Narrado por Erlia:
Desperté sobresaltada, con el corazón galopando. La luz del alba se colaba por la ventana de mi cuarto en Quito. ¿Las 3 a.m.? ¿La parada desierta? ¿Lucas y su paraguas? Todo parecía un sueño febril, nacido del insomnio y mis rumiaciones eternas.
Me incorporé, frotándome los ojos. La chaqueta húmeda colgaba en la silla —sí, había salido—. Pero el frío en los huesos, la risa compartida, su roce... ¿invención mía? Reí nerviosa, sola en la habitación. "Demasiadas expectativas fritas te han dañado el cerebro, Erlia".
Entonces lo vi: el paraguas negro, recostado contra la pared. Mojado, con la nota garabateada: "No todo es rutina". El olor a cigarro apagado aún flotaba. No era sueño. Mi piel aún temblaba con su voz: "Sigue la lluvia".
Me levanté de un salto, sosteniendo el paraguas como prueba. ¿Quién era? ¿Cómo entró en mi vida —o en mi cabeza— así? El vacío de antes ahora era chispa. Vivo. Real.
Corrí a la ventana. La calle húmeda brillaba bajo el sol naciente. ¿Y si lo busco? ¿Y si fue real?
El día acababa de empezar, pero mi rutina... acababa de romperse.