A la mañana siguiente, me levanté por culpa de mi mamá, que tocaba mi puerta con insistencia. Sus golpes rítmicos y ruidosos me obligaron a despertarme sintiéndome como un auténtico zombie.
Tenía los ojos pesados y la mente nublada después de pasarme la madrugada entera despierta en el tejado, procesando el cuerpo desnudo de Teo. Cuando por fin arrastré los pies y abrí la puerta, ella entró de golpe a mi habitación, llena de una energía insoportable que no encajaba para nada con mi humor.
—¡Hija, vístete que te voy a presentar a alguien! —gritó con entusiasmo, moviendo las manos—. Tu papá ya está abajo listo, así que dale rápido. Creo que lo conoces, vive en este vecindario y su mamá es muy amiga mía.
Algo muy dentro de mí me decía que esto iba a salir mal. Una punzada de mala espina me recorrió el estómago, pero intenté calmarme pensando en las opciones lógicas. Lo más seguro era que se tratara de Ernesto, un chico bajito, lleno de pecas y con gafas que vivía unas calles más allá. Aunque yo no conocía formalmente a su familia, sabía que mi mamá hablaba muchísimo con su madre en el supermercado y siempre se la pasaban intercambiando recetas de cocina por mensaje de texto. Sí, tenía que ser él.
Con mucha pereza, me metí al baño de mi habitación. Encendí la llave de la ducha y dejé que las gotas de agua pasaran por mi cuerpo para quitarme el aspecto de muerta viviente. Después me apliqué champú, un poco de acondicionador y usé muchísimos jabones de cuerpo diferentes; me froté bien la piel porque si algo me encanta en esta vida, es oler delicioso en todo momento. Al salir de la ducha, me cepillé los dientes con energía, utilicé enjuague bucal para tener un aliento fresco, me puse crema hidratante por todo el cuerpo y me apliqué varios de mis perfumes favoritos en el cuello y las muñecas.
Fui al armario a buscar algo sencillo para ponerme, considerando el calor que ya empezaba a hacer. Opté por un vestido blanco de tiras finas. Era una prenda bonita, pero el escote casi no iba a aguantar mis pechos por lo grandes que son, quedando bastante ajustado. Me puse unas sandalias cómodas y un par de accesorios sutiles. Me sequé el cabello con la secadora, el cual quedó con unas ondas naturales muy ligeras, y decidí recogerlo todo en un moño despeinado, dejando algunos mechones sueltos a los lados de mi cara.
Al terminar, me recosté en la cama y entré en un debate mental de cinco minutos sobre si debía maquillarme o quedarme al natural. Me encantaba el maquillaje y producirme, pero hoy la flojera me ganaba por completo. Estaba a punto de cerrar los ojos otra vez cuando mi mamá pegó un grito ensordecedor desde abajo, exigiéndome que saliera ya de una vez.
Corrí rápido al baño, me apliqué el sérum a toda velocidad, me puse un poco de corrector bajo los ojos para tapar las ojeras de la desvelada, me puse rubor en las mejillas y salí disparada escaleras abajo. Desde los últimos escalones ya podía escuchar unas risas adultas y animadas que provenían directamente de la cocina. Al entrar, me encontré con una señora de cabello castaño, alta, un poco flaquita y que tenía exactamente los mismos ojos hazel de Teo. Me congelé un milisegundo, pero mantuve la compostura.
—Hola, mucho gusto —dije con educación, dando un paso al frente y mostrando mi mejor sonrisa de niña buena.
La señora me escaneó de arriba abajo con una mirada analítica pero muy cálida.
—Mucho gusto, me llamo María —respondió con amabilidad.
—El gusto es mío, yo soy Valentina.
La señora soltó una risa ligera y volteó a ver a mi mamá con complicidad.
—Pero qué hija más linda y educada tienes. Es perfecta para mi hijo —comentó mientras ambas se reían de buena gana.
Yo sonreí por compromiso, pensando para mis adentros que la verdad no me imaginaba en absoluto teniendo algo con el tal Ernesto. Desviando un poco el tema para romper el momento incómodo, le pregunté a mi mamá en voz baja:
—¿Dónde está papá?
Ella simplemente señaló con el dedo hacia la puerta de cristal que daba al jardín trasero. Salí al patio con paso tranquilo y, en cuanto crucé el umbral, sentí que el suelo se me desaparecía bajo los pies. Casi me desmayo del impacto.
Frente a mí estaba Teo. Estaba riendo de lo más tranquilo, relajado y conversando amigablemente con mi papá bajo la sombra del árbol. Llevaba una playera sencilla que se le ajustaba al pecho y se veía ridículamente bien. Antes de que pudiera reaccionar, darme la vuelta o fingir una enfermedad para regresar corriendo a mi cuarto, mi padre me vio. Se acercó, me tomó del brazo con cariño y me guió hacia ellos.
—Hijita, te presento a Teo, el hijo de la amiga de tu mamá, y a su padre, el señor Josué.
Miré a Teo y después a su papá. Eran físicamente idénticos: la misma mandíbula marcada, la misma postura y los mismos ojos. Me quedé completamente muda, en un silencio sepulcral, procesando que el chico que anoche me había cargado contra la pared para besarme, y al que unas horas después había visto completamente desnudo desde mi ático, estaba parado en mi propio patio. Todos se me quedaron viendo de forma extraña debido a mi evidente parálisis, así que me obligué a tragar saliva y hablé:
—Mucho gusto, señor Josué. Me llamo Valentina.
El señor Josué sonrió de oreja a oreja y me estrechó la mano con mucha firmeza.
—El gusto es mío, Valentina. Tu madre habla maravillas de ti —dijo antes de soltarme.
Luego, giré la vista hacia Teo, que no me quitaba los ojos de encima. Estiré mi mano hacia él de manera formal y, forzando la voz más dulce y educada que tenía guardada, le dije:
—Hola, Teo. ¿Cómo estás?
Él se me quedó mirando con una total confusión en los ojos, completamente descolocado por mi repentina amabilidad después de la tremenda pelea y los gritos del jardín de la noche anterior. Tardó un segundo en reaccionar, pero finalmente estiró la mano, me la estrechó y su piel cálida me mandó una corriente eléctrica que me erizó los vellos del brazo.