El Chico De Mis Pesadillas

capitulo 13

El lunes por la mañana llegó más rápido de lo que hubiera querido, y con él, el regreso a la cruda realidad del instituto. El despertador sonó temprano y me levanté sintiendo una mezcla extraña de flojera y pura adrenalina. Me puse el uniforme de la preparatoria, me arreglé el cabello en mi clásica coleta alta y bajé corriendo.

Como ya era una tradición religiosa, salí a la acera a esperar a Sofía para caminar juntas hacia la escuela. El sol de la mañana ya empezaba a calentar el ambiente, haciendo brillar su cabello albino en cuanto cruzó su reja para unirse a mí.

—¡Valen! No sabes el fin de semana que tuve —empezó Sofía con los ojos superbrillantes, tomándome del brazo en cuanto empezamos a caminar—. Sebastián me mandó mensajes toda la noche del sábado y ayer domingo también. Es increíble, de verdad. No tiene nada que ver con el idiota que aparenta ser cuando está con Teo y los demás.

—Te lo dije, Sofi. A veces la gente sorprende —le respondí con una sonrisa disimulada, mordiéndome la lengua para no soltarle que yo también había tenido un fin de semana completamente surrealista con el líder de ese grupo.

Al cruzar las puertas dobles de cristal de la preparatoria, el caos de siempre nos envolvió. Caminamos por el pasillo principal hacia la zona de los casilleros, donde Melanie y Chloe ya nos estaban esperando de brazos cruzados. Intercambiamos los saludos de rutina, pero la tranquilidad nos duró apenas unos segundos.

Giré la cabeza hacia la entrada principal. Caminando al frente del grupo venía Teo, midiendo su metro ochenta con esa parsimonia y superioridad que tanto lo caracterizaban. Llevaba la mochila colgada de un solo hombro y el mechón blanco le caía rebelde sobre la frente.

Nuestras miradas chocaron en medio del pasillo desierto de estudiantes que solo observaban la clásica rivalidad de nuestros bandos. Sin embargo, esta vez el ambiente no se sentía como una simple guerra escolar. El recuerdo del mensaje de anoche resonó en mi mente: «El que se enamore pierde».

Teo redujo el paso al quedar a nuestra altura. Me escaneó lentamente de arriba abajo con esos ojos hazel cargados de una malicia fría y deliberada, deteniéndose un segundo extra en mis labios. Entonces, levantó una ceja y me dedicó una sonrisa de suficiencia insoportable, como recordándome que el juego ya había comenzado oficialmente en su territorio.

Rodé los ojos con fuerza y me crucé de brazos, sosteniéndole la mirada con todo el descaro del mundo para demostrarle que no le tenía ni el más mínimo miedo a sus reglas.

Pasamos las primeras horas de clases en un limbo de aburrimiento total, pero la verdadera bomba estalló por la tarde, justo durante la clase de literatura. Como el salón ya estaba repleto, me tocó sentarme en la última fila, a solo unos asientos de distancia de Teo. Sentía su mirada clavada en mi nuca todo el tiempo, lo que me ponía los pelos de punta y hacía que me desconcentrara por completo de lo que anotaba el profesor en el pizarrón.

Sofía, Chloe y Melanie estaban sentadas unas filas más adelante. Desde que habíamos entrado al instituto esa mañana, las tres me habían estado lanzando miradas sospechosas. Notaban que estaba demasiado callada, que me sonrojaba de la nada cada vez que Teo se aclaraba la garganta atrás y que mi actitud con él ya no era la de siempre. Había algo raro en el ambiente y ellas, que me conocían como a la palma de su mano, no se iban a quedar con la duda.

A mitad de la clase, el profesor nos pidió que abriéramos el libro en una página específica. Aproveché ese momento para dejar mi teléfono sobre la paleta del pupitre, medio oculto debajo de mi cuaderno. Tenía tanta pereza y calor que me apoyé sobre el brazo, cabeceando un poco por la desvelada del fin de semana.

Fue el error más grande de mi vida.

Sofía le pidió permiso al profesor para ir a tirar una basura y, al pasar junto a mi asiento con total parsimonia, estiró la mano con una agilidad impresionante y me quitó el teléfono sin que yo me diera cuenta. Caminó de regreso a su lugar y se amontonó disimuladamente con Chloe y Melanie, usando sus cabellos para tapar la pantalla.

Como mi celular no tenía contraseña —porque siempre me daba flojera ponerla—, Sofía entró directo a la aplicación de mensajes. Chloe y Melanie se inclinaron tanto que casi chocan sus cabezas, con los ojos abiertos de par en par. Y ahí lo vieron. El último mensaje de la noche anterior, enviado por el mismísimo rey de la preparatoria:

Empieza nuestro juego, Valentina. El que se enamore pierde.

Y justo abajo, mi respuesta categórica:

Trato hecho.

—¡Oh, no...! —el susurro ahogado de Chloe fue lo suficientemente alto como para que un par de alumnos voltearan.

Melanie se tapó la boca con las dos manos para no soltar un grito de puro impacto, mientras que a Sofía casi se le cae el teléfono de las manos al leer las letras en la pantalla. Su mejor amiga y su peor enemigo tenían un pacto secreto. El bando enemigo se había metido directamente en el terreno más peligroso, y el juego acababa de ser descubierto.

Giré la cabeza justo en ese instante y vi la cara de absoluto espanto y emoción de las tres. Mi estómago dio un vuelco violento. Miré mi pupitre y me di cuenta de que mi celular ya no estaba.

En cuanto sonó la campana que anunciaba el final de la clase de literatura, mi corazón empezó a latir a mil por hora. Sofía, Chloe y Melanie se voltearon al mismo tiempo con los ojos como platos, sosteniendo mi teléfono como si fuera una granada a punto de estallar.

—A la cafetería. Ahora mismo —me ordenó Sofía en un susurro militar, agarrándome del brazo antes de que pudiera protestar o mirar atrás hacia donde Teo guardaba sus cosas con total tranquilidad.

Caminamos a paso rápido por los pasillos abarrotados. Yo sentía que la tierra me tragaba. Nos metimos a la cafetería, que ya estaba llena de mesas ocupadas, gente hablando a gritos y mochilas por todos lados. Tomamos nuestra mesa vacía de siempre, cerca de la ventana, y las tres se inclinaron hacia adelante, apoyando los codos en la madera. Estaban en absoluto shock.




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