Lo miré durante unos segundos.
Luego solté una risa incrédula.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—Es una silla.
—Mi silla.
—Está en una cafetería pública.
—Y aun así todos saben que es mi lugar.
Miré alrededor.
Para mi desgracia, varias personas estaban observando la escena.
Y por sus caras, parecía que efectivamente todos conocían la famosa silla.
Qué ridículo.
—Pues hoy no la tendrás —dije cruzándome de brazos.
Jake soltó una carcajada detrás de Teo.
—Esto se está poniendo interesante.
—Cállate —murmuró Teo sin apartar la vista de mí.
Oh.
Así que el chico popular también sabía dar órdenes.
Qué sorpresa.
—¿Sabes qué? —dije levantándome lentamente—. Te la regalaría, pero creo que te gusta demasiado sentirte importante.
Escuché algunas risas cercanas.
La sonrisa de Teo desapareció por una fracción de segundo.
Solo una.
Pero la vi.
Y me sentí extrañamente satisfecha.
Tomé mi bandeja.
—Vámonos, chicas.
Sofía se levantó de inmediato.
Melanie sonreía como si estuviera viendo una película.
Chloe parecía a punto de sacar palomitas.
Cuando pasé junto a Teo, choqué ligeramente su hombro.
No lo suficiente para ser un accidente.
Ni lo suficiente para meterme en problemas.
Solo lo justo.
—Adiós, rey de las sillas.
Escuché a Jake reírse tan fuerte que casi se ahoga.
Después del almuerzo, el resto del día pasó relativamente tranquilo.
O al menos tan tranquilo como podía ser después de declarar una guerra absurda por una silla.
Las clases terminaron cerca de las tres de la tarde.
Yo estaba lista para llegar a casa, quitarme los zapatos y olvidarme de la existencia humana.
—¿Vamos? —preguntó Sofía mientras guardaba sus libros.
—Por favor.
Salimos del salón.
El pasillo estaba lleno de estudiantes.
Algunos corrían.
Otros hablaban.
Y otros simplemente bloqueaban el camino.
De pronto sentí un golpe contra mi hombro.
—¡Oye!
Mis cuadernos cayeron al suelo.
Genial.
Simplemente genial.
Me agaché para recogerlos.
Una mano apareció antes que la mía.
Levanté la vista.
Y casi gruñí.
Teo.
—Qué mala suerte la mía —murmuré.
Él sostuvo uno de mis cuadernos.
—Toma.
—Gracias.
—De nada.
Parpadeé.
¿Eso era una conversación civilizada?
Qué raro.
Tomé el cuaderno.
Nuestros dedos se rozaron apenas un segundo.
Y por alguna razón sentí un pequeño escalofrío.
Lo ignoré de inmediato.
—¿No tienes alguna silla que reclamar?
Sus ojos brillaron con diversión.
—¿No tienes a alguien más a quien molestar?
—No.
—Qué triste.
—Lo mismo digo.
Por primera vez, una sonrisa auténtica apareció en sus labios.
Y durante un instante...
Solo un instante...
Entendí por qué media escuela estaba obsesionada con él.
Entonces recordé su ego gigante.
Y el momento desapareció.
—Nos vemos, Valentina.
Me congelé.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Teo empezó a alejarse.
—Porque yo sí presto atención.
Y siguió caminando.
Lo observé desaparecer entre la multitud.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Chloe.
—No tengo idea.
—Creo que le gustas.
—No digas tonterías.
—Lo digo en serio.
—Y yo digo que estás loca.
Pero mientras salíamos de la preparatoria...
No pude evitar pensar en una cosa.
¿Cómo sabía mi nombre?
*********
Antes de que el sol terminara de ocultarse, decidí sacar a pasear a Max, mi golden retriever de tres años.
Después de llegar a casa había hecho mi tarea, me había dado una ducha rápida y me había cambiado de ropa. me puse algo cómodo: un top corto, unos shorts de mezclilla con un pequeño corazón bordado en el bolsillo trasero, unas medias Nike y mis chanclas favoritas.
Tomé la correa de Max y salí de casa.
El aire fresco de la tarde era justo lo que necesitaba después de aquel agotador primer día de clases.
—Vamos, Max.
El perro movió la cola emocionado y comenzó a caminar por la acera.
Todo iba perfectamente.
Hasta que doblé la esquina.
Y me congelé.
No.
No, no, no.
Al otro lado de la calle estaban Teo, Jake, Martín y Sebastián.
Sentados en la entrada de una casa.
Mi corazón dio un salto de puro horror.
¿Qué hacían allí?
Jake fue el primero en verme.
—Miren quién apareció.
Los otros levantaron la vista.
Yo quería desaparecer.
Inmediatamente.
Teo me observó durante unos segundos.
Su mirada recorrió mi atuendo casual.
Luego arqueó una ceja.
Y sonrió.
Esa sonrisa arrogante que ya empezaba a odiar.
—Vaya, vaya.
—Ni se te ocurra.
—¿Ni se me ocurra qué?
—Lo que sea que estés pensando decir.
Jake soltó una carcajada.
—Definitivamente están peleados.
—No estamos peleados —dije.
—Claro que sí —contestó Martín.
Teo se puso de pie.
—¿Sabes? Es curioso.
—¿Qué cosa?
—En la escuela pareces muy valiente.
Entrecerré los ojos.
—¿Y ahora no?
—Ahora pareces alguien que quiere salir corriendo.
Maldito.
Porque tenía razón.
—Solo quiero pasear a mi perro en paz.
Max, como si hubiera entendido la conversación, se acercó moviendo la cola.
Para mi desgracia, fue directo hacia Teo.
—¿En serio? —le dije a mi perro.
Traidor.
Teo se agachó para acariciarlo.
—Al menos alguien me aprecia.
—No te emociones. Le cae bien todo el mundo.
—Eso dolió.
Y aunque intenté evitarlo...
Por primera vez desde que lo conocí, terminé soltando una pequeña risa.
Solo una.
Pero Teo la escuchó.
Y la sonrisa que apareció en su rostro me hizo sospechar que acababa de ganar algún juego secreto que solo existía en su cabeza.