El chico del Paraguas

CAPITULO 12

En la austera sala del hospital de La Carolina, bajo el zumbido monótono de las luces fluorescentes, Lucas velaba junto al lecho de su madre, cuya tez pálida reflejaba el avance inexorable del cáncer. Con ojos perspicaces pese a la fatiga, ella percibió la alteración en su semblante: "¿Qué nueva luz alumbra tu espíritu, hijo? Ni la guitarra ni la beca de actuación lo explican".

Lucas se inclinó hacia ella, envuelto en el aroma acre del desinfectante que se entremezclaba con los ecos distantes de la urbe quiteña. "Madre, se trata de una joven... Erlia. La encontré en la ruta del alba, bajo la lluvia torrencial, y desde entonces su presencia disipa la monotonía de mis días, tal como usted siempre anheló. En el parque, con las notas de 'Guantanamera'; en el Metro... su esencia me persigue". Ella esbozó una sonrisa tenue, estrechando su mano: "No la dejes ir por mi causa; la existencia conserva su belleza, aun en las sombras. Relátame todo".

Mientras el clamor de buses y mercaderes ascendía desde la calle, Lucas evocó aquellos instantes, reconociendo en Erlia un faro en su luto, y trazó planes para el reencuentro en la parada consuetudinaria, ajeno aún a las intromisiones de Camila.



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En el texto hay: vida sola, amigos falsos, mujer expresiva

Editado: 24.02.2026

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