El Ceo Y Sus Cuatrillizos

CAPITULO 9

Bruno caminó por el largo pasillo iluminado por lámparas de cristal; Valentina lo seguía en silencio. La mansión Blackwood era inmensa, majestuosa, y los retratos parecían seguir cada movimiento con sus ojos de óleo, mientras la luz cálida de la noche se reflejaba en el suelo de mármol.

El mayordomo se detuvo frente a una puerta blanca, elegante y discreta. —Esta será su habitación, señorita Valentina —dijo, con un gesto cortés.

Ella sonrió, sincera y cansada. —Muchas gracias, don Bruno.

El hombre dejó la maleta junto a la cama y, justo cuando iba a salir, su expresión cambió. La amabilidad se le borró de golpe y los ojos se le pusieron duros.

—Hay una regla que debo decirle desde el primer día.

Valentina lo miró, alerta. —¿Cuál? —preguntó ella con calma.

Bruno señaló con el mentón el extremo del pasillo. —La habitación del señor Adrián Blackwood está terminantemente prohibida; allí nadie entra sin su autorización.

Ella arqueó una ceja, sin darle demasiada importancia. —Entiendo.
Bruno respiró hondo, y no es una norma que no se pueda cumplir porque la última niñera creyó que podía incumplirla sin tener alguna causa.

Valentina sintió un cosquilleo en el estómago.
—¿Qué pasó?

El viejo mayordomo negó despacio con su cabeza. —Entró sin permiso mientras el señor Blackwood estaba fuera. Cuando él regresó y lo descubrió, perdió los estribos. La agarró, la sacó de la habitación… y prácticamente la tiró por la ventana del primer piso.

Valentina abrió los ojos. —¿La tiró? —preguntó con los ojos bien abiertos.

—La ventana da al jardín —dijo Bruno con una sonrisa malévola. No murió, ni se rompió nada, pero quedó hecha un trapo de barro y con el orgullo por los suelos. Ese mismo día la despidió el señor sin piedad.

Valentina soltó el aire que había contenido. —Creo que jamás tendré motivos para entrar allí.
Bruno recuperó la sonrisa, pero ya no era la misma. —Me alegra oír eso, señorita Valentina. El señor Blackwood puede ser un hombre muy amable, pero cuando alguien rompe las pocas reglas que tiene… es mejor no estar cerca de él.

Se despidió con una inclinación de cabeza y salió de la habitación.

Valentina cerró la puerta y se quedó quieta, escuchando el silencio. Observó la habitación: sencilla, acogedora, con una ventana donde se podía ver la inmensidad del jardín. Se acercó al cristal con pasos sigilosos y apoyó la frente en el marco.

—Va a ser difícil controlar a cuatro terremotos, pero son tan lindos —dijo, dando un suspiro junto a una sonrisa.

Entonces Valentina recordó los ojos desconfiados de Emily, la firmeza de Olivia, la preocupación de Sebastián y aquel destello de felicidad que había visto en Mateo, y una sonrisa leve se le escapó sin pensarlo.

—No se preocupen, terremotos, no pienso rendirme con ustedes.
En otra ala de la mansión, Emily daba vueltas en la cama sin pegar el ojo. La almohada terminó en el suelo y ella seguía dando vueltas, con sus ojos bien abiertos en la oscuridad. No podía sacarse de la cabeza todas las promesas que había oído de otras niñeras. Todas decían lo mismo: "Voy a cuidarlos, voy a quererlos, voy a protegerlos" y todas terminaban siendo iguales.

Apretó los puños bajo la sábana. —Esta vez no dejaré que vuelvan a lastimar a Mateo.

Tres golpecitos en la ventana la sobresaltaron. Toc, toc, toc, y entonces se levantó de un salto, abrió la cortina rápido y vio a Sebastián sonriéndole desde el balcón, con Olivia a su lado, con los brazos cruzados y cara de conspiración.

Emily abrió la puerta del balcón. —Entren antes de que papá los descubra.

Pasaron en silencio, se sentaron en la cama y los tres quedaron alineados como pequeños generales listos para planear el nuevo ataque contra niñeras, hasta que Sebastián rompió el silencio.

—¿Qué opinan?
Emily respondió al instante: —No confío en ella.

Olivia asintió con la cabeza. —Yo tampoco.

Sebastián bajó la mirada. —Pero hizo comer a Mateo…

Emily suspiró, con un deje de frustración. —Eso no significa nada, Sebas.

Olivia añadió, seria: —Las otras también fueron amables el primer día y siempre lo eran delante de papá o de Bruno.

Los tres se callaron, mirándose fijamente hasta que Sebastián sonrió con picardía.

—Entonces hay que ponerla a prueba.

Emily levantó una ceja. —¿Cómo?

Sebastián acercó la cabeza hasta Emily y Olivia, bajando la voz. —Con una misión especial.

Los tres comenzaron a susurrar; las palabras se mezclaban con risitas apenas contenidas. Cinco minutos después, las sonrisas traviesas aparecieron al mismo tiempo en los rostros de Emily, Olivia y Sebastián.

—Perfecto —susurraron los tres al unísono...

Continuará...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.