Erlia salía apurada de la estación La Carolina del Metro, esquivando la marea de pasajeros bajo el sol naranja del atardecer quiteño, cuando lo vio: Lucas, con su mochila gastada y esa mirada melancólica, emergiendo de la multitud como un eco de su rutina rota. "¡Tú otra vez!", rió ella, el corazón acelerado por la coincidencia pura —él iba rumbo a casa tras visitar a su madre, ella regresaba de la uni.
Antes de que pudieran charlar más, Camila apareció de la nada, mochila al hombro y ojos vivaces: "¡Erlia! ¿Y este? ¿De dónde salió este galán?". Se acercó con picardía, rozando "accidentalmente" el brazo de Lucas: "Pareces de los que tocan guitarra... ¿o solo luces así de interesante? Dame tu número, para un 'estudio musical'". Lucas sonrió cortés pero evasivo, mientras Erlia sentía un celillo punzante, fingiendo calma.
Camila insistió juguetona, bromeando sobre una salida grupal, hasta que Erlia cortó: "Ya, tenemos prisa". El metro rugía atrás, vendedores gritaban, pero Lucas le guiñó un ojo discreto a Erlia: "Mañana, misma suerte casual". Camila se fue riendo, dejando complicaciones en el aire.