¿Cómo fue mi primer amor? Nocturno. Insomne.
Eran las 3 a.m. en una calle solitaria de Quito, esperando un bus que nunca pasaba. Yo, con mis 18 años y expectativas a cuestas, vagaba sin rumbo fijo, huyendo del silencio de mi cuarto. De repente, ¡zas!, un paraguas negro se abrió sobre mí, desafiando la llovizna helada de la sierra.
—¿Te mojas? —dijo él, con una sonrisa torcida y ojos que brillaban bajo la farola amarilla.
No lo conocía. Alto, desgarbado, con capucha y mochila vieja. Olía a noche fresca y cigarro apagado.
—Erlia —me presenté, como si importara a esa hora.
—Lucas. Y no espanto... mucho.
Charlamos en la parada vacía, con el eco de un perro lejano. Habló de sueños rotos, de ignorar expectativas y caminar sin destino. Reí por primera vez en meses, olvidando el frío. Su mano rozó la mía al ofrecer calor; el mundo se pausó.
Pero al alba, desapareció. Sin número, sin adiós. Solo quedó el paraguas —recostado contra el banco— y un vacío nuevo. ¿Sueño urbano? ¿Realidad?
Ahora, despierto. ¿Y si lo soñé?