Adrián presionó el intercomunicador. —Marian, te necesito. ¿Vienes a la oficina, por favor?
La secretaria apareció apenas unos segundos después. —¿Sí, señor Blackwood?
Adrián, sentado en su silla, miró a Marian con el rostro serio que todos conocían.
—Quiero que investiguen absolutamente todo sobre Valentina Rivas.
Marian lo miró sin sorprenderse. Sabía que aquello ocurría con cada persona que entraba a trabajar para él. —¿Todo? —preguntó al final ella.
—Todo. —¿Familia, antecedentes, situación económica...? —No omitan nada.
Marian tomó su tableta. —¿Para cuándo necesita el informe?
—En una hora —contestó Marian.
Ella abrió mucho los ojos. —Es muy poco tiempo, señor.
—Pague lo que sea necesario, pero quiero ese informe en una hora.
Marian hizo una breve inclinación de cabeza. —Lo tendrá, jefe.
Una hora después, un grueso expediente descansaba sobre el escritorio de Adrián, ya que Marian dejó la carpeta frente a él.
—Nuestros investigadores fueron bastante rápidos.
Adrián abrió el archivo. La primera página mostraba una fotografía reciente de Valentina, donde ella sonreía. Sencillamente, era muy distinta a la expresión serena con la que había llegado a la entrevista.
Comenzó a leer.
Nombre completo: Valentina Rivas
Edad: Veinticuatro años.
Estudios completos en educación infantil. Algunos cursos de primeros auxilios y tiene excelentes recomendaciones laborales. No registra algún antecedente judicial y tampoco ha tenido algún problema legal.
Adrián continuó pasando páginas y entonces se encontró con algo que le llamó la atención: compromiso matrimonial cancelado.
Frunció el ceño y siguió leyendo.
Lucian Turner, empresario y millonario, fue el prometido de Valentina Rivas durante dos años. La boda había sido anunciada en varias revistas sociales. Sin embargo, nunca llegó a celebrarse.
Adrián siguió leyendo con mucho interés. El informe relataba lo ocurrido. El mismo día de la ceremonia, delante de invitados, empleados y periodistas, Lucian Turner había humillado públicamente a Valentina. Según varios testigos, el empresario había soltado una carcajada antes de pronunciar unas palabras que aparecían muy fuertes en el informe.
“Nunca me casaría con una mujer humilde como tú. Solo fuiste un entretenimiento, nada más.”
Después, abandonó el lugar. Horas más tarde, contrajo matrimonio civil con otra mujer perteneciente a una de las familias más adineradas del país.
Adrián cerró los ojos por un instante, sintiendo un profundo rechazo por la forma en que actuó Lucian Turner. No entendía cómo alguien podía jugar de aquella manera con la dignidad de otra persona.
Adrián continuó leyendo el informe. Valentina desapareció de la vida pública después de aquella humillación. Renunció a varios trabajos, se mudó de casa y se cambió de ciudad, comenzando desde cero.
La última página hablaba de su familia. No tenía padres, ni hermanos, tampoco tíos cercanos; solo aparecía un nombre:
Helena Rivas, abuela. Estado actual: hospitalizada. Diagnóstico reservado.
Adrián permaneció varios segundos mirando aquellas líneas. Así que estaba sola. Completamente sola. Entendió entonces la tristeza silenciosa que había visto en sus ojos. No era debilidad, porque tenía un dolor muy profundo y era parecido al de él.
Cerró lentamente la carpeta. —Ahora entiendo...
Marian lo observó. —¿Qué ocurre?
Adrián apoyó una mano sobre el expediente. —Nada.
Pero en realidad pensaba muchas cosas. Dos personas rotas acababan de cruzar sus caminos. Y por alguna razón, el destino había decidido reunirlas bajo el mismo techo.
Cuando el reloj marcó las siete y media de la noche, un taxi se detuvo frente a la enorme mansión Blackwood. Valentina descendió llevando únicamente dos maletas.
Levantó lentamente la cabeza. La mansión era todavía más impresionante que las fotografías que ella había visto. Las enormes ventanas iluminadas, rodeadas de hermosos jardines que estaban perfectamente cuidados, la inmensa fuente del centro, las flores y los árboles, todo gritaba elegancia.
Sin embargo, no transmitía calor. Era una casa hermosa, pero también parecía triste, como si desde hacía mucho tiempo hubiera olvidado lo que significaba la felicidad.
El mayordomo abrió la puerta. —Buenas noches. ¿Señorita Valentina?
—Sí —contestó ella educadamente.
—El señor Blackwood la está esperando.
Valentina entró despacio. El enorme recibidor estaba impecable; todo brillaba, pero antes de que pudiera admirar los cuadros o la gigantesca escalera de mármol, lo escuchó.
Un llanto. Era un llanto pequeño, triste y doloroso, pero al mismo tiempo desgarrador.
Valentina sintió que el corazón se le encogía. No era el llanto caprichoso de un niño. Era el llanto de alguien que estaba sufriendo de verdad.
Sin pensarlo, comenzó a caminar siguiendo aquel sonido. Cada paso hacía que el llanto fuera más claro. Llegó hasta el comedor y entonces se detuvo.
La escena que encontró delante de ella le rompió el alma.
Adrián estaba sentado junto a un pequeño con cabello oscuro; él era Mateo, el mismo del que le había hablado aquella tarde. Mateo tenía las mejillas completamente mojadas por las lágrimas. Su plato permanecía casi intacto. El pequeño negaba una y otra vez con la cabeza.
—No tengo hambre, padre —y su voz salió quebrada.
Adrián suspiró con enorme paciencia; él llevaba más de media hora intentando convencerlo. —Mateo, debes comer aunque sea un poco.
Mateo volvió a negar con la cabeza. —No quiero...
—Solo unas cucharadas, Mateo.
—No —y su labio inferior tembló.
Los otros tres pequeños estaban sentados frente a ellos. Sebastián, Olivia y Emily ya estaban terminando de cenar en silencio. Habían aprendido que cuando Mateo lloraba, era mejor no hacer ruido. Olivia, una pequeña de enormes ojos claros, dejó lentamente la cuchara sobre el plato y miró a su hermano con preocupación.
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Editado: 23.07.2026