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Me encontraba observando hasta donde mi vista era capaz de alcanzar. Viendo la gran cantidad de edificios que se perdían en el horizonte. Algunas infraestructuras altas, otras medianas y pequeñas... Pero todas grises.
Odiaba esa ciudad, aborrecía esa monótona y repetitiva vida. Mis ojos parpadeaban lentamente, deseando la aparición de algún elemento o suceso que rompiera ese triste y cenizoso paisaje. Pensando que, en el fondo, yo encajaba en él, como si reflejara mi persona.
Si tuviera que describirme o al menos presentarme, diría que soy...
¡Alegre, sonriente, inteligente, amigable, extrovertido y positivo en la vida!
A quien quiero engañar..., soy todo lo contrario a lo anterior dicho. Estas cualidades encajan más en la forma de ser de mi único amigo, quien admiro y odio por partes iguales.
En ese entonces vivía en la parte norte de la ciudad. No solía haber demasiada gente ni tráfico, por lo que era una zona perfecta para una persona tranquila como yo.
Las universidades y las escuelas se amontonaban en unas calles más abajo, por lo que algunas veces, por no decir pocas, se podían ver pasear estudiantes. Algunos retornando a sus casas después de un arduo día de clases o salir a comer con sus amigos. Cada vez que los veía me invadía una nostalgia, recordando mis días de niño, aunque tampoco es que fuera un viejo.
Vivía en mi antiguo apartamento, un lugar pequeño y acogedor, a su manera. Ubicado en el segundo piso de uno de los pequeños bloques del largo y estrecho vecindario. Una calle de derecha a izquierda, considerada una de las más largas, donde si la recorrieras podías llegar desde las afueras hasta el centro urbanístico del municipio.
Y no faltaría más que hablar de mi balcón, mi estrecho y reconfortante espacio de tranquilidad. El lugar donde me pasaba mucho de mí, algo escaso, tiempo libre. Donde ordenaba y mantenía a raya mis desordenados pensamientos en paz, sin el odioso ruido de mis vecinos. Sin esas vocecillas y ese retumbar de pasos que se oía cuando alguien subía por las escaleras, o cuando el amigable vecino de arriba empezaba a poner sus molestas músicas clásicas.
No tengo nada en contra con relación a ese estilo concreto de música, pero ya llega un punto, que poner la misma sinfonía una y otra vez mi mente ya empezaba a despreciarla.
Suspiré, dejando ir un poco de mis tensos hombros en el aire. Era un día aburrido, como todos los anteriores. Me apoyaba tediosamente en la oscura barandilla de metal, frío ante la llegada del invierno, mientras encendía un cigarrillo y exhalaba lentamente.
Hacía tiempo que deseaba dejarlo, pero no tenía la voluntad necesaria para hacerlo. Por no decir, que escaseaba de voluntad en general.
Estudiaba en casa, en una Universidad extranjera que asistía de manera online, y donde, una vez al año, asistía presencialmente durante el verano, con la opción de llevar acompañante, cosa que nunca hacía. Era mi tercer año y me sentía igual de aburrido como en el primero. Las clases solo eran por las mañanas, mientras que por la tarde trabajaba en una cafetería como camarero o cocinero de postres. No se me daba mal, pero tampoco me daba algún tipo de sentimiento satisfactorio. Solo lo hacía para ganar dinero, nada más.
Era inicios de octubre, y el frío se intercalaba por mi cuerpo, obligándome a salir con chaqueta y térmica en mis salidas rutinarias al balcón. Acompañado de unos guantes, para así evitar, en vano, que se me congelarán las manos.
Siempre he pensado que el color gris es un color triste, apagado, sin alma... Que me iba a perseguir en todos los días de mi vida, hasta llegar en mi tumba. Donde al final encontraría que la muerte misma era de ese color y no negro, como muchos dicen.
Mi mirada grisácea observa el paisaje, admirando de forma cansina la gran cantidad de tonalidades cenizosas que había, ¿qué podía ser más aburrido y triste que eso?
.
.
Hasta que un día, algo llamó mi atención, destacando por encima de ese entorno.
Con pasos apresurados y con confianza había un chico. Que avanzaba con rapidez entre esa calle fantasmal, con una gran carpeta que se balanceaba ante su andar. Su ropa, toda oscura y negra, hacía que un elemento, algo curioso a mi parecer, resaltara ante ese oscuro personaje. Un ostentoso pañuelo rojo brillante, que le tapaba la mayor parte del rostro. Solo sus ojos eran capaces de sobresalir, los cuales, ante mi lejanía, era incapaz de ver. Su mirada bajada, observando la guiñada acera, parecía como si le fuera incapaz de levantarla. El viento se movía con fuerza, despeinando su castaño cabello que se movía de forma errática contra este.
"Curioso"
Pensé al exhalar el humo que mis pulmones me obligaban a soltar lentamente, juntándose con mi aliento y el frío del entorno. Terminando así mi cigarrillo y lanzarlo al suelo y pisarlo, donde en cuando el viento y el tiempo me lo permitiera, lo limpiaría.
Y entré, sintiendo el frío y solitario lugar al que llamaba hogar, para seguir con mi aburrida vida. A menos que ocurriera un giro inesperado.
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Editado: 01.11.2026