El Ceo Y Sus Cuatrillizos

CAPITULO 10

A la mañana siguiente, Valentina se despertó con el primer rayo de luz. Se arregló el cabello, se puso el uniforme y bajó a la cocina antes de que alguien se levantara. Ya estaba preparando el desayuno cuando Bruno la encontró allí, con los brazos manchados de harina, y entonces alzó las cejas con sorpresa. —Es la primera niñera que baja antes que yo y que prepara el desayuno también.

—Me gusta empezar temprano el día —respondió Valentina, sin levantar la vista de las frutas que empezaba a cortar.

Después del desayuno, Bruno le indicó dónde estaban las habitaciones de cada uno de los terremotos.

—Todavía falta media hora para que despierten —dijo Bruno.

—Perfecto —contestó Valentina y decidió aprovechar el rato. Con un cuchillo pequeño, fue convirtiendo manzanas en cisnes, plátanos en delfines y zanahorias en conejitos. No se dio cuenta de que tres pares de ojos la observaban desde detrás de la puerta, pegados a la rendija.
Emily hizo una seña. Sebastián levantó un frasco pequeño y Olivia sonrió con malicia. Los tres caminaron de puntillas, despacio, muy despacio, mientras Valentina seguía concentrada en su última figura.

Sebastián destapó el frasco. Dentro de él había escarcha dorada. Emily se tapó la boca para no reír. Olivia hizo la cuenta atrás con los dedos: tres, dos, uno…

¡Puf!

Una nube dorada estalló sobre la cabeza de Valentina. Dio un saltito y soltó un grito ahogado, y enseguida comenzó a estornudar sin parar: —¡Achís! ¡Achís!—. Cuando levantó la cabeza, tenía las manos y el uniforme cubiertos de escarcha. Parecía una estrella de cine barata.

Miró hacia la puerta. Los tres estaban escondidos detrás de ella, haciendo coquitos y conteniendo la risa con las manos en la boca.

Valentina se quedó quieta, con la cara seria, y Emily tragó saliva.

—Ya se va a enojar—susurro con la voz nerviosa.

Sebastián dio un paso atrás y Olivia respiró hondo.
Pero entonces Valentina se miró las manos, vio un destello posado en la punta de su nariz y soltó una carcajada. Primero pequeña, luego más grande, hasta que se dobló de la risa.

—¡Parezco un pastel de cumpleaños!

La risa era tan contagiosa que hasta Bruno asomó la cabeza, confundido.

—¿Qué ha pasado aquí?

Valentina levantó las manos brillantes.

—Creo que hoy me han ascendido a hada madrina.

Bruno no pudo evitar sonreír. Detrás de la puerta, Sebastián tenía los ojos como platos. Emily parpadeó, desconcertada, y Olivia frunció el ceño.

—¿Por qué no se enojó? —susurró Emily.

Valentina se acercó a ellos, y los tres se encogieron, esperando el regaño. Pero ella se inclinó, con una sonrisa cómplice.

—Creo que olvidaron algo importante.

Los tres se quedaron petrificados. Valentina cogió un poco de escarcha de su hombro y la lanzó suavemente al aire. Las partículas cayeron sobre ellos como nieve dorada.

—Ahora sí estamos iguales.
Sebastián soltó una carcajada que retumbó en la cocina. Emily intentó mantener el ceño fruncido, pero no pudo; la risa se le escapó formándose en una carcajada. Hasta Olivia dejó escapar una pequeña sonrisa que se escuchó tan tierna.

En ese momento apareció Mateo, todavía con el pijama y su Superman de peluche apretado contra el pecho. Miró la escena con los ojos muy abiertos: a sus hermanos cubiertos de brillo, a Valentina sentada en el suelo riéndose con lágrimas en los ojos, y entonces frunció el ceño con seriedad.

—Eso no estuvo bien —dijo, mirando seriamente a Emily, Olivia y Sebastián mientras él caminaba hasta Valentina.

—Ellos hicieron eso —exclamó Mateo, enojado.

Valentina asintió, todavía sonriendo. —Lo sé.

—¿Y no estás triste ni enojada? —preguntó Mateo.

Valentina negó con la cabeza. —Para nada, campeón.

Mateo se giró hacia sus hermanos, con una autoridad que no parecía de su edad.

—No deberían hacer bromas así.

Emily bajó la mirada. No esperaba que Mateo defendiera a la nueva niñera. Sebastián empezó a sentirse culpable y Olivia desvió la mirada.

Valentina pasó una mano suave por el cabello de Mateo.

—Los héroes también hacen travesuras de vez en cuando.

—¿En serio? —preguntó él, dudando.

—Claro. Lo importante es que después todos podamos reír juntos.

Ella tomó un poco de escarcha y la espolvoreó con cuidado sobre la cabeza de Mateo.

—Ahora sí eres un Superman espacial de verdad.

El pequeño abrió los ojos como platos. Y entonces soltó una risa limpia, espontánea, de esas que llenan el corazón y una casa entera.

En un santiamén, los cuatro terremotos se perseguían por la cocina, dejando un rastro de destellos por todas partes. Bruno levantó las manos al cielo, fingiendo desesperación.

—Voy a tardar tres semanas en limpiar todo este desastre.

Valentina se volvió hacia él, riéndose. —Te prometo ayudarte, Bruno. Deja que esos pequeños sonrían y se diviertan un rato.
Muy lejos de casa, en su oficina, Adrián Blackwood observaba la escena a través de la pantalla. No estaba en la mansión, pero había instalado cámaras de seguridad discretas en cada rincón, sin que nadie lo supiera. Desde hacía meses, desconfiaba de las niñeras; quería vigilar, quería estar seguro de que nadie lastimara a sus hijos cuando él no estaba.

Frente al monitor, esperaba encontrar señales de violencia, impaciencia, gritos… cualquier cosa que justificara sus temores. Pero lo único que apareció frente a la pantalla fue Valentina, cubierta de brillantina, riéndose a carcajadas con sus cuatro terremotos.

Adrián parpadeó varias veces y volvió a reproducir la grabación. Vio a Sebastián lanzar el polvo, a Emily esperar el regaño, a Olivia observarlo todo con sus ojos de juez. Y a Valentina, que en lugar de enfadarse, convirtió la travesura en un juego.
Apoyó la espalda contra el respaldo y soltó el aire lentamente. No recordaba la última vez que había visto a sus cuatro ángeles reír así. Ni siquiera Emily, que siempre estaba en guardia; mucho menos Olivia, que parecía haber nacido con el ceño fruncido. Y Sebastián, por unos minutos, había olvidado sus preocupaciones.




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