El Ceo Y Sus Cuatrillizos

CAPITULO 6

Siguió Adrián con la conversación: —Emily tiene una energía infinita, su cabello es alborotado como ella y tiene una habilidad especial para convertir cualquier espacio en un campo de batalla. Es capaz de transformar una casa entera en un parque de diversiones en menos de diez minutos.

Valentina sonrió. —Suena adorable.

—Lo es... hasta que aparece un sapo dentro del bolso de una visita importante. —Adrián negó con la cabeza y, por primera vez, sus ojos se iluminaron con algo parecido a la ternura—. La semana pasada casi le da un infarto a una inversora. Tuve que hacer malabares para salvar el negocio y, al mismo tiempo, explicarle a Emily que los sapos no son accesorios de moda.

Valentina no pudo contener la risa y soltó una carcajada limpia y sincera que llenó por un instante la oficina de luz.

Adrián continuó, y en su voz había un cariño que apenas podía disimular.
—Olivia es un pequeño huracán; siempre corre porque no le gusta caminar. Es como si el mundo fuera demasiado pequeño para sus pasos. La encuentras en los sitios más inesperados, como dentro del armario de la ropa, debajo de la mesa del comedor, o en la cocina intentando alcanzar las galletas con una silla que se tambalea.

—¿Y Sebastián? —preguntó Valentina, y su voz se volvió más suave, como si presintiera que esa era la pregunta más difícil.

La expresión de Adrián cambió. Se oscureció y su mandíbula se tensó; sus dedos se aferraron al borde del escritorio.

—Sebastián me preocupa —dijo Adrián, y su voz se quebró apenas—. Tiene cinco años, pero dejó de ser niño demasiado pronto.

Valentina lo observó atentamente, sin apartar la mirada. —¿Por qué?

—Porque quiere proteger a sus hermanos y también protegerme a mí.

Adrián apartó la mirada, y Valentina vio cómo su garganta se movía, tragando en seco.
—Sebastián se despierta por las noches y camina hasta mi habitación. No para pedirme nada; solo se queda en la puerta, mirándome, asegurándose de que estoy respirando. Cuando me ve moverme, se vuelve y se va. Pero yo sé que está ahí, todas las noches. —Hizo una pausa, y su voz tembló—. Una vez le pregunté por qué lo hacía. Me dijo: "Para que no te vayas como mamá".

El silencio se hizo tan denso que Valentina sintió que el pecho se le encogía.

—También intenta cuidarlo—dijo ella, eso es adorable.

Adrián bajó la mirada y sus manos estaban firmes sobre el escritorio, pero sus ojos delataban todo el cansancio del mundo. Porque era exactamente eso: Sebastián siempre estaba pendiente de él, si sonreía, comía o dormía. Como si un pequeño de cinco años hubiera decidido, en su silencio, que alguien tenía que ser el adulto de la casa
—Necesitan estabilidad —dijo Adrián, y su voz era apenas un hilo—. Alguien que se quede, que no desaparezca, que sea un ancla cuando yo no puedo estar. —Levantó la vista y la miró a los ojos—. Tengo miedo, señorita Valentina. Miedo de que mis hijos se estén perdiendo por no estar haciendo lo suficiente por ellos.

Valentina respiró hondo. Sintió que todo su cuerpo se llenaba de un peso inesperado, pero también de una certeza extraña.

—Si me permite hacerlo —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—, daré lo mejor de mí. No les prometeré cosas que no pueda cumplir, pero les prometo que estaré ahí hasta que ellos decidan que no me necesitan.

Adrián la observó durante varios segundos. Y en su mirada, por primera vez en mucho tiempo, no había desconfianza. Solo una pregunta silenciosa: ¿de verdad?

Entonces, como quien se lanza al vacío, tomó una decisión. —Señorita Valentina...

Ella esperó, con el corazón latiendo con fuerza—diga , señor Blackwood.

—El puesto es suyo.
Los ojos de Valentina se abrieron con sorpresa. —¿De verdad?

Adrián asintió, y su gesto era tan seguro que ella sintió que el mundo se detenía.

—Sí.

Valentina llevó una mano al pecho, como si necesitara asegurarse de que su corazón seguía latiendo. —Muchas gracias por darme la oportunidad de cuidar lo más valioso de su vida.

—No me agradezca —contestó Adrián, serio y con esa mirada fría de siempre.

Ella volvió a sentarse derecha, atenta. —¿Hay alguna condición?

Adrián esbozó una sonrisa. —Varias. La primera: el salario será el doble de lo que figura en la oferta original. —Levantó una mano antes de que ella pudiera interrumpir—. Además, tendrá seguro médico, vacaciones pagadas y cualquier gasto relacionado con mis tesoros será cubierto por la familia Blackwood sin preguntas ni justificaciones.

Valentina parpadeó, incrédula. —Señor Blackwood, eso es demasiado.

—No. Adrián negó lentamente, y su voz se volvió grave.
—Es el valor de confiarle lo más importante que tengo en esta vida. No hay precio que pague eso, señorita Valentina. Solo puedo intentar que mis tesoros no sean una carga para usted.

Ella sintió que las palabras se le atascaban en la garganta. No era solo un contrato; veía a un padre desarmando frente a ella.

Pero Adrián aún no había terminado. —Existe una condición que no es negociable. —Su voz se volvió firme, casi severa—. Necesito que viva en la mansión.

Valentina guardó silencio.
—Mis pequeños necesitan atención veinticuatro horas. Hay noches en las que alguno despierta llorando. Otras veces, Mateo tiene pesadillas con un ruido que solo él escucha. Emily aparece en la cocina buscando galletas a las tres de la mañana, con el cabello alborotado y los ojos llenos de sueño. Olivia suele levantarse porque quiere dormir abrazando a alguien, y si no encuentra a nadie, llora hasta quedarse sin voz. —Hizo una pausa—. Y Sebastián... Sebastián finge que todo está bien, aunque no lo esté. Pero yo sé que se queda despierto escuchando si hay pasos en el pasillo.

Valentina escuchaba atentamente, sintiendo cada palabra como un pinchazo.

—No puedo estar siempre en casa. Mi trabajo me obliga a viajar, a asistir a reuniones, a apagar incendios que aparecen a cualquier hora. Necesito saber que, cuando yo no esté, habrá alguien de confianza con ellos. Alguien que no sea un empleado, sino un refugio para ellos.
Ella permaneció pensativa por unos segundos; después, levantó la vista y sonrió.
—¿Tendré una habitación? —preguntó, y su tono de voz era suave y calmado.




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