El Chico del Audi

2

El Audi se deslizaba por las avenidas con la suavidad de un barco. Susana se acomodó en el asiento, ya más relajada, mirando las luces que comenzaban a encenderse en los postes. El aire fresco de la tarde entraba por la ventanilla entreabierta, y el murmullo de la ciudad le daba una calma extraña.

Diego giró el volante con destreza, y de pronto sonrió como si hubiera recordado algo.

—Oye, ¿quieres que te muestre un camino más bonito?

—¿Cómo que más bonito? —preguntó ella, con una sonrisa divertida.

—Sí, uno que pasa por calles arboladas, con casas antiguas. No es el camino directo al centro, pero se siente como si estuvieras en otro lugar.

Susana dudó un instante.

—Bueno, no sé…

—No tardamos mucho más. Te lo prometo. ¿Tienes prisa?

Ella miró el celular. Tenía un mensaje pendiente de Nidia, su amiga. Tecleó rápido: “Voy a llegar un poco más tarde, espérame en la biblioteca”. Luego guardó el móvil.

—No, no tengo tanta prisa.

—Perfecto —dijo Diego con entusiasmo—. Te va a gustar, lo sé.

El Audi giró hacia una avenida amplia que desembocaba en calles menos transitadas. Los árboles se alzaban a los costados, dejando caer hojas secas que crujían bajo los neumáticos. El sol ya estaba bajo, y el cielo parecía pintado con tonos rosados y violetas.

—¿Ves? —dijo Diego, señalando hacia los costados—. Estas casas son de los años cuarenta. Me encanta cómo se ven las fachadas, con sus jardines grandes.

—Es cierto, son muy bonitas —admitió Susana, mirando hacia afuera.

—Siempre me imagino cómo sería vivir en una de esas. Salir a jugar en bicicleta, o hacer casas en los árboles.

Ella rio.

—Suena como algo muy infantil.

—Pues sí —respondió él con naturalidad, encogiéndose de hombros—. Pero lo bonito de imaginar no se acaba nunca, ¿no?

Susana lo miró de reojo. Había algo en esa frase que le pareció curioso, aunque lo interpretó como un rasgo de sensibilidad.

—Supongo que tienes razón.

—A veces siento que los adultos se olvidan de disfrutar lo simple —continuó él, con un gesto pensativo—. Están tan preocupados con trabajos, relaciones, deudas, que ya no se detienen a ver cosas bonitas.

—¿Y tú sí lo haces?

—Todo el tiempo. Por eso me gustan los paseos así.

Ella sonrió, sintiéndose extrañamente cómoda. Tal vez no era tan común encontrar chicos de su edad que hablaran de esa manera.

—¿Tú qué disfrutas más? —preguntó él, mirándola con atención—. O sea, ¿qué cosas pequeñas te hacen feliz?

—Mmm… —Susana pensó unos segundos—. Cuando llueve y estoy en casa con café. O cuando termino un libro y me queda dando vueltas la historia en la cabeza.

—¡Eso está genial! —dijo Diego con un brillo en los ojos, como si de verdad fuera la mejor respuesta que podía escuchar—. Yo también me emociono cuando termino un libro, aunque a veces me tardo mucho en leerlos.

—¿Qué lees?

—De todo. Una vez me clavé con un libro de aventuras, donde unos niños buscaban un tesoro escondido. Me lo acabé rapidísimo.

Ella rio.

—Suena como algo muy juvenil.

—¡Sí! —contestó él con entusiasmo—. Pero esas son las historias que más me atrapan. Es como si pudiera ser parte de ellas.

La conversación fluyó con ligereza. Diego hacía preguntas constantes, interesándose en todo: en su carrera, en sus amigos, en las películas que le gustaban, en sus materias favoritas. Susana notó que la escuchaba con una atención que pocas veces encontraba en alguien: asentía, la miraba de frente cuando respondía, sonreía como si cada palabra le resultara fascinante.

Ella comenzó a pensar que no era tan mala idea haber aceptado el aventón. Había algo en su manera de mirarla que la hacía sentir especial, como si él realmente quisiera conocerla y no solo pasar el rato.

—¿Sabes? —dijo Diego en un momento, mientras reducían la velocidad en una calle estrecha—. Me alegro de que no hayas encontrado taxi.

Susana rio suavemente.

—Bueno, yo también.

—Siento que te acabo de conocer, pero es como si ya te conociera de antes. ¿No te pasa?

Ella titubeó. Era una frase un poco cursi, pero la forma en que lo dijo sonaba sincera.

—Tal vez. A veces pasa.

—Es como cuando lees una historia y te identificas con un personaje. De pronto, lo sientes cercano aunque apenas lo conoces.

Ella lo miró y pensó en lo distinto que era a otros chicos. Su espontaneidad la desconcertaba, pero al mismo tiempo le parecía encantadora.

El auto se detuvo frente a una tiendita de barrio, con luces fluorescentes parpadeando.

—¿Quieres algo de tomar? —preguntó Diego.

—No sé, ¿tú vas a entrar?

—Sí, acompáñame.

Bajaron del coche. La tiendita olía a pan dulce y frituras. Diego caminó con pasos decididos hacia el refrigerador de refrescos y sacó una botella de agua y una de soda de naranja. Luego se detuvo frente a la estantería de dulces y sus ojos brillaron.

—¡Mira! —exclamó—. ¡Chicles de fresa, mis favoritos!

Tomó un par de paquetes y luego agarró unas paletas de colores.

—¿Quieres una?

Susana rio por lo bajo.

—No soy mucho de paletas.

—Entonces chicles. Estos son buenísimos. —Le extendió uno como si fuera un tesoro.

Ella lo tomó, divertida por su entusiasmo.

—Gracias.

—Me emocion un montón venir a estas tienditas y comprar dulces. —Se rio solo, mirando la bolsa—. Creo que todavía me emociona igual.

Pagaron y salieron de nuevo. Al subir al auto, Diego abrió un paquete de chicles y le ofreció a Susana. Luego encendió la radio y comenzó a cantar una canción pop de moda, desafinado pero con tanta energía que ella no pudo evitar reír.

—Cantas horrible —dijo ella, tapándose la cara entre risas.

—¡No importa! —contestó él, riéndose también—. Lo importante es disfrutar.

El coche siguió avanzando por calles tranquilas, llenas de árboles. El aire fresco entraba con aroma a jacarandas. Susana se recargó un poco en el asiento, sintiendo que la tarde se transformaba en algo especial, distinto a lo planeado.




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