El Chico del Audi

3

La noche terminó de caer mientras el Audi avanzaba entre calles cada vez más silenciosas.

Susana seguía entretenida con la conversación. Diego acababa de contarle una anécdota absurda sobre una bicicleta que había intentado reparar cuando tenía quince años, y ella se reía imaginando el desastre.

Sin embargo, después de varios minutos, algo comenzó a incomodarla.

Miró por la ventana.

Las casas ya no parecían las mismas.

Los jardines cuidados habían desaparecido. Ahora había terrenos más amplios, algunas construcciones aisladas y calles donde apenas circulaban otros vehículos.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿No se suponía que íbamos hacia el centro?

Diego mantuvo la vista al frente.

—Sí.

La respuesta fue tan breve que ella volvió a mirar el camino.

—Creo que ya no reconozco esta zona.

—Es normal.

—¿Normal?

—Sí. Mucha gente no la conoce.

Sonrió.

Pero aquella vez la sonrisa le pareció distinta.

Más difícil de interpretar.

Susana sacó el celular discretamente.

La pantalla se iluminó.

Sin batería.

Sintió un pequeño sobresalto.

—No puede ser...

—¿Qué pasó? —preguntó Diego.

—Mi teléfono se apagó.

—Qué mala suerte.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Como si no le sorprendiera.

Ella intentó ignorar la sensación incómoda que acababa de aparecer.

Seguramente estaba exagerando.

Después de todo, él había sido amable toda la tarde.

Le había comprado dulces.

La había escuchado hablar durante horas.

No parecía una mala persona.

Sin embargo, algo dentro de ella comenzaba a despertar.

Ese instinto silencioso que a veces aparece antes de que la razón encuentre una explicación.

Miró por el parabrisas.

La calle desembocaba en una carretera secundaria.

—Diego...

—¿Sí?

—¿Por qué vamos por aquí?

Él guardó silencio unos segundos.

Demasiados segundos.

Luego respondió:

—Porque quería enseñarte algo.

Susana sintió cómo se tensaban sus hombros.

—¿Qué cosa?

—Un lugar.

—¿Qué lugar?

—Ya verás.

La respuesta no le gustó.

En absoluto.

—Preferiría ir a la biblioteca.

Diego soltó una pequeña risa.

—Siempre tan responsable.

—Lo digo en serio.

Por primera vez desde que se habían conocido, él no respondió inmediatamente.

El silencio llenó el automóvil.

La radio seguía sonando muy bajo.

Una canción alegre.

Fuera del coche, en cambio, todo parecía cada vez más oscuro.

Susana observó las sombras de los árboles deslizándose sobre el camino.

Ya no veía negocios.

Ni peatones.

Ni paradas de autobús.

Nada.

Solo oscuridad.

Su corazón comenzó a latir más rápido.

—Diego.

—¿Sí?

—Quiero que demos la vuelta.

Él apretó ligeramente el volante.

Lo suficiente para que sus nudillos se pusieran blancos.

Después sonrió otra vez.

Aquella sonrisa amable.

La misma de toda la tarde.

Pero ahora ya no le transmitía tranquilidad.

—No te preocupes, Susana.

La voz salió suave.

Demasiado suave.

—Falta muy poco.

Ella tragó saliva.

Y por primera vez desde que había subido al Audi blanco frente al estadio, deseó no haber aceptado aquel aventón.




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