El Chico de las Flores

Sexta Entrada

Martes, 31 de enero.

¿Alguna vez has sentido tu corazón saltar de la emoción? ¿Has notado ese hormigueo que se produce en tu cuerpo cuando alguien especial te mira, te toca o te besa? ¿Alguna vez te has sentido amado?

Si no es así, no te preocupes pequeña hoja de papel. Yo te amo. Y te querré por siempre.

Todos necesitan sentir este sentimiento, no entiendo cómo es que estuve perdido tanto tiempo.

Pero bueno, necesito escribir esto porque es algo que nunca quisiera olvidar.

Ayer, lunes 30 de enero.

Le había pedido el día libre a mi jefe así que a primera hora fui a la florería, después de cambiarle el agua a mi rosa, que ya se estaba marchitando, y de vestirme para estar presentable ante mi futuro chico de las flores.

Llegué a las 8:30 "de la mañana", ahora debo decirlo para no causar equivocaciones como las del sábado pasado. Llegué a la florería y leí el cartel que decía "cerrado".

Creo que me emocioné mucho con volverlo a ver, pero no importa, esperaría lo que tuviera que esperar.

Pasaron quince minutos y aún no pasaba nada, apoyé mi frente en la puerta, que era de vidrio, para lograr ver su interior. Pero en vez de ver las hermosas flores que veía cada vez que venía, me encontré con flores negras y vaya que en esos momentos no me agrada ese color. Me apoyé con más fuerza, por alguna razón creía que entre más fuerza hiciera vería más; y aunque suene un poco estúpido así fue. Me apoyé tanto que la puerta se abrió, al parecer la seguridad de este local no era muy buena, después debería hablar sobre eso con Oliver.

Entré, me gustaría haber dicho que en silencio, pero la verdad es que perdí el equilibrio al descubrir que la puerta estaba sin seguro y por reflejo dije un par de maldiciones al ver que podría caerme. Por suerte, no había nadie que escuchara mis groserías, o al menos eso creía.

Me había acercado a las flores las cuales ahora estaban de color negro. Toqué una y de inmediato esta cambió sus colores; sus pétalos eran negros pero sus estambres se volvieron de un azul intenso, no del azul de libertad que Oliver ocultaba en sus ojos, éste era un azul de tristeza, amenazando con dar la vida a un espécimen lleno de amargura. El tallo se volvió de un marrón oscuro, dando la impresión de que esa flor estaba muerta.

De verdad debió preocuparse para crear una combinación así.

De pronto, un ruido se escuchó en el mostrador. Era el sonido de algo metálico golpeando el suelo. Me acerqué a ver qué era lo que lo había provocado y me encontré con un chico de cabello color yam, de ojos del mismo azul que había producido en la flor; estaba con la espalda apoyada en el mostrador mirando la cuchara que ahora yacía en el suelo, la miraba inmerso en su mundo, era como si la viera pero que de alguna forma su vista fuera más allá de ella, introduciéndose en el mundo interior de su mente.

Ahora que lo escribo, me doy cuenta de que no fue una muy buena idea acercarme por el otro lado del mostrador para sorprenderlo. Si me hubiera pasado eso a mí, habría pensado que me estaban asaltando, ya que me acerqué y coloqué cada mano sobre sus hombros, sintiendo como se tensaban al percatarse que no estaba sólo.

—Hola, Oliver —al sentir sus hombros tranquilizarse al escuchar su nombre salir de mis labios, decidí que de alguna forma me invitaba a proseguir—. Necesitaba venir a aclarar lo que pasó la última vez que nos vimos —sus hombros se volvieron a tensar, tal vez decirle que su hermana no me quiere cerca no sea buena idea—. Sé que me fui sin decirte nada, pero... —Lo había soltado y comencé a rodear el mostrador para estar frente a él. Al momento de llegar me incliné para estar a su altura y en un movimiento rápido recogí la cuchara que antes yacía en el suelo, la tomé con mi mano izquierda y se la extendí, al igual a lo que alguien hace al momento de conocer un nuevo animal; se acerca y le extiende la mano para que de alguna forma ese animal sepa que no hay nada que temer.

El chico se quedó mirando mi mano por unos segundos, después levantó su vista, con unos ojos lleno de tristeza, y se acercó a abrazarme.
Una mezcla de ternura, amargura, remordimiento y un extraño frío en la espalda, produjo ese abrazo en mí. Al principio quedé en shock, pero después pude corresponder el abrazo como es debido, me aferré más a él y comencé a dibujar círculos en su espalda con la palma de mi mano para así tranquilizarlo, al igual que mi madre hacía.

No sé por cuánto tiempo estuvimos así, fue como si el tiempo se hubiera detenido a nuestro alrededor, pudimos haber estado horas o sólo unos segundos abrazados, pero lo único que sé es que ese momento se me hizo eterno. Fue mi dulce para siempre dentro de un abrazo.

—Perdón...

Fue lo único que dijo después de habernos separado.




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