A la mañana siguiente, me levanté arrastrando los pies y sintiendo los ojos pesados por la desvelada. Lo primero que hice fue mirar hacia el sillón de mi cuarto esperando ver a Chloe, pero para mi sorpresa, estaba completamente vacío. En su lugar, había una pequeña nota de papel doblada sobre el cojín.
La tomé con flojera y leí su letra apurada: «Valen, me tuve que ir supertemprano porque tenía unas cosas urgentes que hacer antes de ir al instituto. ¡Te veo allá, no te mueras con tu vecino!».
Solté un suspiro largo de alivio. Saber que no tendría que lidiar con las preguntas incómodas de mi amiga a primera hora de la mañana me tranquilizó por completo. Sin embargo, con la mente todavía nublada por el sueño, cometí el error más grande del día: me olvidé por completo de Teo.
Olvidé que compartíamos techo. Olvidé que estaba durmiendo en la habitación de huéspedes del fondo. Olvidé absolutamente todo.
Como estaba en mi propia casa y el calor ya empezaba a sentirse por la ventana, no me lo pensé dos veces. Me quedé únicamente en unos shorts de mezclilla sumamente cortos y en mi brasier negro de encaje. Con el cabello castaño totalmente alborotado por la cama, salí de mi cuarto y bajé las escaleras descalza, arrastrando los pies, directo a la cocina por un vaso de agua.
Estaba de espaldas a la entrada, sirviéndome el agua fresca frente al refrigerador, cuando escuché la puerta de la cocina abrirse con esa parsimonia que tanto odiaba.
Me giré de golpe con el vaso en la mano y el corazón se me detuvo en seco.
Teo acababa de entrar. Venía con unos shorts deportivos y una toalla colgada al cuello, con el cabello castaño un poco húmedo, delatando que venía de bañarse. En cuanto dio un paso hacia el centro de la cocina y sus ojos hazel se clavaron en mí, se quedó completamente petrificado a mitad de camino.
Su mirada aburrida desapareció en un milímetro. Recorrió lentamente mi cuello, bajó por mis hombros descubiertos y se detuvo fixamente en mi brasier negro, escaneando mis pechos grandes que apenas se contenían por la prenda. Vi perfectamente cómo la manzana de su Adán subía y bajaba mientras tragaba saliva con dificultad. La mandíbula se le tensó tanto que pareció de piedra, y una chispa de deseo puro, oscuro y concentrado encendió sus ojos avellana de golpe.
Pude notar el instante exacto en que a Teo le llegaron unos cuantos pensamientos bastante peligrosos a la cabeza; la forma en que sus puños se apretaron ligeramente a los costados delataba que se estaba debatiendo internamente entre mantener la tregua o tirar todo el autocontrol por la ventana. El silencio en la cocina se volvió tan denso y ardiente que casi se podía cortar con un cuchillo.
Me congelé, sintiendo que un calor violento me subía por todo el cuerpo, tiñéndome las mejillas de un rojo intenso bajo su mirada posesiva.
—Vaya, vecina... —soltó finalmente Teo con una voz extremadamente ronca, arrastrando las palabras mientras daba un paso lento hacia mí, acortando la distancia—. Veo que te gusta dar muy buenos días. Si lo que querías era volverme loco desde temprano, déjame decirte que lo estás logrando.
Sentí que la sangre me hervía y que las mejillas me ardían a mil grados bajo su mirada posesiva. El impacto de darme cuenta de cómo estaba vestida me golpeó de golpe en el cerebro.
—¡Estúpido! —le grité con la voz temblorosa por la furia y la vergüenza, tapándome el pecho con los brazos como pude.
Dejé el vaso de agua sobre la barra con un golpe seco que casi lo rompe, di media vuelta y salí disparada de la cocina a toda velocidad. Corrí escaleras arriba con el corazón golpeándome con fuerza el pecho, escuchando de fondo la risa ronca y divertida de Teo retumbando en la planta baja, lo que me dio más rabia todavía. ¡Maldito engreído!
Entré a mi habitación, cerré la puerta con llave de un solo golpe y me apoyé contra la madera intentando recuperar el aire. No me di ni un segundo para pensar en los pensamientos peligrosos que le habían cruzado por la cara. Me metí directo al baño, abrí la llave de la ducha y me metí bajo el agua fría para quitarme el calor del cuerpo y terminar de espabilarme. Tenía que apurarme si no quería llegar tarde al instituto por su culpa.
Salí de la ducha a toda velocidad, ignorando por completo los latidos frenéticos de mi corazón. Me vestí, me amarré el cabello castaño en mi clásica coleta alta, tomé mi mochila del escritorio y bajé las escaleras dispuesta a ignorar la existencia humana de mi vecino. No iba a esperarlo, ni mucho menos a pedirle que me llevara en su auto después de la humillación de la cocina. Salí de la casa dando un portazo y caminé a paso rápido las tres calles que me separaban del instituto, sintiendo que el aire fresco de la mañana por fin me enfriaba las mejillas.
Llegé al instituto con el tiempo justo. Al cruzar las puertas dobles de cristal, el caos habitual de los pasillos llenos de estudiantes corriendo de un lado a otro me envolvió de inmediato. Iba tan concentrada en mis propios pensamientos, maldiciendo internamente la sonrisa de suficiencia de Teo, que no presté la menor atención a lo que tenía enfrente.
De pronto, choqué de lleno contra un torso firme.
—¡Oye! —exclamé, pero el impacto fue tan repentino que perdí el equilibrio por completo.
Mis cuadernos salieron volando por el aire y yo terminé cayendo directo de culo contra el frío suelo de terrazo del pasillo principal. El golpe me dolió, pero mi orgullo sufrió el doble al notar cómo un par de estudiantes de primer año se detenían a mirar la escena.
—¡Dios mío, de verdad lo siento muchísimo! No te vi venir —dijo una voz masculina, suave y cargada de una preocupación genuina.
Levanté la vista lentamente, sobándome la espalda con una mueca de dolor. Frente a mí, agachado a mi altura para empezar a recoger mis hojas sueltas, había un chico que nunca antes había visto de cerca en los pasillos. Era alto, tenía el cabello castaño claro perfectamente peinado y unos ojos almendrados que me miraban con total pena. Llevaba una chaqueta universitaria que delataba que era de los grados superiores, pero su vibra era completamente diferente a la de los populares arrogantes que manejaban la escuela.