Secretos y un día de compras
Pasó una semana entera y las cosas entre Teo y yo seguían exactamente igual de tensas. En la escuela, la rutina de odiarnos no daba tregua: las peleas con la mirada en el almuerzo y los confrontamientos de siempre en los pasillos continuaban con la misma intensidad. Sin embargo, en el fondo, yo estaba completamente sorprendida de que Teo no hubiera abierto la boca para contarle a nadie lo que había pasado en su habitación. No se lo había dicho a sus amigos, ni se había burlado de mí en público por haberme sonrojado. Aunque me costara admitirlo, se lo agradecía en el alma; lo último que necesitaba era ser el chisme de todo el instituto.
Esa tarde, cuando las clases por fin terminaron, caminé hacia la salida junto a la multitud de estudiantes. Ya estaba cruzando la puerta principal cuando me di cuenta de que se me había olvidado un cuaderno importante. Solté un suspiro de fastidio y me devolví a los pasillos desiertos para sacar las cosas de mi casillero.
El pasillo estaba en completo silencio, excepto por dos voces masculinas que resonaban un poco más adelante, cerca de la esquina de los casilleros de los chicos. Reconocí los tonos de inmediato: eran Teo y Sebastián. Me quedé inmóvil, pegada a la pared, cuando escuché que estaban hablando de mi mejor amiga.
—Sofía me parece muy linda, la verdad —estaba diciendo Sebastián con tono tranquilo—. Tiene algo que me llama la atención.
—Pues sí, es guapa —respondió Teo con su habitual voz despreocupada.
—Aunque bueno... —continuó Sebastián, soltando una risa corta—, para mí, la más buena de todas es Valentina.
El corazón me dio un vuelco violento en el pecho. Me quedé sin respirar, apretando los libros contra mí, esperando la típica respuesta hiriente, burlona o grosera de mi peor enemigo. Me asomé un milímetro y vi a Teo rodar los ojos, pero lo que salió de su boca me dejó completamente helada.
—Está buena —admitió Teo, cruzándose de brazos—. Es linda, tiene una linda risa y unos ojos bonitos... pero eso no va a quitar el maldito hecho de que la odio y ella a mi.
Sebastián soltó una carcajada limpia y le dio una palmada en el hombro.
—Tranquilo, Romeo. Solo decía.
Sentí que las mejillas me ardían por completo. Un calor intenso me subió por el cuello y me sonrojé de golpe en medio del pasillo solitario. Era una sensación extraña y abrumadora; odiaba a Teo con todo mi ser, pero era la primera vez en mi vida que escuchaba a un chico hablar de mí de esa manera, y que viniera justamente de él me descuadraba por completo el cerebro.
Antes de que se dieran la vuelta y me descubrieran espiando, giré sobre mis talones y caminé a paso rápido hacia la salida, olvidándome por completo del cuaderno. Corrí prácticamente todo el camino a casa, intentando borrar sus palabras de mi cabeza, pero su voz diciendo "es linda, tiene una linda risa" se me quedó grabada como un tatuaje.
Cuando llegué a casa, encontré a las chicas esperándome en la sala. Sofía y el resto del grupo estaban hiperactivas, rodeadas de revistas y con las bolsas de mano listas.
—¡Al fin llegas, Valentina! —gritó Sofía, saltando del sofá y tomándome de las manos—. Muévete, cámbiate rápido. Dijimos que hoy toca tarde de shopping y no aceptamos un no por respuesta.
No me dio tiempo ni de protestar. Subí a mi cuarto, me quité el uniforme de la escuela y me puse algo cómodo. Una vez que estuvimos todas listas, salimos disparadas hacia el centro comercial.
El shopping estaba abarrotado de gente, pero nosotras nos metimos de tienda en tienda como si estuviéramos en una misión.
Pasamos horas probándonos ropa, riéndonos de los conjuntos extraños y criticando las nuevas modas. Compramos muchísima ropa: tops, vestidos ligeros, shorts y, por supuesto, la parada obligatoria fueron las tiendas de trajes de baño.
El verano estaba a la vuelta de la esquina y Sofía insistía en que teníamos que estar perfectamente listas y armadas con los mejores bikinis para todas las fiestas, viajes y aventuras que se venían en las vacaciones.
Mientras pagaba un bikini negro que me había encantado, miré mi reflejo en el espejo de la tienda. Por un segundo, la voz de Teo volvió a resonar en mi mente. Sonreí de lado con malicia. Si el verano se venía con todo, yo iba a asegurarme de que mi peor enemigo sufriera el doble cada vez que me tuviera cerca.