Candyland estaba lleno.
Demasiado lleno.
Mandy llevaba horas sin detenerse. Daba órdenes, corregía errores, sonreía lo justo frente a los clientes. Todo bajo control. Siempre bajo control.
Chester lo notó desde que llegó.
No el enojo.
El cansancio.
Pero hizo lo de siempre.
—Vaya, jefa —dijo, apareciendo con una bandeja cerca—. Hoy sí que estás batiendo récords de seriedad.
Mandy no respondió.
—¿Nada? —añadió—. Qué cruel.
Ella siguió caminando, revisando una vitrina.
Chester observó el pastel que llevaba en las manos. Crema rosada, decoración exagerada. Una idea rápida. Automática. Una de esas bromas que siempre hacían reír a los demás.
Antes de pensarlo demasiado, dio un paso más.
—Relájate un poco —dijo—. Te va a dar algo.
Y entonces pasó.
Un movimiento mal calculado.
Una broma llevada demasiado lejos.
El pastel resbaló.
La crema cayó directo sobre Mandy.
Silencio.
El mundo pareció detenerse por un segundo.
Crema en su cabello.
En su ropa impecable.
En sus manos.
Las miradas se clavaron en ella al instante.
Mandy no se movió.
No gritó.
No reaccionó.
Solo cerró los ojos.
Chester sintió cómo algo se le caía en el pecho.
—Yo… —empezó—. Era una broma—
Pero se detuvo.
Porque Mandy abrió los ojos.
No estaban furiosos.
Estaban brillosos.
Ella respiró hondo. Una vez. Dos.
—Berry —dijo, con voz firme, aunque apretada—. ¿Podrías encargarte aquí un momento?
Berry asintió de inmediato, sin hacer preguntas.
Mandy se limpió las manos con cuidado.
Demasiado cuidado.
Como si cualquier movimiento brusco pudiera romperla.
—Discúlpenme —añadió hacia los clientes—. Volvemos enseguida.
Caminó hacia la parte trasera sin mirar a Chester.
Sin decir su nombre.
Sin decir nada.
Chester se quedó inmóvil.
La risa que siempre le salía sola… no llegó.
Por primera vez, no supo qué hacer con las manos.
No era enojo lo que había visto.
Era vergüenza.
Era frustración.
Era alguien aguantándose las ganas de llorar porque no podía permitirse perder el control.
—Yo… —murmuró, sin que nadie lo escuchara.
Berry lo miró de reojo mientras limpiaba el desastre.
Chester tragó saliva.
Algo se le había apretado en el pecho.
Algo incómodo.
Nuevo.
No estaba acostumbrado a eso.
Siempre era un chiste.
Siempre alguien se reía.
Siempre salía ileso.
Pero esta vez…
Había cruzado una línea.
Y no entendía por qué le importaba tanto.
*ੈ✩‧₊˚༺☆༻*ੈ✩‧₊˚