El chico del Paraguas

CAPITULO 7

Lucas

Lucas no dormía. No desde el diagnóstico, tres meses atrás. Su madre, consumida por el cáncer que roía sus huesos como un lobo invisible, yacía en una cama improvisada en su modesto apartamento de La Carolina. Él, el hijo único, había dejado todo —la beca de actuación que acababa de ganar en la academia de actores de Quito, donde era de los mejores, con escenas que cautivaban como relámpagos; sus sueños de viajar por Sudamérica sobre escenarios; y su hobby por la fotografía, capturando nieblas quiteñas y rostros efímeros con una cámara vieja en la mochila— para cuidarla. Turnos de medicinas, sopas tibias a medianoche, noches velando su respiración entrecortada bajo la luz amarilla de Quito.

Esa noche, la misma de la farola, había sido el golpe final. A medianoche exacta, el doctor —un hombre hastiado con bata arrugada— la revisó en casa, palpando el vientre hinchado, escuchando el pulmón silbante. "Pocos meses, quizás menos", murmuró, con la frialdad de quien dice lo inevitable. Ella, pálida como cera, lo miró con ojos que aún ardían de vida. "Sé fuerte, Lucas. Busca un camino diferente. Esto —las noches velando, los pagos, el dolor— dejará de ser rutina. Vive más allá de mí, recupera esa beca, actúa como naciste para hacerlo". Apretó su mano con la fuerza de un último juramento. Él salió tambaleando, mochila al hombro por hábito de vagabundo —con la cámara dentro, testigo muda de su duelo—, caminando sin rumbo hasta la parada del bus en La Floresta. El frío quiteño calaba hondo, pero no tanto como el vacío en su pecho. Se sentó bajo la farola, fumando el último cigarrillo —no por vicio, sino para ahogar pensamientos—, cuando ella apareció: Erlia, tambaleándose, pálida como la niebla.

Hablaron horas —de jaulas invisibles, lluvias que lavan almas, expectativas rotas— y su risa fue un bálsamo en su noche eterna. La cargó hasta su puerta, su calor ligero contra su espalda un recordatorio fugaz de vida. Ahora, días después, regresaba a esa parada a las 5:30 a.m., mientras Quito despertaba con bocinas y vendedores ambulantes. Su madre dormía, quizás soñando con los pocos meses que le quedaban. Él planeaba volver, no por rutina, sino porque la risa de Erlia lo había marcado más que la lluvia o el diagnóstico —un eco de las palabras de su madre. ¿Y si ella salía a buscarlo? En medio de su duelo, esa posibilidad era un hilo de luz.



#21320 en Otros
#6072 en Relatos cortos
#34146 en Novela romántica

En el texto hay: vida sola, amigos falsos, mujer expresiva

Editado: 24.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.