Narrado por Lucas:
La vi tambalearse bajo la farola, pálida como la niebla. Habíamos hablado horas —de jaulas invisibles, de lluvias que lavan el alma— y su risa había sido mi brújula en esa noche eterna. Pero el frío de Quito calaba hondo.
—Erlia, estás ardiendo —dije, tocándole la frente. Fiebre alta. Demasiado insomnio, demasiada emoción para una desconocida que ya se sentía eterna.
Se apoyó en mí, piernas flojas. Sin pensarlo, me agaché:
—Sube. Te llevo.
Ella rió débil, un sonido roto pero dulce, y se aferró a mi espalda. Su peso ligero, su aliento caliente en mi cuello, su corazón latiendo contra el mío. Caminamos así por calles vacías —yo con el paraguas en una mano, ella murmurando sueños rotos: "Expectativas... no todo rutina..."— hasta su puerta.
Golpeé fuerte. Luces adentro. Voces preocupadas. Su madre abrió, horrorizada al ver a su hija en mi espalda, cargada como un tesoro frágil por este extraño con mochila de vagabundo.
—Fiebre. Se desmayó en la parada. Necesita cama caliente —dije, bajándola con cuidado a brazos de su madre. Ella apenas consciente, aferrada aún a mi chaqueta.
No preguntaron; el shock los silenció. Dejé el paraguas en el umbral con una nota rápida: "No todo es rutina". Me fui en la niebla, su calor aún en mi espalda.
A las 5:30 a.m., Quito despertaba. Pero yo ya planeaba volver a esa parada. Su risa me había marcado más que la lluvia.
¿Y si ella sale a buscarme?