Una semana después, las cosas seguían exactamente igual entre Teo y yo.
Bueno... casi.
En la escuela seguíamos discutiendo por cualquier tontería. Si él decía blanco, yo decía negro. Si yo llegaba primero a algún lugar, él encontraba la manera de fastidiarme.
Era desesperante.
Sin embargo, fuera de la escuela era diferente.
A veces me lo encontraba cuando paseaba a Max o cuando iba a la tienda de la esquina. En esas ocasiones simplemente levantaba una mano para saludarme y seguía su camino.
Era raro.
Muy raro.
Y honestamente, no sabía qué versión de Teo me confundía más.
Por suerte, aquel viernes tenía cosas más importantes en las que pensar.
La primera fiesta del último año de preparatoria.
Y no cualquier fiesta.
La fiesta de Josué.
Si había alguien casi tan popular como Teo y sus amigos, era Josué.
Toda la escuela iba a estar allí.
Toda.
La.
Escuela.
—¡Valentina, deja de caminar en círculos! —gritó mi mamá desde la cocina.
—¡No estoy caminando en círculos!
—¡Llevas diez minutos haciendo exactamente eso!
Rodé los ojos.
Quizás tenía razón.
Solo estaba un poco nerviosa.
Bueno, bastante nerviosa.
Después de prepararme, bajé las escaleras y me senté en el sofá para esperar a Chloe. Ella pasaría por mí, Sofía y Melanie antes de ir a la fiesta.
Mi teléfono vibró.
Chloe: "Estoy llegando."
Inmediatamente me puse de pie.
Por la ventana vi las luces del auto acercándose.
—¡Ya llegó! —grité.
Tomé mi bolso y salí corriendo.
Apenas abrí la puerta, Sofía ya estaba bajando de su casa para reunirse conmigo.
—¿Lista? —preguntó sonriendo.
—No.
—Perfecto. Yo tampoco.
Las dos nos reímos.
El auto de Chloe se detuvo frente a nosotras.
Melanie iba en el asiento delantero.
—¡Por fin! —exclamó Chloe—. Pensé que nunca saldrían.
Subimos al vehículo entre risas y comentarios nerviosos.
La emoción era contagiosa.
Era nuestra primera gran fiesta del año.
La música sonaba dentro del auto mientras avanzábamos por las calles iluminadas.
Y cuando finalmente llegamos a la enorme casa de Josué, todas nos quedamos en silencio.
Había autos estacionados por todas partes.
Música sonando desde el jardín.
Luces de colores iluminando la fachada.
Y una fila interminable de estudiantes entrando por la puerta principal.
—Madre mía... —susurró Melanie.
—Esto es enorme —añadió Sofía.
Yo solo observé la casa.
Tenía la sensación de que aquella noche iba a cambiar algo.
Abrí la puerta del auto.
Y junto a mis amigas entré a la fiesta.
Al cruzar el umbral de la entrada, Sofía me codeó con una sonrisa de suficiencia.
—¡Miren a esos cuatro idiotas! —susurró.
Los cuatro chicos nos miraron de inmediato y dejaron escapar un suspiro colectivo, pero a mí me importó un bledo. Ni siquiera me fijé en ellos; mi mente y mis ojos se habían extraviado por completo en Teo.
Estaba para morirse. Llevaba una camisa azul rey peligrosamente desabrochada y unos vaqueros negros que le quedaban jodidamente bien.
«Uff, joder, ¿pero qué estoy pensando?», me reprendí a mí misma, sintiendo un vuelco en el estómago.
Él también me miraba. Sostuvimos la mirada en medio del ruido de la fiesta. Noté perfectamente cómo Teo tragaba saliva con dificultad mientras empezaba a escanearme lentamente: recorrió mi cara, bajó hacia mi cintura, delineó mis piernas y se detuvo, finalmente, en mis labios.
«¿Por qué me mira los labios?», me pregunté, con el corazón latiéndome en la garganta. Decidí ignorar la tensión eléctrica del momento y fuimos a la barra por una bebida. Empezamos la noche con una cerveza Modelo.
—¡A ver! ¿Quién carajos quiere jugar a las cartas? —gritó una chica subida a una silla, llamando la atención de todos.
La multitud no tardó en amontonarse.
Sofía, con los ojos brillantes, insistió en entrar al juego, pero se negaba rotundamente a hacerlo sola, así que me convenció y me arrastró con ella.
El juego era una completa locura: chicos y chicas debíamos pasarnos una carta de boca en boca, manteniendo un trago de vodka retenido en la boca. Si la carta se resbalaba y caía, el castigo era inevitable: debías besar a la persona a la que le tenías que dar la carta. Por pura buena suerte, no me había tocado ningún feo cerca.
Las rondas comenzaron. La primera vuelta fluyó bien, pero la segunda se tornó extraña cuando la carta cayó entre dos hombres, obligándolos a besarse. Por dentro me moría de la risa al ver la cara de absoluto espanto de Sofía, jsjsjs, era un poema total.
Sin embargo, la diversión se me congeló en la cuarta ronda.
Justo cuando la carta iba a pasar a mi lado, al chico que estaba junto a mí se le resbaló el papel. Enseguida me tomé el vodka que tenía en la boca, y él hizo exactamente lo mismo. Me quedé inmóvil, mirándolo fijamente y sin poder reaccionar. Antes de que pudiera procesar la situación, él se inclinó y me besó. Fue un beso extraño, desconcertante, una sensación que simplemente no sabía cómo explicar.
Me aparté de golpe, parpadeando un par de veces mientras intentaba asimilar el sabor residual del alcohol y el roce de unos labios que no debían estar sobre los míos. El corazón me iba a mil por hora. Limpié mi boca con el dorso de la mano por puro instinto, sintiendo las miradas de todos los del círculo clavadas en nosotros, esperando una reacción, un grito o una risa. Pero yo solo podía pensar en una cosa.
Giré la cabeza de inmediato, buscando desesperadamente entre la multitud.
Allí estaba Teo. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía de piedra, y esos ojos que hace unos minutos me recorrían con deseo, ahora ardían de una rabia contenida que me heló la sangre. Tenía los puños metidos en los bolsillos de sus vaqueros negros, pero la tensión en sus hombros delataba que quería romper algo. Sostuvo mi mirada un segundo, un maldito segundo que dolió más que el trago amargo de vodka, y luego dio media vuelta, abriéndose paso a empujones entre la gente de la fiesta.