El lunes por la tarde, cuando las clases por fin terminaron y crucé la puerta principal de la preparatoria, caminé a paso rápido hacia mi casa intentando procesar todo el caos del almuerzo. El comentario del profesor Martínez y la cercanía de Teo en la cafetería me habían dejado el cerebro completamente frito. Necesitaba urgentemente tirarme en mi cama, ponerme los audífonos y olvidarme de la escuela por unas horas.
Sin embargo, en cuanto abrí la puerta principal de mi casa, el olor a desinfectante de pino y cera para pisos me golpeó de lleno. Parpadeé un par de veces, desconcertada, al ver a la señora María —la mamá de Teo— moviéndose de un lado a otro por la sala con un plumero y un trapo en la mano, limpiando la casa con un esmero que no tenía ningún sentido.
—Hola, señora María —la saludé, bajando mi mochila al suelo mientras fruncía el ceño—. ¿Qué pasa? ¿Por qué está limpiando todo?
Antes de que la mamá de Teo pudiera abrir la boca para responderme, el sonido de unos pasos apresurados resonó en el pasillo de arriba. Levanté la vista y casi me voy de espaldas. Mi papá y mi mamá venían bajando las escaleras a toda velocidad, cargando dos enormes maletas oscuras y vistiendo ropa formal de viaje, como si estuvieran a punto de salir corriendo hacia el aeropuerto.
—¡Al fin llegas, Valentina! —exclamó mi mamá, acercándose a mí para darme un beso rápido en la mejilla mientras se acomodaba el abrigo—. Qué bueno que no te entretuviste en los pasillos de la escuela.
—¿Qué está pasando? ¿A dónde van con todo eso? —pregunté, sintiendo que un presentimiento extraño me recorría el estómago.
Mi papá dejó las maletas cerca de la puerta principal, miró su reloj de muñeca con impaciencia y me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Hija, nos vamos una semana entera a Italia por un asunto urgente de trabajo —soltó mi papá como si fuera la cosa más normal del mundo—. Salió de imprevisto esta mañana y no podíamos rechazarlo. Estarás perfectamente bien aquí con la señora María cuidando la casa.
Me quedé en un absoluto y completo shock. No podía creerlo. Mis padres se iban a cruzar el océano entero durante siete días y me dejaban el aviso prácticamente encima del coche. Tardé unos segundos en recuperar el habla mientras asimilaba la noticia. Al ver que el taxi ya estaba tocando la bocina afuera, no me quedó más remedio que reaccionar. Me despedí de ellos con abrazos fuertes, les di la bendición deseándoles un buen viaje y les pedí que me avisaran en cuanto el avión aterrizara.
Cerré la puerta principal una vez que el auto se alejó, soltando un suspiro largo. Al menos tendría la casa sola para invitar a las chicas toda la semana, pensé con un deje de emoción. Pero el destino, como siempre, tenía otros planes para arruinar mi paz.
Antes de que pudiera poner un solo pie en las escaleras para subir a mi cuarto, la señora María dejó el plumero sobre la mesa, me miró con ternura y me soltó la bomba que me congeló la sangre:
—Tranquila, mijita, no vas a estar solita en esta casa tan grande —dijo la señora María con una sonrisa amable que me pareció la peor de mis pesadillas—. Teo se va a quedar a dormir aquí esta semana, así no pasas la noche sola ni te da miedo. Ya hablé con él y estuvo de acuerdo en venir a cuidarte.
Mi boca se abrió tanto que juré que casi toca el piso del comedor. ¿Teo? ¿Mi peor enemigo? ¿El chico del mensaje misterioso? ¿El que me había cargado contra la pared el sábado y me había tocado la pierna debajo de la mesa el domingo? ¿Durmiendo bajo mi mismo techo durante siete malditos días?
Sentí que el corazón me daba tres vuelcos violentos en el pecho, pero como no podía armar un berrinche frente a su madre sin levantar sospechas, me obligué a componer el rostro a la velocidad de la luz. Esbocé una sonrisa forzada y rígida mientras soltaba un hilo de voz:
—Ah... ok. Está bien, señora María. Muchas gracias.
Corrí escaleras arriba hacia mi habitación como si me viniera persiguiendo un fantasma. Cerré la puerta de golpe y me apoyé contra la madera, intentando que el aire regresara a mis pulmones. Esto era una locura absoluta.
Para calmar los nervios, me metí al baño y me di una ducha larga y relajante. Dejé que el agua caliente me quitara la tensión de la preparatoria y el impacto de la noticia. Al salir, decidí ponerme guapa por puro orgullo propio; busqué en mi armario y opté por un vestido bonito, ligero y de tirantes, que me sentaba espectacular.
En cuanto me cambié, tomé mi celular con las manos temblorosas y mandé un mensaje urgente al grupo de las chicas: «¡Alerta roja! Mis papás se fueron a Italia y Teo se va a quedar a dormir en mi casa toda la semana. ¡Auxilio!».
A los pocos segundos, la pantalla se llenó de notificaciones. Sofía y Melanie mandaron emojis de caras gritando, completamente impactadas por el chisme, y justo después Chloe respondió: «¡Voy para allá! Llego en una hora, no te mueras».
Dejé el teléfono sobre el colchón, respirando un poco más aliviada al saber que mi bando vendría a hacerme el aguante. Pero mi tranquilidad duró exactamente dos minutos.
¡Toc, toc!
Unos toques firmes en la madera de mi puerta me hicieron dar un brinco. Antes de que pudiera dar el permiso para pasar, la puerta se abrió con total parsimonia y la figura alta de Teo invadió mi santuario privado.
Entró con esa seguridad insoportable que me daba ganas de aventarle un zapato. Llevaba su mochila negra colgada de un hombro y vestía una playera oscura que le marcaba perfectamente la espalda. Caminó directo hacia mi escritorio sin pedir permiso, dejó caer la mochila pesadamente sobre la madera y se giró para mirarme con esos ojos hazel cargados de una diversión fría y peligrosa.
—Voy a salir con los chicos un rato. Nos vemos en la noche, Valentina —me anunció con su habitual voz ronca, arrastrando las palabras como si fuera el dueño absoluto de mi casa.