Capítulo 4: Amnesia y mentiras
Desperté con un dolor de cabeza espantoso, de esos que te hacen sentir que el cerebro te va a estallar con el más mínimo parpadeo. Me tomó unos segundos abrir los ojos por completo. Cuando la vista se me aclaró, miré a mi alrededor y el pánico me recorrió el cuerpo de golpe. Las paredes eran de un tono gris oscuro, los muebles eran de madera rústica y no había ni un solo rastro de decoración femenina. Definitivamente, este no era el cuarto de Sofía ni el de ninguna de mis amigas.
Me senté en la cama de golpe, muerta de miedo. Al bajar la mirada para revisarme, se me cortó la respiración. Llevaba puesta una camisa azul rey que me quedaba gigantesca y que claramente no era mía. Era de hombre. Era la camisa de Teo.
Antes de que pudiera procesar qué carajos estaba haciendo yo con su ropa, el colchón se hundió a mi lado. Alguien se movió entre las sábanas.
Giré la cabeza y mi peor pesadilla se hizo realidad. Teo estaba ahí, completamente dormido y con el torso desnudo. No lo pensé. Solté un grito ensordecedor que desgarró la habitación.
—¡¡¡Ahhhhhh!!!
Teo se sobresaltó, abriendo los ojos de par en par, completamente asustado. Se sentó en la cama mirando a todos lados como si estallara una bomba, con el pelo alborotado y la respiración agitada.
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Por qué gritas?! —exclamó, frotándose la cara.
—¡¿Qué pasó anoche?! —le grité, cubriéndome el pecho con la sábana, sintiendo que el corazón se me salía de la boca—. ¡Dime qué carajos pasó!
Teo se me quedó mirando fijamente durante un par de segundos. De repente, la sorpresa en su rostro desapareció y una estúpida sonrisa burlona empezó a dibujarse en sus labios. Soltó una carcajada ronca que me encendió la sangre.
—¿En serio no te acuerdas? —preguntó, cruzándose de brazos, disfrutando por completo de mi desesperación.
—¡Que nooo! ¡No me acuerdo de nada! ¡Dime qué pasó anoche, imbécil! —le exigí, al borde del colapso.
Teo se inclinó un poco hacia mí, arqueando una ceja con malicia pura. Su tono de voz bajó, volviéndose peligrosamente arrastrado.
—¿De verdad no te acuerdas de cómo me pedías que te diera más duro?
Me quedé helada. Sentí que toda la sangre se me drenaba de la cara, dejándome una expresión de muerta viviente. El mundo se me detuvo por completo mientras visualizaba la peor escena de mi vida. No podía ser verdad. Con él no. Jamás.
—No... no, no —tartamudeé, sintiendo náuseas del puro estrés—. Eres un mentiroso. ¡Eres un maldito mentiroso!
Al ver mi cara de absoluto terror, Teo no pudo aguantar más y soltó una carcajada limpia y ruidosa, burlándose en mi propia cara de lo fácil que había sido hacerme caer en su trampa.
—¡Eres un maldito imbécil! —le rugí, empujándolo con todas mis fuerzas.
Me quité las sábanas de encima y salté de la cama. Visualicé mi vestido y mis zapatos tirados en una esquina del suelo. Los recogí del piso a toda prisa, hecha una furia y sin molestarme en ponérmelos allí adentro. Agarré mis cosas con fuerza contra mi pecho, le dediqué la mirada más letal que tenía y salí corriendo de esa habitación, dejando atrás su maldita risa.
Llegué a mi casa corriendo, con el corazón en la garganta y la respiración hecha un asco. Lo primero que hice fue meterme a la ducha. Dejé que el agua caliente me cayera en la cabeza, intentando quitarme de encima la sensación de haber despertado en esa cama, pero era inútil. Apoyé las manos contra el azulejo y cerré los ojos con rabia. Cada segundo que pasaba, cada maldito recuerdo de su risa burlona, hacía que lo odiara más. Lo odiaba con una intensidad que me quemaba el pecho. Joder, es que cada vez lo odiaba más, no existía un ser más despreciable sobre la tierra que Teo.
Al salir del baño, envuelta en una toalla, me dispuse a buscar mi teléfono para llamarle a Sofía y exigirle explicaciones de cómo carajos había terminado yo en ese lugar. Busqué en la mesita de noche. Nada. Busqué entre las sábanas de mi cama. Nada. Busqué en el bolso. Tampoco. El pánico me golpeó de nuevo al atar cabos. El teléfono no estaba por ningún lado, lo que significaba una sola cosa: lo había dejado en la guarida del lobo. Lo había dejado en casa de Teo.
—¡Maldito imbécil, maldita mi suerte, maldito todo! —bramé al techo de mi habitación.
No iba a dejarle mi teléfono a ese idiota para que revisara mis cosas. Me puse lo primero que encontré: un top sencillo y unos shorts cortos, me calcé unas zapatillas y salí de mi casa hecha una furia. Caminé por la calle como un torbellino, maldiciendo absolutamente todo lo que pasaba por mi camino; maldecía al perro que ladraba, al coche que pasaba rápido y a la maldita acera por existir.
Cuando llegué a su puerta, planté el dedo en el timbre y lo presioné con ganas, descargando toda mi frustración en ese pequeño botón plástico. Pasaron dos minutos. Nada. Pasaron tres. Nada. Estuve a punto de tumbar la puerta a patadas cuando, al fin, a los cinco minutos exactos, la cerradura sonó y la puerta se abrió.
Ahí estaba Teo. Se me quedó mirando de arriba abajo durante unos eternos y pesados segundos, escaneando mi top y mis shorts con esa mirada pesada que me ponía de los nervios. Luego, arqueó una ceja y soltó un suspiro de fastidio.
—¿Qué quieres? —soltó con tono seco—. Si vienes por lo de hace rato y piensas que estuve contigo anoche, madura, Valentina. Era obvio que no pasó nada. Jamás tocaría a alguien como tú.
Dicho eso, hizo el ademán de cerrarme la puerta en la cara.
—¡Espera! —grité, poniendo mi mano firmemente contra la madera para frenar el golpe. Lo miré con los ojos entrecerrados—. Se quedó mi teléfono.
Teo puso los ojos en blanco, pero abrió la puerta por completo y se hizo a un lado, dándome vía libre.
—Pasa y búscalo rápido. No tengo tu tiempo.
Entré sin mirarlo, empujándolo levemente con el hombro, y subí las escaleras corriendo. Mi cuerpo se sabía el camino al cuarto del que había escapado horas antes por puro instinto de supervivencia. Entré a la habitación, que todavía olía a él, y empecé a sacudir las sábanas de la cama deshecha. Levanté la primera almohada y nada. Levanté la segunda y ¡pum!, ahí estaba mi teléfono negro. Lo agarré como si fuera un tesoro, aliviada, y me di la vuelta a toda prisa para largarme de una buena vez.