El Chico del Audi

5

El silencio del patio parecía más pesado que unos minutos antes.

Susana permanecía de pie junto a la banca.

Diego seguía sentado.

Sonriendo.

Como si acabaran de tener una conversación agradable.

Como si ella no hubiera sentido un escalofrío recorriéndole toda la espalda cuando escuchó aquellas palabras.

"Tendremos tiempo."

No sonaban como una promesa.

Sonaban como algo decidido.

Algo inevitable.

—Diego... —dijo intentando mantener la calma—. Ya es tarde. De verdad necesito irme.

—Sí.

—Entonces vámonos.

—Podemos irnos después.

La respuesta fue suave.

Tranquila.

Demasiado tranquila.

Susana observó la salida de la escuela.

La puerta lateral estaba a unos cincuenta metros.

No era mucha distancia.

Pero por primera vez se preguntó si Diego la dejaría llegar hasta ella.

—Mi amiga me está esperando.

—Ya le escribiste.

—Sí, pero...

—Le dijiste que llegarías tarde.

El corazón de Susana dio un vuelco.

Ella jamás le había contado exactamente qué mensaje había enviado.

Diego sonrió.

—Te vi cuando lo escribiste.

La explicación era sencilla.

Y aun así la hizo sentir peor.

Porque demostraba cuánto la había estado observando.

—Diego, necesito regresar.

—¿Por qué estás nerviosa?

—No estoy nerviosa.

—Sí estás nerviosa.

Se puso de pie.

—Cuando estás nerviosa te tocas el collar.

Instintivamente Susana apartó la mano de su cuello.

No había notado que estaba jugando con la cadena desde hacía varios minutos.

Diego soltó una pequeña risa.

—¿Ves?

La distancia entre ellos parecía reducirse.

Aunque ninguno se hubiera movido.

—Creo que me voy a ir caminando.

—No.

La palabra salió tan rápido que Susana sintió un vacío en el estómago.

Por primera vez.

Una negativa directa.

—¿No?

—No quiero que te vayas enojada.

—No estoy enojada.

—Entonces quédate.

—No.

El silencio que siguió pareció eterno.

Diego ladeó la cabeza.

Como un niño confundido.

—¿Hice algo malo?

—Quiero irme.

—Eso no responde mi pregunta.

Susana comenzó a caminar.

Despacio.

Sin correr.

Sin mostrar pánico.

Hacia la puerta lateral.

Escuchó pasos detrás de ella.

Diego.

—¿Susana?

Ella siguió caminando.

—Susana.

La voz seguía sonando amable.

—No me gusta cuando la gente se va sin despedirse.

Ella aceleró un poco.

—Susana.

Más cerca.

—No me ignores.

El miedo comenzó a abrirse paso dentro de ella.

No como un golpe.

Sino como una inundación lenta.

Cada vez más grande.

Cada vez más difícil de contener.

Cuando llegó a la puerta lateral intentó empujarla.

No se movió.

Volvió a intentarlo.

Nada.

La puerta estaba cerrada.

El pánico le atravesó el pecho.

—¿Qué pasa?

La voz de Diego sonó a pocos metros.

Ella giró.

Él seguía sonriendo.

—La cerraron hace rato.

—¿Qué?

—La puerta.

Susana sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

—¿Cómo salimos?

—Por otro lado.

—¿Dónde?

Diego señaló hacia los edificios.

—Hay otra salida.

—Entonces vamos.

—Claro.

Pero no comenzó a caminar.

Simplemente siguió observándola.

Sonriendo.

Como si disfrutara algo.

Como si aquello fuera un juego.

Y entonces Susana comprendió algo horrible.

No sabía dónde estaba la otra salida.

Solo Diego lo sabía.

Retrocedió un paso.

Luego otro.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Alejarte.

La sonrisa desapareció por primera vez.

—No me gusta.

Susana giró.

Y corrió.

El sonido de sus tenis golpeando el concreto resonó en todo el patio.

Atravesó la cancha.

Pasó junto a los salones oscuros.

Escuchó la voz de Diego detrás de ella.

No gritando.

No enfadada.

Peor.

Divertida.

—¡Estamos jugando!

Aquello hizo que el terror se disparara dentro de ella.

—¡Susana!

Corrió más rápido.

Las ventanas reflejaban sombras distorsionadas.

Las puertas de los salones aparecían abiertas como bocas negras.

Giró en un pasillo.

Escuchó pasos detrás.

No muy rápidos.

Como si él no tuviera prisa.

—¡No te escondas!

La voz rebotó entre las paredes.

—¡Te voy a encontrar!

Susana entró en un aula.

Empujó la puerta.

La cerró.

Corrió hasta el fondo.

Su respiración era tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa.

Oscuridad.

Pupitres.

Un pizarrón.

El olor a polvo.

Se agachó detrás del escritorio del profesor.

Intentó controlar su respiración.

Intentó pensar.

Necesitaba una salida.

Necesitaba ayuda.

Necesitaba despertar de aquello.

Pasos.

Afuera.

Lentos.

Tranquilos.

La puerta no se abrió.

Los pasos continuaron.

Luego la voz.

Muy cerca.

—Susana.

Ella se tapó la boca.

—No es divertido si te escondes tan rápido.

Silencio.

—¿Sabes qué me gustaba cuando era niño?

Ella cerró los ojos.

—Las escondidas.

Los pasos continuaron avanzando por el corredor.

—Siempre encontraba a todos.

La voz comenzó a alejarse.

Finalmente desapareció.

Susana esperó.

Uno.

Dos.

Cinco minutos.

No estaba segura.

El tiempo parecía roto.

Cuando reunió valor se levantó.

Abrió la puerta apenas unos centímetros.

El corredor estaba vacío.

Salió.

Comenzó a avanzar.

Intentando no hacer ruido.

El edificio parecía un laberinto.

Escaleras.

Patios interiores.

Pasillos.

Puertas.

Todo igual.




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