Sofía miró la mano de Sebastián durante unos segundos, debatiéndose entre mantener el orgullo de nuestro bando o ceder a la música. Al final, soltó una risa ligera, aceptó su mano y se fue con él hacia la zona de baile.
Para mi absoluta sorpresa, pasaron el resto de la tarde pegados, bailando y riéndose como si no fueran enemigos declarados en el instituto. Entre la música, las hamburguesas quemadas de Jake y las constantes idas y venidas de Teo trayendo bebidas con cara de pocos amigos, las horas se nos pasaron volando.
El sol empezó a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos morados y oscuros. La tarde estaba cayendo y el aire fresco del anochecer comenzó a colarse en el jardín. Sintiéndome cansada y con ganas de descansar, decidí que ya era hora de volver a casa. Fui al baño de Sofía, me quité el bikini negro y me puse algo cómodo para caminar las tres casas de distancia: unos shorts de mezclilla, un top corto blanco y mis chanclas favoritas.
Salí al jardín, me despedí de Chloe, de Melanie y de una Sofía que seguía bastante distraída platicando con Sebastián. Crucé la reja principal y comencé el corto camino a casa por la acera solitaria, disfrutando del silencio de la noche.
De pronto, escuché unas pisadas rápidas detrás de mí. No alcancé ni a girar la cabeza cuando unos brazos firmes me sujetaron por detrás con fuerza. Antes de que pudiera gritar, me empujaron con firmeza hacia la pared de ladrillos de la casa contigua, acorralándome por completo.
Levanté la vista de golpe, con el corazón dándome un vuelco violento.
Teo.
Tenía las manos apoyadas a los lados de mi cabeza, atrapándome contra el muro. Sus ojos hazel brillaban con una intensidad peligrosa bajo la luz de la farola y su respiración venía un poco agitada. Estaba tan cerca que su perfume a madera y menta me inundó los sentidos de inmediato.
—¿Te divertiste mucho hoy? Verdad, Valentina —me soltó con una voz ronca, arrastrando las palabras con una mezcla de fastidio y tensión contenida.
En lugar de asustarme, el orgullo me ganó. Solté una risa burlona, mirándolo fijamente a los ojos.
—Te ardiste porque gané, Teo —le respondí, desafiándolo con la mirada, disfrutando ver su fachada de chico rudo completamente desmoronada por una simple carrera en la piscina.
La comisura de sus labios se elevó en una mueca fría y sus ojos se oscurecieron por completo.
—No, claro que no —respondió en un susurro peligroso, acercando su rostro al mío hasta que sus labios casi rozaron los míos—. Ahora voy a hacer que te arrepientas de todo.
Y sin darme tiempo a procesar sus palabras, se inclinó y me besó.
Al principio, el impacto me congeló el cerebro. Apoyé mis manos contra su pecho firme e intenté quitarlo, empujándolo para zafarme de su agarre. Pero Teo no se movió ni un milímetro. Bajó sus manos con rapidez hacia mi cintura, apretándome contra él, y luego comenzó a deslizarlas lentamente hacia abajo, rozando mis piernas descubiertas por el short. El contacto de su piel contra la mía me erizó por completo; un escalofrío violento me recorrió la espalda y perdí toda la fuerza para pelear.
Sin poder evitarlo, mis manos dejaron de empujarlo y se aferraron a sus hombros. Le seguí el beso, dejándome llevar por completo por el sabor residual de la noche y por sus ricos labios suaves que se movían contra los míos con una desesperación que me asustaba y me encantaba a la vez. Para profundizar el beso, me puse de puntitas, enredando mis dedos en su cabello castaño.
Teo soltó un gruñido ahogado, me tomó por los muslos y me cargó en vilo contra la pared. Por puro instinto, enrosqué mis piernas alrededor de su cintura, pegándome más a su cuerpo caliente mientras el mundo exterior desaparecía por completo.
Nos quedamos sin aire. Nos separamos de golpe, jadeando, con los labios hinchados y los corazones latiendo a un ritmo frenético. Nos miramos fijamente durante unos segundos que se sintieron eternos, envueltos en una atmósfera que de repente se volvió incómoda, confusa y cargada de preguntas que ninguno sabía cómo responder.
Me deslicé hacia el suelo, recuperando el equilibrio sobre mis chanclas. Sentía una mezcla de rabia, confusión y una extraña debilidad en las rodillas.
—¡¿Qué ganas con esto, Teo?! —le grité, con la voz temblorosa por la frustración, limpiándome la boca con el dorso de la mano para ocultar lo mucho que me había afectado.
Teo dio un paso atrás, soltando una risa seca, carente de cualquier pizca de alegría. Miró al suelo y luego me clavó esos ojos avellana que ahora se veían extrañamente apagados.
—Como puede ser que no te des cuenta... —murmuró, sacudiendo la cabeza con amargura.
—¿Cuentas de qué? —le exigí, cruzándome de brazos, desesperada por entender qué demonios pasaba por su cabeza gigante.
Él guardó silencio un segundo. Me miró con una profunda frustración que nunca antes le había visto, una expresión que no tenía nada que ver con el chico arrogante de la cafetería.
—Nada, Valentina. Nada —escupió.
Se dio la vuelta de inmediato y comenzó a caminar a zancadas hacia su casa de ladrillos oscuros, con los hombros caídos y una actitud visiblemente triste que me dejó completamente descolocada en medio de la acera.
Me quedé inmóvil bajo la luz parpadeante del poste, mirando su espalda alejarse hasta que cruzó su reja. Toqué mis labios con la yema de los dedos, sintiéndolos aún calientes por su beso. Estaba completamente desconcertada. Odiaba sus cambios repentinos. No entendía cómo el chico que me hacía la vida imposible en los pasillos podía besarme con tanta fuerza para luego marcharse con esa mirada de derrota absoluta.
Llegué a casa intentando asimilar todo lo que acababa de pasar. Logré contenerme y aguantar la tormenta de emociones con total tranquilidad mientras saludaba a mis padres, subía las escaleras y me encerraba en mi habitación. Me dejé caer pesadamente en la cama, mirando al techo, pero mi cerebro simplemente se negó a cooperar. No dejaba de pensar en Teo, en sus labios suaves, en la fuerza con la que me había cargado y en esa maldita mirada triste del final. Teo, Teo y solo Teo.