Mientras subíamos las escaleras, el silencio entre los dos se volvió abrumador. Yo iba adelante y podía sentir la calidez de la respiración de Teo rozándome la nuca, un rastro de aire que me erizaba la piel a cada paso. Al llegar al umbral de mi habitación, me di la vuelta rápidamente, extendí la mano sobre su pecho para guiarlo hacia el interior y, de inmediato, cerré la puerta a nuestras espaldas, aislando el ruido del resto de la casa.
Intentando aparentar una total indiferencia que no sentía, caminé hacia el escritorio, me senté en la silla y tomé mi teléfono, fingiendo estar muy concentrada en la pantalla. Teo, sin embargo, no buscó un lugar donde sentarse formalmente; caminó con total libertad hacia mi cama y se recostó de lado, apoyando la cabeza en su mano sin dejar de observarme fija y deliberadamente.
La presión de su mirada me hizo levantar la vista del celular.
—¿Qué me ves? —le reclamé, intentando mantener un tono firme.
—Lo linda que te ves, Valentina —respondió él con una calma y una suavidad en la voz que me desarmaron por completo.
Me puse extremadamente roja, sintiendo un calor violento subirme a las mejillas. Para ocultar mi incomodidad, me volteé de inmediato hacia el escritorio, dándole la espalda. Pero Teo se puso de pie, acortó la distancia entre nosotros y se detuvo justo detrás de mí.
—Valentina, siento tantas cosas por ti... —susurró, inclinándose cerca de mi oído—. Pero una de las más grandes es deseo. Valentina, te deseo.
No me dio el menor tiempo de procesar sus palabras. Sus manos firmes me tomaron por la cintura, me alzaron de la silla como si no pesara nada y me atrapó en un beso profundo. En mi mente hubo un instante de alarma: no podía volver a caer en las garras de Teo, no debíamos hacer esto. Pero en cuanto sus labios suaves se movieron contra los míos, perdí toda capacidad de reacción.
Me llevó hacia la cama y me recostó con delicadeza sobre el colchón, colocándose sobre mí mientras el beso se volvía más intenso y urgente. Dejó de besarme por un segundo para recuperar el aliento y comenzó a deslizar sus manos por mis costados, delineando mis curvas con firmeza. Sus palmas bajaron lentamente por mis piernas, provocándome un cosquilleo intenso y una oleada de calor que subió por todo mi cuerpo. La fricción de sus manos subiendo por el muslo, por debajo de la tela de mi vestido blanco, me hizo soltar un gemido ahogado.
Teo se detuvo un milímetro, con la respiración entrecortada y la mirada oscurecida por la fijación.
—No gimas así si no quieres que me desespere más de lo que ya estoy —advirtió en un tono ronco.
Aquello hizo que me sonrojara aún más, pero la adrenalina y el impulso me ganaron. Sin pensarlo dos veces, enredé mis dedos en las hebras de su cabello castaño, jalándolo hacia mí para forzarlo a mirarme de frente, a escasos centímetros.
—Si nos besamos otra vez, será nuestra perdición —murmuró él, buscando una última pizca de autocontrol.
—No importa, eso no importa... solo bésame —le respondí en un susurro, cediendo por completo a la tensión.
Teo me tomó por la cintura, me cargó para incorporarme y se recostó él de espaldas contra las almohadas, dejándome sentada directamente encima de sus piernas. Nos envolvimos en un beso desesperado, un vaivén rápido donde nuestras respiraciones se mezclaban. Moví mi cadera buscando acomodarme y, al hacerlo, sentí una fuerte y marcada presión rígida justo debajo de mí. El contacto delató la intensidad de su reacción física, pero lejos de detenerme, comencé a moverme en círculos lentos sobre su regazo, tensando los músculos de mi abdomen y sintiendo cómo el pulso se me aceleraba al límite. Estábamos completamente perdidos en el ritmo del otro.
De pronto, un grito ensordecedor desde la planta baja nos sacó del trance como un balde de agua fría.
—¡Valentina! ¡Teo! ¡Ya bajen a comer! —las voces unidas de María y de mi mamá retumbaron a través de la madera de la puerta.
Nos congelamos en el acto, con los corazones golpeándonos el pecho con violencia y la respiración completamente rota.
Nos arreglamos a toda velocidad, en medio de risas nerviosas y ahogadas mientras intentábamos recuperar el aliento. Me acomodé el vestido blanco, que había quedado completamente desarrugado, y me aseguré de acomodar los mechones sueltos de mi moño despeinado. Teo se pasó las manos por el cabello castaño para aplacarlo y se estiró la playera, tratando de recuperar su típica postura relajada. Nos miramos una última vez frente al espejo, todavía con las mejillas encendidas, y salimos del cuarto.
Al bajar las escaleras, intentamos que todo fluyera de la manera más normal posible. Nos dirigimos al comedor y nos sentamos a la mesa justo cuando nuestras mamás empezaban a colocar los platones de comida. Unos segundos después, mi papá y el señor Josué entraron desde el patio, riendo y limpiándose las manos con unas servilletas.
La distribución de la mesa solo sirvió para aumentar mis nervios: Teo se sentó justo al lado mío. A su izquierda se acomodaron su mamá y su papá; mientras que mis padres quedaron sentados justo en frente de nosotros.
—Espero que tengan hambre, porque cocinamos muchísimo —dijo mi mamá con una sonrisa, sirviendo las porciones de carne y ensalada.
Al principio, todos tomamos los cubiertos y empezamos a comer. Yo intentaba concentrarme en mi plato y mantener una conversación casual, pero a los pocos minutos, me resultó completamente imposible seguir tragando.
Por debajo de la mesa, sentí la mano grande y cálida de Teo apoyarse con total descaro sobre mi muslo.
Apreté los dientes por la sorpresa, conteniendo un respingo. Su palma comenzó a deslizarse lentamente por la tela de mi vestido blanco, acariciando la piel de mis piernas con movimientos pausados y sutiles, pero cargados de una firmeza que me hizo tensar todo el cuerpo. Miré de reojo a Teo; el muy maldito seguía cortando su carne con total tranquilidad, prestando atención a lo que hablaban los adultos como si su mano izquierda no estuviera provocando un incendio debajo del mantel. Intenté apartar la pierna sutilmente, pero él ejerció un poco más de presión, recordándome exactamente lo que había pasado en mi habitación hace apenas unos instantes.