El Chico De Mis Pesadillas

capitulo 8

Teo tardó un buen rato en salir de la piscina. Se quedó apoyado contra el borde de azulejos, pasándose las manos por el cabello empapado para quitarse los mechones de la cara, mientras Jake y Martín se burlaban de él en su propia cara. Sebastián, por su parte, ni siquiera intentaba defenderlo; estaba demasiado ocupado mirando a Sofía de reojo mientras ella se alejaba hacia las tumbonas con paso de reina, celebrando su victoria histórica.

—Muévete, Romeo —le gritó Jake, dándole una patada amistosa al agua desde la orilla—. Las órdenes de la jefa fueron claras. Queremos esas Modelo bien heladas para las niñas.

Teo soltó un gruñido ronco, se impulsó hacia arriba con los brazos y salió del agua de un solo movimiento. Su torso desnudo brillaba bajo el sol de la tarde y los músculos de su espalda se contraían por la pura rabia de tener que tragarse su orgullo. Pasó junto a mí para ir a buscar una toalla, y al hacerlo, disminuyó el paso. Su hombro rozó el mío, lo suficientemente cerca para dejarme un escalofrío en la piel húmeda.

—Disfrútalo mientras puedas, Valentina —me siseó al oído, con una voz tan baja que la música tapó sus palabras—. Porque me las vas a pagar una por una.

—Menos palabras y más acción, vecina —le respondí, dándome la vuelta con una sonrisa burlona y acomodándome en una de las tumbonas junto a Chloe y Melanie.

Cinco minutos después, la escena en el jardín era un poema total. Martín y Jake estaban junto a la parrilla, aguantando el calor del carbón mientras intentaban voltear las hamburguesas bajo la estricta y fastidiosa mirada de Melanie, que se había colocado los lentes de sol y les corregía cada movimiento como si fuera una entrenadora militar.

—¡Que no se quemen, Martín! Si veo una sola parte negra, la vas a tener que registrar tú con tus dientes —le advirtió Melanie, cruzándose de brazos.

—Sí, mi general —respondió Martín, rodando los ojos azules pero sin atreverse a reclamar. El orgullo del bando de los chicos estaba por los suelos.

Mientras tanto, Teo caminaba hacia nuestra zona arrastrando las chanclas por el cemento, cargando una bandeja de metal con cuatro cervezas Modelo bien frías y un par de vasos con hielo. Llevaba la mandíbula tan apretada que parecía que los dientes se le iban a romper en cualquier momento. Llegó frente a nosotras y se agachó lentamente para dejar la bandeja sobre la mesita de centro.

Sofía, que estaba sentada en la tumbona de al lado, soltó una risita limpia.

—Vaya, pero qué excelente servicio —dijo Sofía, estirando la mano para tomar su botella—. A ver, Teo, ábremela. No querrás que me rompa una uña en mi propia fiesta, ¿verdad?

Teo la miró fijamente por tres segundos eternos. Si las miradas mataran, Sofía ya estaría bajo tierra, pero como no tenía otra opción si quería conservar la poca dignidad que le quedaba, tomó el destapador de su bolsillo y abrió la botella con un movimiento brusco.

—Aquí tienes, Sofía —masculló con los dientes apretados.

—Gracias, guapo —le respondió ella con una dosis letal de sarcasmo—. Puedes retirarte. Bueno, espera... dale la suya a Valentina. A ella le gusta que la atiendan bien.

El estómago me dio un vuelco. Sofía no tenía piedad.

Teo se giró hacia mí. Se enderezó por completo, obligándome a levantar la cabeza para poder sostenerle la mirada desde mi tumbona. Tomó una de las botellas frías, cuyos lados ya goteaban por el calor del ambiente, y dio un paso hacia adelante, invadiendo por completo mi espacio personal. Su sombra me cubrió la cara y el aroma a menta de su piel me llenó la nariz.

Se inclinó despacio, estirando el brazo para ofrecerme la bebida. Sus ojos hazel estaban fijos en mis labios, oscuros, cargados de esa misma tensión eléctrica que nos había envuelto en el pasillo de la escuela y en el jardín de Josué.

—Tu bebida... vecina —susurró, arrastrando las palabras con una ronquera peligrosa.

Extendí la mano para tomar la botella. En cuanto mis dedos rodearon el vidrio, la mano libre de Teo subió de golpe y atrapó mi muñeca con un agarre firme, pero extrañamente cálido. No me lastimaba, pero me impedía moverme. Me quedé inmóvil, sintiendo el corazón latirme con fuerza en la garganta, con el bikini negro puesto y bajo su completa mirada protectora y posesiva a la vez.

—¿Qué haces? —le siseé en un susurro furioso, mirando de reojo para asegurarme de que las chicas no se dieran cuenta.

—Solo me aseguro de que no se te caiga —respondió él, acercando su rostro un milímetro más—. Estás temblando otra vez, Valentina. ¿Tanto miedo te da que te sirva una copa?

—Suéltame, Teo —le siseé, sosteniéndole la mirada con toda la firmeza que pude reunir, aunque por dentro sentía que el suelo me daba vueltas.

Giré la muñeca con fuerza y logré zafarme de su agarre. Me acomodé en la tumbona y le di un trago largo a la Modelo fría, ignorando el calor que me subía por el cuello. Teo se enderezó lentamente, mirándome con una sonrisa ladeada, esa maldita expresión de suficiencia que me decía que sabía perfectamente el efecto que causaba en mí. Se dio la vuelta sin decir nada más y regresó hacia donde estaban Jake y Martín.

—Uy, pero qué tensión hay entre el bando vecino —se burló Chloe, bajándose un poco las gafas para mirarme con picardía—. Valen, si las miradas de Teo quemaran, ya serías cenizas en esa tumbona.

—Son ganas de fastidiar, Chloe. No empieces —respondí, intentando sonar aburrida mientras acomodaba mi toalla.

Mientras tanto, la música seguía sonando a todo volumen, cambiando a un ritmo de bachata que relajó un poco el ambiente del jardín. La mayoría de la gente de la escuela bailaba cerca de la piscina o se amontonaba en la barra.

Fue en ese momento cuando noté que Sebastián se separaba del grupo de los chicos. Venía caminando directo hacia nuestra zona, pero sus ojos verdes no estaban fijos en mí, ni en Melanie, ni en Chloe. Estaban clavados en Sofía.




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