Al día siguiente, en el patio universitario de Quito bajo un sol tímido, Camila acorraló a Erlia junto a la fuente seca, con su risa escandalosa rompiendo el murmullo de estudiantes. "¿Y ese galán del Metro? ¡Preséntamelo ya, Erlia! Parecía sacado de una canción, con esa vibra misteriosa. Vamos, no seas egoísta", insistió, guiñando un ojo mientras tomaba apuntes falsos en su libreta.
Erlia esquivó con maestría, riendo nerviosa: "Ay, Camila, fue casualidad nomás. Ni número tengo, y él anda ocupado con... familia". Cambió el tema a clases y deudas grupales, pero notó la chispa en los ojos de su amiga —Camila no se rendiría fácil. Esa tarde, durante un recreo, Camila husmeó en redes uni y preguntó disimuladamente a conocidos sobre "el chico del Metro de La Carolina", planeando su propio "choque casual", pero no tenía resultados.
El corazón de Erlia latía dividido: sus amigas eran su red, pero Lucas su secreto vivo. Mientras caminaba a la parada habitual, se preguntó si Camila lo topaba primero, ¿qué diría él?