Susana corría.
Ya no sabía hacia dónde.
Había dejado de intentar orientarse varios minutos atrás.
Los edificios de la secundaria se habían convertido en un laberinto de concreto, sombras y puertas idénticas.
Cada esquina parecía llevar a otro pasillo.
Cada pasillo desembocaba en otro patio.
Y detrás de ella, siempre detrás de ella, estaba Diego.
No corría.
Eso era lo peor.
No necesitaba correr.
Su voz aparecía una y otra vez en la oscuridad.
A veces cerca.
A veces lejos.
Como si disfrutara el juego.
Como si realmente creyera que aquello era un juego.
—¡Susana!
La joven se escondió detrás de una fila de casilleros oxidados.
Intentó recuperar el aliento.
El corazón parecía querer romperle las costillas.
Tenía las piernas temblando.
Las manos heladas.
Y una sensación horrible creciendo en su pecho.
La sensación de que Diego no entendía.
No entendía nada.
No entendía que ella estaba aterrada.
No entendía que quería irse.
No entendía que nunca había existido un "nosotros".
—¡Susana!
La voz resonó en el patio.
—¿Dónde estás?
Ella cerró los ojos.
Escuchó pasos.
Lentos.
Relajados.
Como si paseara.
—No tienes que esconderte.
Los pasos continuaron.
—Ya pensé en muchas cosas para nosotros.
Susana sintió un nudo en la garganta.
La voz sonaba cada vez más cerca.
—Podemos venir aquí todos los sábados.
Silencio.
Paso.
Paso.
Paso.
—Y después comprar dulces.
Otro paso.
—Y ver películas.
Otro.
—Y te enseñaría todos mis lugares favoritos.
Susana se tapó la boca para no sollozar.
—Y cuando seas mi novia te voy a presentar a mi mamá.
Aquello la estremeció.
No porque fuera una amenaza.
Porque lo decía completamente en serio.
Como un niño que habla del futuro después de conocer a alguien en el recreo.
—Le vas a caer muy bien.
Los pasos se acercaron.
—Porque eres bonita.
Más cerca.
—Y porque te gustan los libros.
Más cerca.
—Y porque no te burlaste de mis historias.
Susana vio una sombra cruzar al otro lado del pasillo.
Estaba muy cerca.
Demasiado.
Esperó.
Contuvo la respiración.
La sombra desapareció.
Entonces corrió.
Salió de su escondite.
Atravesó el patio.
Subió unas escaleras.
Entró en otro edificio.
Los pulmones le ardían.
Las piernas le pesaban.
Pero el miedo seguía empujándola.
Llegó al segundo piso.
Los corredores estaban vacíos.
Oscuros.
Silenciosos.
Corrió hasta el final.
Intentó abrir una puerta.
Cerrada.
Otra.
Cerrada.
Otra.
Nada.
Entonces escuchó una voz abajo.
—¡Te escuché!
Susana sintió que el estómago se le hundía.
—¡Estás arriba!
Los pasos comenzaron a subir las escaleras.
Ella echó a correr.
El corredor terminaba en una terraza pequeña que daba al patio central.
No había salida.
Ninguna.
Se quedó paralizada.
Miró alrededor.
Rejas.
Muros.
Oscuridad.
Y la única entrada era el corredor por donde Diego estaba llegando.
El pánico la golpeó como una ola.
Retrocedió hasta quedar pegada a la barandilla.
Los pasos se acercaban.
Lentos.
Constantes.
Finalmente apareció.
Diego.
Con las manos en los bolsillos.
Sonriendo.
Como si acabara de encontrar a alguien durante una tarde de juegos.
—Te encontré.
Susana sintió lágrimas correr por sus mejillas.
—Déjame ir.
Diego inclinó la cabeza.
—¿Por qué lloras?
—Por favor.
—No entiendo.
Dio un paso adelante.
—La estamos pasando bien.
—No.
—Sí.
—¡No!
El grito resonó por toda la escuela.
Diego pareció confundido.
Genuinamente confundido.
Como si no pudiera comprender la diferencia entre su realidad y la de ella.
—Yo sí la estoy pasando bien.
Otro paso.
—Y creo que tú también.
—¡No!
—Claro que sí.
Otro paso.
—Solo estás nerviosa.
Otro.
—A veces las niñas se ponen nerviosas cuando les gusta alguien.
Susana sintió náuseas.
—Estás loco.
Aquello pareció herirlo.
Por primera vez.
La sonrisa desapareció.
—No digas eso.
—Déjame ir.
—No me gusta cuando me dicen eso.
—¡Quiero irme!
Diego bajó la mirada.
Como un niño regañado.
Permaneció así unos segundos.
Luego volvió a levantar la vista.
—Pero todavía no te he contado todo.
Susana no respondió.
—Vamos a hacer muchas cosas.
Su voz volvió a llenarse de entusiasmo.
—Podemos ir al zoológico.
—...
—Y a la feria.
—...
—Y te enseñaré mi colección de cómics.
—...
—Y cuando sea tu cumpleaños te voy a regalar algo enorme.
Susana apenas podía creer lo que escuchaba.
—Y podríamos tener una casa.
Sonrió.
—Con un jardín.
—Diego...
—Y un perro.
—Por favor...
—Tal vez dos perros.
La distancia entre ellos era cada vez menor.
—Y cuando seas mi esposa...
Aquella palabra le provocó escalofríos.
—...podríamos desayunar juntos todos los días.
Un paso más.
Ya estaba demasiado cerca.
—Y nadie tendría que irse nunca.
Susana sintió que el terror alcanzaba su punto máximo.
Ya no sabía qué hacer.
No había salida.
No había ayuda.
No había nadie.
Solo aquel muchacho sonriente que hablaba de amor mientras ella sentía auténtico pánico.
Entonces ocurrió algo.
Un sonido.
Una melodía.
Un teléfono.
Diego se detuvo.
Parpadeó.
Sacó el celular de su bolsillo.