—¿Ya terminaste de sacar a todo tu bando, vecina? —soltó Teo con su habitual voz ronca, soltando una risa baja que retumbó en la sala silenciosa.
Se había quitado los tenis y estaba cómodamente recostado en el sofá principal, con las manos detrás de la cabeza y una pierna cruzada sobre la otra, mirándome con esos ojos hazel cargados de pura diversión. Se veía tan jodidamente exasperante y sexy a la vez que sentí cómo la sangre me volvía a subir al rostro.
—Cállate, Teo —le respondí, caminando hacia él mientras me cruzaba de brazos—. Bastante tuvimos con el espectáculo de Jake y las miradas raras de Sebastián con Sofía toda la tarde. Además, Chloe se quedó completamente noqueada en el sillón de mi cuarto, así que más te vale no hacer ni el más mínimo ruido.
Teo se incorporó lentamente. Se puso de pie, estirando su metro ochenta con esa parsimonia que ya empezaba a conocer de memoria, y caminó hacia mí sin prisa, acortando la distancia hasta que su sombra me cubrió por completo. El aroma a madera y menta de su piel me inundó los sentidos en un segundo, recordándome de golpe que estábamos completamente solos en la planta baja.
—¿Ah, sí? ¿Y si hago ruido qué vas a hacer, Valentina? —susurró, inclinándose un milímetro hacia mi cara, deteniendo la mirada fijamente en mis labios—. ¿Me vas a mandar a dormir al auto de Jake como dijiste frente a todos?
—Si es necesario, sí —le siseé, plantándole cara y negándome por completo a retroceder, aunque sentía que las rodillas me temblaban por la cercanía.
Teo soltó otra risa baja, pero esta vez no sonó burlona. Extendió su mano cálida y me tomó suavemente de la cintura, jalándome hacia su cuerpo firme con un movimiento rápido que me dejó sin aliento. Pegada a su pecho, pude sentir el ritmo acelerado de sus latidos. Su mano libre subió con lentitud por mi brazo, acariciando la piel descubierta por mi vestido blanco, provocándome un escalofrío violento que me erizó por completo.
—Eres muy valiente cuando tus amigas te están viendo, minion —murmuró cerca de mi oído, con una ronquera peligrosa—. Pero ahora que la casa está en silencio, apuestas a que estás temblando tanto como yo.
Iba a insultarlo, iba a empujarlo para recordar de quién era la casa, pero antes de que pudiera articular una sola palabra, Teo se inclinó y me atrapó en un beso desesperado, atrapándome por completo en su juego de nuevo.
Me separé de sus labios de golpe, intentando recuperar el aire que me faltaba y obligando a mi cerebro a reaccionar. Apoyé las manos contra su pecho firme, sintiendo el calor de su torso a través de la playera, y di un paso atrás para marcar distancia.
—Teo, ya —le dije, mirándolo con toda la seriedad que pude reunir, aunque por dentro sentía que el suelo me daba vueltas—. En serio, discúlpame. Me dejé llevar por el momento allá arriba en la habitación antes de que llegaran todos, y ahora otra vez... pero la verdad es que nosotros no podemos estar haciendo esto. Somos... bueno, ya sabes cómo son las cosas entre nuestros grupos en la escuela. Esto no está bien, somos enemigos declarados.
Teo dejó de sonreír de lado y me miró con una suavidad en sus ojos hazel que rara vez mostraba en público. Dio un paso corto hacia mí con esa parsimonia tan suya que me ponía nerviosa, acortando la distancia.
—Tranquila, minion, no te preocupes —susurró, usando ese apodo juguetón con una voz reconfortante—. Puedo guardar el secreto.
Antes de que pudiera responderle, Teo se acercó un poco más, me tomó suavemente del mentón con sus dedos cálidos y me robó un beso corto pero increíblemente tierno en los labios. No fue un beso desesperado como los anteriores, sino uno pausado, dulce, que me hizo cerrar los ojos por puro instinto y dejarme llevar una vez más por el roce de sus labios suaves.
Cuando se separó, me quedé mirándolo durante un segundo, completamente desarmada. Solté un suspiro largo, tratando de recuperar mi habitual postura defensiva para que mi cabeza no terminara de colapsar.
—Eres insoportable, Teo —le dije, rodando los ojos pero sin poder evitar que una pequeña sonrisa se me escapara.
Él soltó una risa ronca, de esas que me erizaban la piel, y se acomodó el mechón blanco que le caía rebelde sobre la frente.
—Y tú eres muy tierna, Valentina —respondió, mirándome con una fijeza que me hizo volver a colorear las mejillas.
Se dio la vuelta con total tranquilidad, tomó su mochila del escritorio y caminó hacia el pasillo para instalarse en la habitación de huéspedes del fondo, dejándome sola en la planta baja. Subí las escaleras en silencio, entré a mi cuarto con cuidado para no despertar a Chloe —que seguía completamente noqueada en mi sillón— y me metí entre las cobijas.
Pasaron unas horas. El silencio de mi casa se ponía cada vez más denso. Estaba mirando al techo, reviviendo cada maldito detalle del fin de semana, cuando la pantalla de mi teléfono iluminó la mesita de noche. Lo tomé con pereza, pero el nombre en la pantalla me hizo dar un brinco.
Teo:
Empieza nuestro juego, Valentina. El que se enamore pierde.
Me quedé estupefacta mirando las letras en la pantalla, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco violento. Una mezcla de rabia, orgullo y esa maldita adrenalina que solo él sabía provocarme me recorrió el cuerpo. Volteé los ojos con fuerza en la oscuridad, soltando una risa incrédula. Moví los dedos rápido sobre el teclado, negándome por completo a dejarme ganar por mi vecino.
Valentina:
Trato hecho.
Bloqueé el celular de golpe, lo dejé en la mesa y me acomodé de lado en la cama, cerrando los ojos para ponerme a dormir. El juego en mi propia casa ya había comenzado oficialmente, y yo no pensaba perder y aunque siempre el lo imponiera siempre lo iba aceptar .