó un poco antes de dársela a Mateo.
—Está buena —dijo, y por un momento, casi creyó que era verdad.
Mateo tomó la cuchara con manos temblorosas y le dio un sorbo a la sopa, y sus ojos se iluminaron. —Está rica —dijo, y siguió comiendo.
Adrián se sentó a la mesa con ellos. Vio a Sebastián servirle sopa a Emily, a Olivia intentar beber directamente del plato y a Mateo comer como si llevara días sin hacerlo. Y sintió que, por un momento, podía respirar tranquilo.
—¿Todo bien, papá? —preguntó Sebastián, con esa seriedad que no le correspondía a su edad—. Te ves raro.
Adrián sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. —Todo bien, hijo, solo fue un día duro en la oficina.
—¿Esos señores de la oficina te hicieron sentir mal otra vez? —preguntó Emily, directa como siempre—. Los que siempre te gritan.
Adrián soltó una risa amarga. —No me gritan, cariño. Solo... tienen ideas distintas a las mías.
—No deberían hacerte sentir mal —dijo Mateo, con su voz temblorosa pero firme—. Tú eres el mejor papá del mundo.
Adrián sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Se levantó y los abrazó a todos, apretando a los cuatro contra su pecho.
—Ustedes son lo único que importa —susurró, abrazándolos un poco más fuerte.
Después de que los cuatro se durmieran, Adrián se quedó solo en el comedor vacío. Los platos sucios, las sillas desordenadas, la casa en silencio. Se sirvió un whisky y se sentó en el sofá, mirando la chimenea apagada.
—Emma —susurró, alzando la copa hacia el techo—. Quieren que me case. Dicen que tengo que darle una madre a nuestros terremotos. —Tomó un sorbo largo de su whisky—. ¿Cómo voy a hacer eso? ¿Cómo voy a traer a alguien a esta casa cuando ellos ni siquiera te conocieron? Y yo... yo no sé cómo dejar de pensar en ti, porque te sigo amando como el primer día en que te vi.
El silencio no respondió. —Pero no puedo solo —continuó, con la voz rota—. Mateo apenas come, Sebastián ya es un adulto de cinco años, Emily es un terremoto con coletas, y Olivia... Olivia es un caos andante. Necesitan a alguien que no sea yo.
Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. —Te prometí que los cuidaría con todo mi amor, Emma, y lo he hecho. Pero cada día es una batalla, y estoy tan cansado...
Dejó la copa en la mesa y se quedó dormido en el sofá.
A la mañana siguiente, Adrián despertó con la cabeza llena de esperanza y con la certeza de que necesitaba una solución rápida.
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Editado: 23.07.2026