Perspectiva de Mandy (durante el descanso de Chester)
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Mandy empezó a trabajar antes de la hora habitual.
Revisó vitrinas, limpió superficies que ya estaban limpias, acomodó dulces por segunda vez. Todo estaba... en orden.
Tal vez incluso demasiado.
-Hoy hay menos ruido -comentó Berry mientras colocaba una caja bajo el mostrador.
-Mejor -respondió Mandy sin mirarlo-. Así se avanza más.
Y era verdad.
Los pedidos salían rápido.
No había interrupciones.
Nadie estorbaba.
Todo funcionaba.
Pero el silencio no se sentía del todo cómodo.
Mandy dio indicaciones con precisión, más fría de lo normal. No alzó la voz, no perdió la compostura. Nadie cometió errores graves. Nadie se rió.
Candyland seguía oliendo a azúcar... pero algo importante faltaba.
No pensó en él.
Al menos no directamente.
Solo notó que cierto espacio quedaba vacío más de lo habitual.
Que nadie aparecía de repente a su lado.
Que ninguna voz rompía el ambiente con un comentario fuera de lugar.
Y eso por alguna razón la irritó.
Concéntrate.
Se dijo a sí misma que era mejor así.
Más eficiente.
Más profesional.
-Mandy -dijo Berry de pronto, con cuidado-. ¿Estás bien?
Ella levantó la mirada de inmediato.
-Claro que sí.
Su respuesta fue rápida. Automática.
Berry dudó un segundo.
-Es solo que... -se encogió de hombros-. Hoy estás más... callada.
Mandy frunció el ceño apenas.
-Estoy trabajando.
Berry asintió.
-Sí. Lo sé.
No añadió nada más.
Pero la miró como si hubiera dicho demasiado.
Mandy continuó con lo suyo, aunque la sensación persistía.
No era enojo.
No era tristeza.
Era algo más sutil.
Un espacio vacío que no sabía cómo llenar.
Por un momento, mientras limpiaba el mostrador, su mano se detuvo. Miró el reflejo del vidrio. Su expresión seguía firme. Controlada. Perfecta.
Así debe ser.
No necesitaba distracciones.
No necesitaba bromas.
No necesitaba a nadie que rompiera su ritmo.
Entonces, ¿por qué el día se sentía más largo?
Un cliente entró. Luego otro. Todo siguió su curso.
Normal.
Pero Mandy descubrió algo que no le gustó en absoluto:
El control absoluto no la hacía sentir mejor.
Solo más consciente de lo que faltaba.
Apretó los labios y siguió trabajando.
No iba a pensar en eso.
No hoy.
No nunca.
Horas después, Gus se acercó al mostrador con los ojos brillantes, observando cada vitrina como si estuviera entrando a un lugar que había imaginado muchas veces.
-Hola -saludó Mandy con una sonrisa medida-. ¿Qué vas a llevar?
Gus pidió varios dulces, emocionado.
Mientras Mandy preparaba la bolsa, notó cómo miraba alrededor con curiosidad, como si buscara algo más.
-¿Es tu primera vez aquí? -preguntó ella.
-Sí -respondió-. Mis amigos dicen que este lugar es muy divertido.
Mandy cerró la bolsa con cuidado y se la entregó.
-¿Y qué te parece?
Gus dudó.
Miró los colores.
Las vitrinas perfectas.
El brillo impecable.
-Los dulces están muy ricos -dijo al final.
Luego bajó un poco la mirada algo pensativo.
-Pero pensé que habría más risas.
Mandy se quedó inmóvil.
-Como... más alegría -añadió Gus, encogiéndose de hombros, sin malicia-. No sé.
Tomó su bolsa y se fue caminando despacio, como si no hubiera dicho nada importante.
El silencio que dejó fue distinto.
Más pesado.
Berry se acomodó detrás del mostrador, rompiendo la quietud solo con el sonido de las cajas.
Mandy miró alrededor.
Todo estaba en orden.
Cada vitrina alineada.
Cada detalle perfecto.
Y, aun así, Candyland se sentía vacío.
Por primera vez, Mandy pensó algo que no quiso aceptar, al menos no aún:
Tal vez el caos no siempre era el problema.
Tal vez, sin él... faltaba algo esencial.
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Editado: 29.01.2026