En el bullicioso patio de la universidad, bajo el sol que Quito regalaba entre nubes grises, los amigos de Erlia la acorralaron junto a la fuente seca. Camila, la de risa escandalosa y apuntes perfectos, la miró con ojos entrecerrados; Diego, el bromista eterno con arete de plata, tamborileaba los dedos en su mochila.
—Erlia, ¿qué te pasa? Ya no bostezas en clase, garabateas corazones en vez de fórmulas —dijo Camila, pinchándola con un lápiz—. ¿Es un chico? Cuéntanos, o te delato con la profe de literatura.
Erlia se sonrojó, recordando la guitarra de Lucas y esa "Guantanamera" que aún le vibraba en el pecho. Pero guardó el secreto de la parada y el parque, culpando al "aire fresco" de sus mañanas nuevas. Diego rio, ofreciéndole un mate de coca.
—No nos mientas, responsable de deudas ajenas. Ayer te vi sonriendo sola, como si la rutina se hubiera evaporado. ¿Es el de la beca de actuación que todos rumorean? Nah, tú eres la reina de los libros, no de príncipes mochileros.
Flor, que había llegado corriendo desde la escuela primaria cercana, se coló en el grupo con su pelota desinflada. —¡Es un músico! —soltó por error, ganándose una mirada fulminante de Erlia. Los amigos estallaron en carcajadas, pero Camila insistió: —Sea quien sea, tráelo al próximo asado. Quito no perdona secretos.
Erlia sintió el peso de su deuda familiar aligerarse un poco con esas risas compartidas, pero el riesgo de que descubrieran a Lucas —su madre enferma, su hobby fotográfico oculto— la hacía latir más fuerte. Prometió pensarlo, mientras planeaba la próxima ruta con él. Los amigos eran su red, pero Lucas, su brújula.