Capítulo 6: El bando enemigo en casa
La noticia de la fiesta de Sofía se había extendido por toda la preparatoria como la pólvora. Ella quería inaugurar el verano tirando la casa por la ventana, así que, fiel a su estilo libre y sin filtros, terminó invitando a prácticamente todo el mundo.
Había, sin embargo, un detalle enorme que a mí me ponía los pelos de punta. Nuestro grupo de amigas y el de Teo eran agua y aceite; nos caíamos mal, nos lanzábamos indirectas en los pasillos y la rivalidad entre los dos bandos era un hecho bien conocido en todo el instituto. Ellos eran los populares insufribles y nosotras las que no les aguantábamos ni una sola de sus payasadas. Pero claro, siendo una fiesta masiva a la que iba a asistir hasta el conserje, era obvio que las cuatro pesadillas no se la iban a perder.
Lo que hacía que la situación fuera casi cómica era que Sofía no tenía ni la más mínima idea de lo que yo había escuchado en los pasillos. Ella no sabía que Sebastián, el chico moreno de deslumbrantes ojos verdes, andaba diciendo en secreto que ella le parecía muy linda. Para mi amiga, él era simplemente otro de los idiotas engreídos del grupo de Teo.
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El sábado por la tarde, el jardín de Sofía ya era un caos absoluto de música a todo volumen, gente riendo y el olor de las hamburguesas en la parrilla. Yo ya me había despojado de toda la ropa playera, quedando únicamente en el bikini negro que había comprado en el shopping. Me miré en el reflejo de las puertas de cristal antes de salir y sonreí de lado. El traje de baño me armaba una figura espectacular, acentuando mi cintura de una manera que nunca antes me había atrevido a lucir. Estaba lista.
Caminé hacia las tumbonas donde Melanie y Chloe ya tomaban el sol con sus gafas oscuras.
—Hablando de la fauna... miren quiénes acaban de cruzar la entrada —murmuró Melanie, bajándose un poco las gafas y haciendo una mueca de fastidio.
Giré la cabeza hacia el pasillo lateral del jardín. El estómago me dio un vuelco.
Ahí venían. Caminando con esa parsimonia ridícula, como si el jardín de Sofía formara parte de sus propiedades, aparecieron Jake, Martín, Sebastián y, por supuesto, Teo. Llevaba unas bermudas oscuras y una camiseta gris de manga corta que le marcaba perfectamente los hombros.
En cuanto el grupo de ellos y el nuestro se registraron mutuamente, el aire de la fiesta se volvió denso. Las miradas de desprecio entre ambos bandos no se hicieron esperar; Chloe rodó los ojos y se dio la vuelta, mientras Jake le susurraba algo divertido a Martín al ver nuestra reacción. Éramos enemigos declarados en su propio terreno.
Pero a mí la guerra de grupos me importó un comino en ese segundo. Mis ojos se clavaron directamente en Teo.
Pude ver el instante exacto en que su cerebro hizo un cortocircuito absoluto al verme. Su típica mirada de aburrimiento y superioridad se desmoronó por completo. Sus ojos hazel se abrieron un milímetro, fijos en mi figura. Recorrió mi cuello, escaneó mi cintura, bajó por mis piernas y regresó a mi cara, exactamente con la misma intensidad que la noche del juego de las cartas. Esta vez no había trago de vodka que nos obligara a nada; era pura y absoluta provocación de mi parte.
Al mismo tiempo, noté de reojo cómo Sebastián se quedaba completamente petrificado mirando hacia la zona de la barra, donde Sofía estaba de espaldas sirviendo unos refrescos. Al chico de ojos verdes se le quiso formar una boba sonrisa en el rostro, perdiendo por un segundo toda su fachada de chico rudo. Pero Sofía, ajena a todo el drama y sin sospechar nada, ni siquiera volteó a mirarlo.
Le sostuve la mirada a Teo con un descaro que ni yo misma sabía que tenía. Le dediqué una sonrisa lenta, cargada de una malicia fría y deliberada. Vi perfectamente cómo su mandíbula se apretaba tanto que pareció de piedra y cómo tragaba saliva con dificultad, visiblemente alterado por mi actitud.
De pronto, las bocinas que rodeaban el jardín vibraron con fuerza. Alguien en la barra cambió la lista de reproducción y los primeros acordes de una canción de reguetón con un bajo pesadísimo comenzaron a retumbar en todo el lugar. El ritmo lento y sensual cambió la vibra de la fiesta en un segundo, haciendo que la gente que estaba alrededor de la piscina empezara a moverse y a bailar con los vasos en la mano.
La música alta aumentó la adrenalina que ya me corría por las venas. Aprovechando el ritmo pegajoso, me di la vuelta con total parsimonia, dándole la espalda a Teo, y caminé con paso lento hacia el borde del agua. Podía sentir sus ojos hazel clavados en mi espalda quemándome.
—¡Esa canción está buenísima! —gritó Chloe, levantándose de la tumbona y empezando a bailar junto a Melanie.
Sofía dejó los refrescos en la barra y se unió a ellas, riéndose a carcajadas. El sol de la tarde le daba directo en su cabello albino, haciéndola brillar en medio del jardín. Sebastián, que seguía parado cerca de la entrada junto a Jake y Martín, no disimuló ni un poco. Se quedó completamente estático, con los ojos verdes fijos en los movimientos de Sofía. Jake le dio un codazo limpio en las costillas para burlarse de él, pero Sebastián ni se movió; estaba perdido.
Yo me senté en el borde de la piscina, dejando que mis piernas colgaran dentro del agua templada. Movía los pies al ritmo de la música, salpicando un poco, aparentando que me la estaba pasando de maravilla, aunque por dentro cada uno de mis sentidos estaba alerta, esperando el contraataque de mi vecino.
No tardó mucho.
Escuché los pasos pesados sobre el cemento y, un segundo después, una sombra alta me cubrió por completo, tapando la luz del sol. Levanté la vista lentamente, arrastrando los ojos por sus vaqueros oscuros hasta llegar a su rostro. Teo estaba parado justo al lado de mí. Se había quitado la camiseta gris, dejándola tirada en una silla cercana, y ahora mostraba su torso firme y los hombros marcados por los entrenamientos de fútbol.