El Chico del Audi

4

El Audi abandonó la carretera secundaria y dobló por una calle estrecha.

Susana observó por la ventana.

Una reja metálica apareció entre los árboles.

Más allá se distinguían varios edificios de concreto de dos pisos, una cancha de básquetbol y un asta bandera iluminada por una lámpara amarillenta.

El coche se detuvo.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

Diego sonrió.

—Mi lugar favorito.

Susana sintió un escalofrío.

—¿Una escuela?

—Una secundaria.

Apagó el motor.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

La escuela estaba completamente vacía. Las ventanas oscuras parecían observarlos desde los edificios silenciosos.

—¿Por qué estamos aquí? —preguntó ella.

Diego parecía emocionado.

Como un niño que estaba a punto de mostrar un juguete nuevo.

—Porque me gusta venir.

—¿Por las noches?

—A veces.

Abrió la puerta y salió del coche.

Luego rodeó el vehículo y abrió la puerta del copiloto.

—Ven.

—Creo que ya debería irme.

—Solo unos minutos.

La sonrisa seguía ahí.

Pero ahora Susana comenzaba a notar algo raro.

No parecía una invitación.

Parecía una expectativa.

Como si para Diego fuera imposible imaginar que ella pudiera negarse.

—Diego...

—Te va a gustar.

Finalmente ella bajó.

La reja principal estaba cerrada, pero una puerta lateral permanecía entreabierta.

Diego caminó hacia ella con total naturalidad.

—¿Cómo entras aquí?

—Me dejan pasar.

La respuesta fue extraña.

No explicó nada.

Simplemente la dio por terminada.

Atravesaron el acceso.

El patio estaba vacío.

Las hojas secas se arrastraban por el cemento impulsadas por el viento.

En algún lugar lejano ladró un perro.

Susana cruzó los brazos.

—Esto es muy raro.

—¿Por qué?

—Porque sí.

Diego parecía genuinamente confundido.

—Las escuelas son bonitas.

—De día.

—También de noche.

Comenzó a caminar por la cancha.

—Aquí jugábamos.

Señaló una portería.

—Y allá hacíamos equipos.

Su voz había cambiado.

Ahora sonaba más joven.

Más entusiasmada.

Como si estuviera reviviendo recuerdos que para él seguían ocurriendo.

Susana lo observó.

Había algo profundamente inquietante en aquello.

No porque estuviera siendo agresivo.

Sino porque parecía vivir en una realidad distinta.

—¿Vienes mucho aquí? —preguntó.

—Cuando quiero pensar.

—¿Pensar en qué?

Diego la miró.

—En nosotros.

El estómago de Susana se tensó.

—¿Nosotros?

—Sí.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Diego, nos conocimos hace unas horas.

—Lo sé.

—Entonces no existe un "nosotros".

Él pareció meditarlo.

Como si estuviera intentando resolver una operación matemática complicada.

—Sí existe.

—No.

—Claro que sí.

La tranquilidad con que lo dijo resultó más inquietante que cualquier discusión.

Diego caminó hasta una banca de concreto.

—Siéntate.

Ella permaneció de pie.

—Prefiero no hacerlo.

—Está bien.

Él se sentó solo.

Balanceó ligeramente los pies como un estudiante esperando el inicio de clases.

—Siempre imaginé que traería a mi novia aquí.

Susana sintió un vacío en el pecho.

—Yo no soy tu novia.

—Todavía no.

La respuesta fue inmediata.

Natural.

Como si hablara del clima.

—Diego...

—Podríamos venir los sábados.

Sonrió mientras observaba la cancha.

—Comer dulces.

—Diego.

—Y sentarnos aquí.

Ella ya no intentaba ocultar su incomodidad.

—Escúchame.

Él siguió hablando.

—Los novios hacen cosas juntos.

Van a lugares especiales.

Tienen secretos.

Comparten canciones.

A veces se toman fotos.

Su voz era suave.

Alegre.

Pero cada palabra hacía que Susana sintiera más frío.

—Nosotros no somos novios.

—Podríamos serlo.

—No.

—¿Por qué no?

La pregunta sonó sincera.

Como la de un niño que no comprende una regla.

—Porque apenas te conozco.

Diego bajó la vista.

Pensativo.

Durante unos segundos reinó el silencio.

Luego sonrió otra vez.

Pero aquella sonrisa ya no tenía nada de amistosa.

No porque fuera agresiva.

Sino porque parecía completamente desconectada de lo que ella acababa de decir.

Como si sus palabras no hubieran importado.

Como si la respuesta ya estuviera decidida desde antes.

—Está bien —dijo finalmente.

Susana sintió un pequeño alivio.

Hasta que él agregó:

—Tienes razón.

Todavía no me conoces lo suficiente.

Levantó la vista hacia ella.

Los ojos claros brillaron bajo la luz amarilla del patio vacío.

—Pero tendremos tiempo.

Mucho tiempo.

Y por primera vez desde que lo había conocido, Susana dejó de sentirse incómoda.

Ahora estaba asustada.




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