El Chico De Mis Pesadillas

capitulo 14

—Ya saben qué pasa —soltó Jake de golpe, con una sonrisa de puro parásito que delataba que se estaba aguantando la risa desde hacía rato.

El silencio cayó como una bomba sobre la madera de la mesa. Chloe se congeló con el tenedor a mitad de camino, Melanie entornó los ojos con pura desconfianza y Sofía se enderezó de inmediato en su asiento, adoptando su postura defensiva del bando enemigo. Yo sentí que la sangre se me iba por completo a los pies. Miré a Teo de reojo, esperando ver el pánico en su rostro, pero el muy maldito seguía relajado, con el brazo apoyado en el respaldo de mi silla y una ceja levantada, analizando a su amigo.

—¿De qué carajos estás hablando, Jake? —le espetó Melanie, cruzándose de brazos y clavándole una mirada que habría derretido el hielo.

—Ay, por favor, no se hagan las santas —continuó Jake, inclinándose hacia adelante con total descaro, ganándose un codazo limpio en las costillas por parte de Martín para que se callara—. Todo el instituto sabe que el fin de semana las cosas cambiaron entre nuestros grupos. Sebastián no dejó el teléfono ni un segundo ayer por estar texteando con Sofía, y Martín casi se quema las cejas en tu parrilla, Melanie. Ya no somos los enemigos del pasillo, ¿o sí?

Solté el aire que estaba reteniendo en los pulmones, sintiendo un alivio ridículo. ¡Jake estaba hablando de la fiesta en el jardín de Sofía, no del mensaje secreto en mi celular! Miré a Sofía, quien se había puesto roja como un tomate en cuanto escuchó el nombre de Sebastián. El chico moreno de ojos verdes sonrió de lado, rascándose la nuca con cierta timidez, completamente expuesto por su amigo.

—Cállate la boca, Jake —masculló Sebastián con su voz tranquila, aunque la mirada fija que le dio decía otra cosa—. Nadie te pidió que fueras el vocero del grupo.

—Solo digo la verdad, Romeo —se defendió Jake, alzando las manos en son de paz mientras Chloe soltaba una risita floja a su lado—. Pasamos de tirarnos hate en los pasillos a compartir las Modelo y bailar bachata en el jardín. Hay que aceptar que la tregua empezó.

Teo aprovechó el alboroto y las risas de la mesa para inclinarse un milímetro más hacia mí. Sus dedos rozaron sutilmente la parte trasera de mi cuello, justo donde mi coleta alta dejaba la piel descubierta, enviándome un escalofrío violento por toda la columna.

—Vaya, vecina... —susurró cerca de mi oreja, con esa ronquera baja que me ponía los pelos de punta—. Parece que tu bando y el mío se están entendiendo mejor de lo que pensábamos. Pero nuestro trato sigue en pie, ¿verdad, minion?

Le sostuve la mirada con todo el descaro que pude reunir, clavando mis ojos en sus pupilas color avellana. Por debajo de la mesa, estiré mi pierna y presioné firmemente con la punta de mi tenis contra su tobillo, un golpe seco que lo hizo tensar la mandíbula de inmediato. Le dediqué mi sonrisa más fría y cargada de malicia deliberada.

—Trato hecho, Teo —le respondí en el mismo tono bajo—. Pero ten cuidado, no vaya a ser que el rey de la escuela termine pidiendo clemencia antes de las vacaciones.

De pronto, una sombra alta se proyectó sobre nuestra mesa, cortando el aire de golpe. El murmullo de la cafetería pareció disminuir a nuestro alrededor. Levanté la vista rápidamente, quitando mi tenis del tobillo de Teo por puro instinto, y me encontré con la figura del profesor de literatura, el señor Martínez. Llevaba sus habituales lentes sobre la punta de la nariz y sostenía un fajo de exámenes corregidos bajo el brazo.

Nos miró a los ocho, acomodándose las gafas con un dedo mientras paseaba su vista analítica por cada una de nuestras caras. Todos nos quedamos completamente petrificados, esperando algún regaño por el alboroto o la típica advertencia de que regresáramos a nuestros salones.

—Vaya, pero qué maravillosa estampa —dijo el profesor Martínez, arqueando una ceja con una solemnidad exagerada que delataba su ironía—. Las cuatro pesadillas del equipo de fútbol y el comité directivo del bando de las chicas compartiendo el pan y la sal en la misma mesa. ¿Debo preocuparme de que la preparatoria esté sufriendo una anomalía en el espacio-tiempo o es que finalmente la paz mundial ha llegado a los pasillos?

Jake soltó una risita floja, pero el profesor lo calló de inmediato con una mirada fulminante antes de clavar sus ojos hazel —muy parecidos a los de Teo— directamente en mí y luego en mi vecino.

—Solo espero, joven Teo y señorita Valentina, que esta repentina e histórica alianza vecinal que muestran en el comedor se traslade también a sus calificaciones de literatura —añadió el profesor, dibujando una pequeña sonrisa burlona en las comisuras de sus labios—. Porque si vuelven a pasar la mitad de la clase enviándose recaditos o discutiendo por quién se sienta en la última fila, los voy a poner a limpiar el laboratorio de química juntos durante todo el verano. Provecho, jóvenes.

El profesor se dio la vuelta con total parsimonia, alejándose con sus exámenes bajo el brazo entre la multitud de estudiantes.

La tensión de la mesa se rompió por completo. Jake se soltó a reír tan fuerte que casi se ahoga con su refresco, golpeando la mesa con el puño. Martín y Chloe se unieron a las carcajadas de inmediato, mientras que Melanie negaba con la cabeza pero con una sonrisa limpia que rara vez le mostraba al bando de los chicos. Sebastián soltó una risa corta, mirando a Sofía, quien se tapaba la cara con las manos para ocultar lo roja que se había puesto por el comentario del profesor.

Yo me quedé completamente helada, sintiendo que las mejillas me ardían de golpe. Teo, que seguía con el brazo apoyado en el respaldo de mi silla, soltó una risa ronca, esa risa baja que me ponía los pelos de punta. Se inclinó un milímetro más hacia mí, rozando mi coleta alta con su hombro.

—Ya escuchaste al profesor, Valentina —me susurró al oído con un descaro absoluto, aprovechando que todos seguían riéndose del chiste—. Si nos toca limpiar el laboratorio juntos en el verano... te prometo que el juego se va a poner mucho más interesante.




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