Narrado por Erlia:
Eran las 3 a.m. en una calle solitaria de Quito. Otra noche de insomnio, de expectativas que me ahogaban en la cama. Salí sin pensar, con la chaqueta vieja y el corazón latiendo fuerte, hacia la parada de bus desierta. La llovizna helada me golpeaba la cara cuando, ¡zas!, un paraguas negro se abrió sobre mí.
—¿Te mojas? —dijo una voz suave, con una sonrisa torcida que brillaba bajo la farola.
No lo conocía. Alto, desgarbado, con capucha y mochila vieja. Olía a noche fresca y cigarro apagado.
—Erlia —murmuré, tensa.
—Lucas. Y no espanto... mucho.
Silencio primero. Solo el goteo de la lluvia y mi respiración acelerada. Pero él no se fue. Se apoyó en el banco, casual, y preguntó:
—¿Qué te saca de la cama a estas horas? No pareces de las que buscan problemas.
Lo miré, sorprendida. Nadie preguntaba así, directo al hueso.
—Expectativas —confesé, bajando la guardia—. Familia, estudios, "ser alguien". Me asfixian. ¿Y tú?
Habló entonces, con voz calma que envolvía como el paraguas:
—Sueños que no encajan en moldes. Dejé la carrera porque no era mi historia. Ahora camino de noche, pienso mejor bajo las estrellas. Las expectativas son jaulas; hay que romperlas para volar.
Reí bajito, un sonido extraño a esa hora. Sus palabras eran espejo de mis pensamientos más oscuros.
—¿Y si rompo todo y me arrepiento? —pregunté, voz temblorosa.
—Entonces aprendes. Como las estrellas: brillan más después de la tormenta.
Hablamos una hora, quizás dos. De miedos disfrazados de deberes, de amores que no fueron, de ganas de huir al mar o las montañas. Su risa ronca calentaba más que el plástico húmedo. Su mano rozó la mía al gesticular; no me aparté. Me sentía vista, ligera, a gusto con este extraño como si nos conociéramos de siempre. El frío se evaporó; el mundo se redujo a esa parada iluminada.
Al alba, se levantó.
—Sigue la lluvia, Erlia. Te lleva a donde debes estar.
Desapareció en la niebla, dejando el paraguas con una nota: "No todo es rutina".
Me quedé temblando, no de frío, sino de algo nuevo. Vivo.
¿Regresará?