Erlia estaba sentada en el patio de la universidad en Quito, junto a la fuente seca, con la mente en Lucas y las ideas de Camila. El sol salía y entraba entre las nubes, y ella jugaba con una hoja en la mano, un poco distraída. Entonces llegó Mateo, un compañero de clase alto y simpático, con un café en la mano y una bolsa de empanadas frescas que acababa de comprar cerca.
"Hola, Erlia. Te vi aquí sola y pensé en traer algo. ¿Quieres una empanada? Las venden en la esquina, están calientes", dijo él con una sonrisa fácil, sentándose a una distancia respetuosa. Le pasó una empanada envuelta, y al verla dudar, agregó: "Sé que has tenido días largos con los seminarios. Esto te saca una sonrisa, ¿no?". Erlia tomó la empanada, y sí, le agradó el gesto. Hacía tiempo que nadie la cuidaba así, sin complicaciones, y sintió una calidez simple que la hizo sonreír de verdad.
Mateo charló de cosas livianas: las locuras del profesor de historia, el tráfico en La Carolina, cómo el viento quiteño siempre revuelve el pelo. "Mira, hasta a ti te despeina", bromeó, señalando su cabello con un gesto inocente, sin acercarse mucho. A Erlia le gustaba esa ligereza; la hacía reír bajito, recordándole que no todo era tensión con Lucas o Camila. Pero Mateo no decía nada directo, solo seguía el ritmo natural, aunque por dentro notaba cada sonrisa de ella y quería más.
El ruido de los buses lejanos le recordó la parada de siempre con Lucas. Erlia se sintió dividida: Mateo la hacía sentir bien en ese momento, pero el recuerdo de la lluvia y las canciones seguía ahí. Al final, Mateo se levantó: "Bueno, no te molesto más. Si quieres más empanadas mañana, aquí estaré". Se fue con un guiño casual, dejando a Erlia sonriendo, pero pensando qué pasaría después.