El Chico De Mis Pesadillas

capitulo 1

Capítulo 1: El inicio de las pesadillas

El primer día en la preparatoria, el aire olía a cera de piso, fresca, perfume barato y hormonas alteradas. O sea, el peor olor del mundo. Caminaba a paso lento junto a Sofía.

Como vivimos a solo tres casas de distancia, compartir el camino a la escuela es casi una tradición religiosa para nosotras. Mientras avanzábamos, el sol de la mañana hacía brillar su cabello albino, atrayendo las miradas de los pocos idiotas que merodeaban fuera. Ella ya está acostumbrada, pero yo siempre siento ese impulso protector de ponerme enfrente de ella para tapar a los mirones envidiosos.

Al cruzar las puertas dobles de cristal, el caos del pasillo principal nos envolvió. A unos metros, junto a los casilleros, Melanie y Chloe ya nos estaban esperando.

"¡Al fin llegan!", exclamó Chloe, acomodando su mechón de su cabello rubio detrás de la oreja. Sus ojos verdes chispeaban con esa energía insoportable de primera hora. "Estábamos seguras de que se habían quedado dormidas",

Culpa de Valentina y su dilema de quince minutos sobre qué tenis ponerse, me echó la culpa Sofía.

Me miré de reojo en el reflejo de un casillero.

Yo era una chica de lo más normal: blanca, con el cabello castaño recogido en una coleta alta y unos ojos cafés comunes y corrientes. A veces me daba risa mi grupo de amigas: parecía que salíamos de una revista de modas mal organizada. Sofía, con su belleza albina súper única. Chloe, con su vibra de modelo de pasarela. Y Melanie, alta y de cabello negro, que imponía presencia con solo cruzarse de brazos. Y luego estaba yo, el ancla de la realidad.

"Bueno, prepárense", advirtió Melanie, mirando hacia la entrada principal con una mueca de hastío. "Hablando de la fauna escolar, ahí vienen los dueños del circo".

El pasillo, que hace un segundo era un nido de gritos y risas, pareció perder el sonido de golpe. La marea de estudiantes se abrió paso de forma casi ridícula, como si el mismo Mar Rojo se dividiera. Sentí una punzada de molestia en el estómago antes de verlos.

Ya sabía quiénes eran: las cuatro pesadillas.

Caminaban como si el maldito asfalto y el edificio entero les perteneciera. Al frente iba Teo. El tipo medía como un metro ochenta, tenía el cabello castaño con un mechón blanco que le caía rebelde sobre la frente, y unos ojos hazel que escaneaban el lugar con un aburrimiento y una superioridad que me daban ganas de pegarle. A su izquierda, Jake sacudía sus rizos oscuros mientras le sonreía a un grupo de niñas de primer año que parecían a punto de desmayarse. A la derecha, Martín, el rubio de ojos azules, caminaba con la arrogancia típica del atleta que se sabe guapo. Y cerrando el grupo, Sebastián, cuya piel morena y deslumbrantes ojos verdes hacían que la otra mitad del pasillo suspirara.

Teo soltó una carcajada limpia, burlándose de algo que Jake acababa de decir, y caminó directo en nuestra dirección. No porque le importáramos, claro que no, sino porque estábamos en su camino

Rodé los ojos y seguí caminando.

—Odio a esos cuatro —murmuré.

—Toda la escuela los odia —respondió Melanie.

—Y aun así toda la escuela está enamorada de ellos —añadió Chloe.

—Lo cual demuestra que la gente no tiene dignidad —dije.

Sofía soltó una carcajada.

Por suerte, la campana sonó antes de que pudiera seguir quejándome.

Tres horas después, estaba oficialmente agotada.

Tres.

Malditas.

Horas.

Habíamos sobrevivido a una hora de literatura y dos de historia.

Mi cerebro ya no funcionaba.

Apoyé la cabeza sobre el pupitre mientras el profesor seguía hablando de algo que, sinceramente, había dejado de escuchar hacía diez minutos.

—¿Sigues viva? —susurró Sofía desde el asiento de atrás.

Levanté el pulgar sin mover la cabeza.

—Apenas.

Ella se rió.

La campana sonó unos segundos después y jamás un sonido había sido tan hermoso.

Toda la clase se levantó de golpe.

Yo fui la primera en salir.

Necesitaba aire.

Y comida.

Sobre todo comida.

—Juro que si vuelvo a escuchar la palabra revolución una vez más, voy a morir —dije mientras caminábamos hacia la cafetería.

Chloe soltó una carcajada.

—Ni siquiera prestaste atención.

—Exactamente. Por eso sería injusto que me evaluaran.

—Qué conveniente —respondió Melanie.

La cafetería estaba llena,Mesas ocupadas ,Gente hablando a gritos , Mochilas por todos lados y el olor a pizza mezclado con papas fritas.

Tomamos una mesa vacía cerca de una ventana.

Por un instante pensé que el día por fin empezaba a mejorar.

Qué equivocada estaba.

—No mires ahora —susurró Sofía.

—Cuando alguien dice eso, automáticamente quiero mirar.

—Valentina...

Ya era tarde.

Giré la cabeza.

Y ahí estaban.

Los cuatro jinetes del apocalipsis escolar.

Jake estaba contando algo que hacía reír a todos.

Martín saludaba a medio comedor como si fuera una celebridad.

Sebastián revisaba su teléfono.

Y Teo...

Teo me estaba mirando.

Directamente.

Fruncí el ceño.

Él levantó una ceja.

Como si me estuviera retando.

Como si estuviera esperando algo.

—¿Por qué me está mirando? —murmuré.

—Porque tú también lo estás mirando —contestó Chloe.

—No lo estoy mirando.

—Lo estás mirando ahora mismo.

Volví la vista hacia mi comida.

—Lo odio.

—Ni siquiera lo conoces —dijo Sofía.

—No necesito conocerlo para odiarlo.

Mis amigas se echaron a reír.

Entonces escuché unas pisadas acercarse.

Levanté la vista.

Y casi me atraganto.

Teo estaba parado frente a nuestra mesa.

El comedor entero pareció quedarse en silencio.

—¿Necesitas algo? —pregunté.

Sus ojos color avellana se clavaron en los míos.

—Sí.

—¿Y qué es?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.




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