Candyland despertaba envuelta en el aroma constante de azúcar caliente y vitrinas relucientes. Todo funcionaba como debía: cada dulce en su sitio, cada trabajador cumpliendo su tarea, cada detalle bajo control.
Mandy avanzaba entre los pasillos con paso firme, observando con atención casi milimétrica. No necesitaba levantar la voz para imponer orden; bastaba con su presencia.
—La vitrina del fondo está un poco desalineada —dijo sin voltear.
—Ahora lo ajusto —respondió Berry desde el mostrador, ya moviéndose para corregirlo.
Berry llevaba tiempo trabajando en Candyland. Era discreto, tranquilo, y rara vez se involucraba en asuntos que no le correspondían. Llegaba, hacía su trabajo y se iba. Sin dramas. Sin comentarios de más.
—“Un poco desalineada”… —se escuchó una voz cantarína detrás—. Me encanta cómo eso significa “crimen imperdonable”.
Mandy suspiró, lenta y controladamente.
—Chester —dijo sin girarse—. ¿No tienes nada mejor que hacer?
El bufón apareció apoyándose contra una columna, sonrisa exagerada, colores brillantes, la actitud despreocupada de siempre. Como si todo fuera un chiste… porque para él, lo era.
—Siempre tengo algo mejor que hacer —respondió—. Pero molestarte es parte del día. Tradición no escrita.
—Es una pérdida de tiempo.
—Para ti. Para mí es entretenimiento básico.
Berry siguió acomodando dulces como si esa conversación no fuera algo que escuchara prácticamente a diario.
—Candyland no es tu escenario —continuó Mandy—. Así que deja de actuar como si lo fuera.
—Todo lugar es un escenario si sabes cómo mirarlo —replicó Chester—. Además, sin mí esto sería demasiado serio.
—Y contigo es un desastre.
—Un desastre con estilo.
Mandy lo miró con frialdad, sin rastro de humor.
—Aléjate de las vitrinas. No quiero que arruines nada.
—¿Yo? Jamás —dijo llevándose una mano al pecho—. Soy el ejemplo perfecto de autocontrol.
Berry levantó apenas la mirada.
—Quizá… un poco más atrás —sugirió con calma.
—¿Ves? —sonrió Chester—. Hasta Berry se preocupa por mí.
—Berry se preocupa por su trabajo —corrigió Mandy—. Algo que tú deberías intentar.
Chester soltó una risa breve, ligera, ensayada.
—Algún día tendré que probar eso.
Mandy retomó su recorrido sin responder, ignorándolo con precisión calculada. Revisó cada estante, cada vitrina, cada rincón.
—Nos vemos, jefa —añadió Chester, ya alejándose—. Intenta no fruncir tanto el ceño. El azúcar se amarga.
—Fuera de mi vista.
Chester hizo una reverencia exagerada, como si el lugar entero fuera suyo, y se marchó silbando, despreocupado.
Berry terminó de acomodar las cajas y volvió a su lugar tras el mostrador.
Mandy se detuvo un instante frente a una vitrina perfectamente alineada.
Todo estaba en orden.
O al menos, eso parecía.
Era, simplemente, un día más en Candyland.
*ੈ✩‧₊˚༺☆༻*ੈ✩‧₊˚