El chico del Paraguas

CAPITULO 6

Erlia

Erlia despertó con el sol filtrándose por las cortinas raídas de su habitación en Quito, el cuerpo pesado como plomo derretido. Tres días habían pasado desde la farola, desde el extraño de mochila vagabunda que la cargó como un secreto a través de la niebla. Su madre aún la miraba con ojos de interrogatorio silencioso, pero Erlia esquivaba las preguntas, guardando esa noche como un talismán bajo la almohada.

Muchacha responsable desde siempre, una deuda familiar que no era suya —heredada del padre ausente, un pozo de préstamos para un negocio fallido— la había lanzado a la vida adulta demasiado pronto. Pagos mensuales que devoraban su sueldo de la librería, facturas apiladas como sentencias. Cuidaba también de su hermanita Flor, de diez años, con trenzas desordenadas y ojos curiosos que preguntaban por qué la vida no era como en los cuentos. Su vida era un engranaje oxidado en la maquinaria de la rutina quiteña. Excelente estudiante en la PUCE, donde devoraba literatura con notas impecables —poesía simbolista, ensayos sobre jaulas invisibles de la modernidad—, pero no tenía tiempo para nada más. De lunes a viernes, se levantaba a las 6 a.m. en el pequeño departamento de La Floresta, compartido con su madre, Flor y un gato callejero llamado Sombra. Café negro, fuerte como los Andes; preparaba el desayuno de Flor antes del bus abarrotado a clases, y turnos extras en la librería El Árbol Caído por las tardes, catalogando tomos polvorientos mientras soñaba con escapes imposibles.

El insomnio la devoraba igual. Noches enteras con la ventana abierta al frío punzante, escribiendo en un cuaderno raído: fragmentos de sueños rotos, expectativas altísimas para quienes deberían ser importantes —familia, amigos cercanos, mentores— que nunca bastaban. Esas decepciones la carcomían: promesas vacías, apoyos que se evaporaban como lluvia en asfalto. "No todo es rutina", había garabateado él en esa nota junto al paraguas —palabras que ahora repetía como un mantra. Su risa esa noche, bajo la farola, había sido un quiebre: horas hablando de almas lavadas por tormentas, de vidas atrapadas en horarios y deudas. Lucas —así se presentó, con voz grave como trueno lejano— había sido un relámpago en su grisura perpetua.

Ahora, cada mañana en la parada del bus, escudriñaba las sombras. ¿Volvería el hombre de la mochila, con ojos que veían más allá de su palidez febril? Su corazón latía desbocado al recordarlo: su espalda ancha, el calor de su cuello contra su mejilla ardiente, el ritmo compartido de sus pasos en la niebla. La fiebre la había derribado, sí, pero fue la emoción —esa conexión efímera con un desconocido que sintió eterno— la que la dejó tambaleante.

En la librería, entre estantes torcidos, atendía clientes con sonrisas mecánicas, recomendando novelas de amores imposibles mientras su mente vagaba a esa parada. Su madre cocinaba sopa de maní los domingos, regañándola por las ojeras; Flor dibujaba flores en la mesa, soñando en voz alta; Sombra ronroneaba en su regazo, ajeno al torbellino. Deseaba hacer algo nuevo, romper el ciclo, pero no sabía cómo: el tiempo escaso, las deudas asfixiantes, las responsabilidades con Flor y su madre la ataban como cadenas invisibles.



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En el texto hay: vida sola, amigos falsos, mujer expresiva

Editado: 24.02.2026

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